Este relato tiene variantes por región y pueblo; hay diferencias en el desenlace y algunos detalles de la narración: pero siempre alude a que la Naturaleza se debe respetar. Esta versión es originaria de Salamá, Baja Verapaz, Guatemala.
Jorge era agricultor, pero una mañana decidió que iría a cazar a la montaña. Salió antes de que saliera el sol, con una vieja escopeta al hombro y un morral con tortillas y queso. Sus padres le aconsejaron que antes de cazar cualquier animal, pidiera permiso a los espíritus del bosque.
Pero la verdad, Jorge creía que aquello era una superstición. Era un buen rastreador y tenía ganas de atrapar un venado. Se despidió de sus padres, que le hicieron otra vez la misma recomendación. ¡Vaya está bien!, les dijo él y agarró el camino “de la montaña” que le dicen.
Caminó un buen rato y de pronto, en la espesura del bosque, entre los troncos oyó un crujido. Se quedó quieto y en eso se asomó un venado majestuoso. Se preparó para dispararle, pero estornudó y lo espantó. Lo siguió entre los troncos, abriéndose paso entre las enredaderas. Hacía calor, ya era casi mediodía.
Sin darse cuenta, Jorge se internó cada vez más en el bosque. El venado aparecía y desaparecía entre los troncos, siempre a una distancia suficiente para mantener viva la esperanza de alcanzarlo. Pero le perdió el rostro y es cuando Jorge se dio cuenta que el sol ya se ocultaba detrás de las montañas.
Intentó regresar sobre sus pasos, pero todos los senderos parecían iguales. Dio vueltas durante largo rato hasta comprender que estaba perdido. La noche caía y decidió buscar refugio al pie de una peña que tenía una gruta. «Mañana me oriento y hallo el camino», pensó mientras acomodaba unas ramas para protegerse del frío.
Perdido y cayendo la noche
La noche cayó de golpe. El viento comenzó a rugir entre las copas de los árboles y, poco después, empezó a llover, con tempestad. La lluvia sonaba sobre las piedras, sobre las hojas y los relámpagos iluminaban el bosque por breves instantes. La correntaba bajó por los riscos y la cueva se llenaba de agua. Jorge se empezó a preocupar.
En eso, se calmó la lluvia y escuchó pasos. En la penumbra distinguió la silueta de un anciano que avanzaba entre los árboles. Su ropa estaba seca y se estaba acercando. “Seguro vive por aquí cerca”, pensó Jorge, quien no sabía donde había dejado tirada la escopeta.
Un anciano le brinda refugio
– ¿Qué anda haciendo aquí?, le preguntó el anciano que ya se había acercado sin que él se diera cuenta.
-Andaba cazando un venado pero me perdí.
-Seguro se perdió porque no pidió permiso al dueño del cerro para entrar a cazar (Jorge pensé en el consejo de sus padres) Venga, aquí está cerca mi casa para pasar la noche, no se puede quedar aquí porque esto se llena de agua…
Jorge dudó apenas un instante. No tenía otra alternativa. Caminó detrás del anciano por un sendero que juraría no haber visto antes. Caminaron en la llovizna y de pronto se vio una cabaña, con fuego encendido.
En los corrales caminaban tranquilamente venados, pavos de monte, jabalíes y otros animales salvajes que parecían completamente domesticados. Los perros se acercaron moviendo la cola. El anciano le ofreció comida a Jorge y luego un lugar para dormir.
Trabajar para agradecer la ayuda
Al amanecer, Jorge agradeció la hospitalidad. Le parecía injusto marcharse sin corresponder al favor recibido, así que ofreció trabajar durante unas horas antes de regresar a su casa. El anciano aceptó con una sonrisa apenas perceptible y le entregó un hacha.
—Necesito leña. Cortá toda la que podás.
Jorge se sorprendió al ver la cantidad de troncos y comenzó a partirlos en leños aptos para el fuego. Cada vez que terminaba un tronco, parecía aparecer más. Sin embargo, no sentía cansancio. Había sol fuerte pero no se sofocaba.
-Ahi ya está bien, le dijo el anciano. Ahora vámonos, le voy a enseñar el camino de regreso al pueblo. Aquí mucha gente se ha perdido. Lo bueno fue que lo encontré.
Empezaron a caminar. Jorge seguía al anciano y la vereda parecía tan clara que no se explicaba cómo pudo perder el rumbo. El anciano le dijo: mire, encontré esto tirado, creo que es suyo. Era su escopeta.
“Siga la vereda sin desviarse”
-Le quiero dar un consejo: todos los animales del bosque tienen dueño. Antes de llevarte uno, debes pedir permiso y si es para alimento, agradecer.
Jorge sintió un escalofrío. Estuvo a punto de decirle que ese consejo se lo habían dado antes y no lo había seguido, pero sintió vergüenza. Pero a la vez se sintió afortunado de haber encontrado ayuda.
-Ahora, tome ese camino y no se desvíe. Antes de que anochezca ya habrá llegado al pueblo. Y con su bastón apuntó a un sendero que parecía tan claro. Jorge vio un par de árboles grandes: los mismos por donde pasó persiguiendo al venado. Dio las gracias y tomó camino.
“Te buscamos por mucho tiempo”
Jorge caminó durante poco más de una hora hasta divisar las casas del pueblo. Eran como las 4 de la tarde, pero algo no estaba bien. Donde antes había milpas ahora existían viviendas. La iglesia tenía una torre mucho más alta y las calles eran más anchas. Había más gente. Pensó que había llegado por error a otro lugar, hasta que reconoció la vieja ceiba del cento.
Las personas lo observaban como si fuera un desconocido. Siguió la ruta a su casa y había más casas que antes. Por fin encontró el lugar: su casa estaba en ruinas y a la par una vivienda nueva. Salió una señora como de 50 años.
—¡Jorge!… ¡No puede ser!
—Perdone… ¿nos conocemos?
La mujer se acercó lentamente y le acarició el rostro con manos temblorosas.
—Soy Isabel… tu hermana menor
Jorge retrocedió, incrédulo.
—Eso es imposible. Mi hermana solo tiene 12 años.
La mujer respiró hondo antes de responder.
—Te buscamos durante semanas. Pensamos que la montaña te había tragado. Mamá y papá murieron hace años. Siempre esperaron que volvieras, le pedían a Dios por tu retorno. Después partieron nuestros hermanos… Han pasado treinta y tres años desde que desapareciste. Yo soy la única que sigue con vida.
La naturaleza tiene dueño y se le debe respetar
Jorge sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Levantó lentamente la vista hacia las montañas y recordó al enorme venado que lo había guiado bosque adentro, la casa escondida dentro del cerro, los corrales llenos de animales salvajes y las últimas palabras del anciano.
Solo entonces comprendió había estado en la casa del Dueño del Cerro, el antiguo señor de las montañas, guardián de los bosques y propietario de todos los animales silvestres. Mientras él creyó haber trabajado apenas un día para pagar el hospedaje y la falta cometida al perseguir uno de sus venados, en el mundo de los hombres habían transcurrido más de treinta años.
Desde entonces, quienes salen a cazar en aquellas montañas se detienen unos momentos antes de internarse en el bosque. Algunos dejan unas hojas de tabaco; otros queman copal o elevan una oración. Todos lo hacen por la misma razón: porque saben que los venados no pertenecen a quien logra cazarlos, sino al misterioso Dueño del Cerro, una antigua deidad de las montañas, conocida en la tradición maya como Tzuultaq’a, cuyo reino permanece oculto en el interior de la tierra, donde el tiempo es circular, distinto, distante al de los hombres.













