Buscar alternativas de prevención y curación de enfermedades que afectan a la población de escasos recursos ha sido una de las convicciones de la científica hondureña María Elena Botazzi, que reside y trabaja en Texas, USA.
“Sí se puede, pero hay que poner trabajo. Todo implica tener pasión y trabajo”: esa es una de las frases que mejor resume la vida de la científica migrante hondureña María Elena Bottazzi. Migrante, investigadora, profesora universitaria y líder mundial en el desarrollo de vacunas, ha demostrado que el conocimiento puede convertirse en una herramienta para reducir las desigualdades.
Desde laboratorios en Estados Unidos hasta comunidades vulnerables de América Latina, África y Asia, su trabajo ha beneficiado a millones de personas gracias a una convicción poco común en la industria farmacéutica: la ciencia debe estar al servicio de todos. Fue por ello que en 2022 estuvo nominada al Premio Nobel de la Paz.
Una infancia entre Italia y Honduras
María Elena Bottazzi nació en Génova, Italia, en 1966. Cuando tenía ocho años, su familia se trasladó a Honduras, país natal de su padre, donde creció y desarrolló el interés por la ciencia que marcaría el resto de su vida.
Estudió Microbiología Clínica en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), institución a la que continúa considerando el punto de partida de toda su carrera.
“La universidad son mis raíces. Ahí fue donde estudié toda mi carrera. Fue la puerta para demostrar que lo que uno aprende en universidades como la UNAH no está en ninguna desventaja frente a lo que se aprende en otros lugares del mundo”.
Mientras muchos de sus compañeros orientaban su profesión hacia el diagnóstico clínico, Bottazzi descubrió una vocación distinta. Uno de sus profesores investigaba enfermedades parasitarias y despertó en ella el deseo de desarrollar métodos para prevenir enfermedades, más que limitarse a detectarlas.
Migrar para aprender más
Con la intención de ampliar sus conocimientos, María Elena Botazzi emigró a Estados Unidos. Allí obtuvo un doctorado en Inmunología Molecular y Patología Experimental en la Universidad de Florida y posteriormente realizó estudios posdoctorales en la Universidad de Miami y la Universidad de Pensilvania.
La migración no significó romper sus vínculos con Honduras. Al contrario, siempre procuró mantener una relación permanente con la academia de su país. “Tomé la decisión muy temprano en mi carrera de mantener siempre un pie en Honduras.”
Esa decisión la llevó a colaborar durante años con la UNAH, impulsando programas académicos, apoyando investigaciones y creando becas para estudiantes interesados en desarrollar carreras científicas.
La ciencia debe ser solidaria
Durante sus años de formación conoció al médico e investigador Peter Hotez, con quien fundó un programa de investigación dedicado a enfermedades tropicales desatendidas.
Mientras gran parte de la investigación biomédica se concentra en enfermedades de alta mortalidad, Bottazzi decidió trabajar en padecimientos que afectan principalmente a personas pobres y que, por recibir poca atención, perpetúan ciclos de pobreza y discapacidad.
“Atendemos las enfermedades que nadie atiende y lo hacemos desde un enfoque sin fines de lucro.” Su equipo desarrolla vacunas contra enfermedades como la uncinariasis, la esquistosomiasis, el mal de Chagas, la leishmaniasis y otras infecciones que afectan principalmente a comunidades vulnerables de América Latina, África y Asia.
La motivación tiene también un origen personal. Durante su juventud en Honduras observó cómo miles de niños sufrían infecciones parasitarias que limitaban su crecimiento, aprendizaje y oportunidades de desarrollo.
La vacuna que cualquiera podía fabricar
Mucho antes de la pandemia, el equipo de Bottazzi investigaba vacunas contra diferentes coronavirus, incluso cuando el interés científico y el financiamiento para esos estudios eran escasos. Cuando apareció la COVID-19, esa preparación permitió desarrollar Corbevax, una vacuna basada en proteínas recombinantes que rompió con el modelo tradicional de la industria farmacéutica.
En lugar de proteger la tecnología mediante patentes, Bottazzi y su equipo publicaron todos los procesos científicos para que cualquier país con la capacidad técnica pudiera producirla. “Nuestra intención no es lucrar, sino que las vacunas y sus desarrollos se extiendan para ayudar a reducir la carga de las enfermedades.”
Gracias a esa decisión, la tecnología fue adoptada inicialmente por la farmacéutica india Biological E y posteriormente transferida a otros países de Asia y África, donde millones de personas pudieron acceder a una vacuna de bajo costo. La iniciativa llevó a María Elena Bottazzi y Peter Hotez a ser nominados al Premio Nobel de la Paz en 2022, no solamente por una vacuna, sino por demostrar que la cooperación científica también puede convertirse en una herramienta para reducir desigualdades.
La filosofía de la ciencia abierta
Uno de los principios que distingue el trabajo de Bottazzi es la llamada ciencia abierta, una visión que busca compartir el conocimiento en lugar de restringirlo.
“Nuestra filosofía sigue igual: hacer ciencia abierta, entender los microbios y utilizar tecnologías de desarrollo de vacunas para que puedan llegar a las poblaciones.”
Su laboratorio publica protocolos, datos y resultados para que otros investigadores puedan reproducirlos sin depender de licencias comerciales. En su opinión, el verdadero valor de la ciencia no está en acumular propiedad intelectual, sino en multiplicar el impacto social de los descubrimientos.
Reconocimiento sin olvidar las raíces
En 2025, el Consejo Universitario de la UNAH la nombró Año Académico 2026, un reconocimiento que recibió con sorpresa. “Me siento sorprendida, pero al mismo tiempo muy agradecida, porque es un honor que ciertamente no me esperaba.”
Más allá de los premios y distinciones internacionales, Bottazzi considera que uno de sus mayores logros es inspirar a nuevas generaciones de científicos latinoamericanos para demostrar que el talento no depende del país donde se nace, sino de las oportunidades y del esfuerzo.
Un mensaje para quienes sueñan en grande
Cuando conversa con estudiantes, María Elena Bottazzi suele resumir su experiencia en cuatro principios: coraje, colaboración, inteligencia cultural y orgullo por las propias raíces. “Sí se puede, pero hay que poner trabajo. Todo implica tener pasión y trabajo.”
Su historia demuestra que emigrar puede convertirse en una oportunidad para crecer sin perder la identidad; que una estudiante formada en Honduras puede liderar investigaciones de impacto mundial; y que la ciencia alcanza su mayor valor cuando se pone al servicio de quienes más la necesitan.










