Su más reciente obra son imágenes simbólicas de Guatemala sobre vestidos de las niñas del Grupo de Danza Folklórica del Guatemalan Center of New England, en Rhode Island. Pero además apoya un certamen anual en su natal Rabinal, Baja Verapaz.
Un quetzal, el guerrero Tecún Umán, la Monja Blanca y el Lago de Atitlán cobraron vida sobre los vestidos que niñas y señoritas del grupo de danza folklórica del Guatemalan Center of New England lucieron durante las actividades de las fiestas patrias y que volverán a lucir en el ya próximo Festival Guatemala, en octubre.
Estas prendas sin marco, pero con mucha inspiración, fueron pintadas por el artista guatemalteco Ángel Raxcacó, originario de Rabinal, Baja Verapaz, quien desde Estados Unidos busca abrirse camino en el arte mientras mantiene vivo un propósito que nació en Guatemala: acercar la pintura a los niños y jóvenes en su pueblo natal.
La iniciativa de los vestidos surgió a partir de la gestión de Tiana Ochoa, directora del Guatemalan Center. “Estoy muy agradecido con Tiana”, cuenta. Ella le preguntó si era posible trabajar sobre tela de vestidos y, al comprobar que los materiales podían adecuarse para ese fin, comenzó el proyecto.
Para Ángel, quien se siente muy orgulloso de ser originario de la tierra del legendario Rabinal Achí, aquella experiencia resultó ser una nueva etapa de involucrarse en la cultura guatemalteca de su comunidad migrante. “Estoy muy contento de poder participar poquito a poco en lo que es esto de la cultura en distintas ramas aquí en Providence”, explica. Su relación con estas actividades tiene además una raíz profunda: antes de emigrar, fue maestro de arte en Rabinal.
Una vocación que comenzó en la infancia
Ángel recuerda que hizo una de sus primeras pinturas cuando tenía alrededor de ocho o nueve años. Desde entonces, dice, “realmente no se detuvo”. Él atribuye esa facilidad para dibujar y pintar a una herencia familiar y, sobre todo, a lo que considera “una herencia de Dios”.
Su talento comenzó a encontrar dirección durante los años del básico, en el INEBE de Rabinal. Allí los profesores empezaron a identificarlo y a darle oportunidades: “Ángel, pinta; Ángel, hay que mandarlo al concurso de dibujo; Ángel, hay que ponerlo a hacer esto”. Fue entonces cuando comenzó a comprender que aquello que hacía por gusto también podía convertirse en una forma de ganarse la vida.
Entre las personas que más recuerda está el profesor Hércules, quien le enseñaba dibujo y pintura y constantemente lo impulsaba a participar en concursos y actividades. También guarda especial gratitud por su abuela materna, Esmeralda Morales, quien le abrió las puertas de su casa para que pudiera pintar y recibir personas interesadas en sus trabajos.
“Ella me decía: ‘Ahí está la casa, ponga sus pinturas’”, recuerda. En aquel espacio empezó incluso a vender algunas de sus obras. En Estados Unidos, cuenta, encontró después un mercado mayor para su trabajo.
Un varón de Rabinal migra hasta Providence
Su llegada a Estados Unidos estuvo lejos de ser sencilla. Tenía previsto llegar a Rhode Island, desde un inicio, pero quienes lo transportaban lo dejaron varado en Washington D.C.. Con pocas referencias y un teléfono con apenas 9 por ciento de batería, comenzó a caminar por calles que no conocía. Un contraste total.
“Yo me quedé mirando unas calles tan hermosas”, recuerda. “Al mismo tiempo, aparecía el temor de no saber qué hacer. Caminé durante unos 40 minutos hasta que pudo comunicarme con un conocido de mi tía. Por fortuna, aquella persona logró identificarme y llegó a traerme, me recibió en su casa”. Días después continuó su viaje hacia Providence.
Llegó un 15 de junio y al día siguiente comenzó a trabajar. Su experiencia previa en Guatemala le permitió dedicarse a la pintura de casas, una actividad que continúa realizando. Antes de emigrar ya había trabajado en bancos, casas y comercios, pero principalmente en rotulación de negocios en Baja Verapaz. “Era como una extensión del arte fino que quería plasmar, era un trabajo que involucraba color”.
En Estados Unidos descubrió una curiosa continuidad entre sus dos oficios. “Somos artistas de brocha gorda”, dice al referirse a quienes pintan casas, mientras que quienes trabajan con pinceles son los artistas de brocha fina. Él se reconoce en ambas labores. Solo cambia la brocha, dice en broma.
“Realmente yo trabajo con las dos situaciones”, afirma. Aunque reconoce que pintar una casa puede resultarle más sencillo que elaborar una obra artística, ambas actividades forman parte de su vida. “Pero el arte es una necesidad que uno trae de expresar lo que nace del corazón y a la vez de ayudar a otros a cultivar la habilidad”.
Un artista que sigue aprendiendo
En Providence también ha comenzado a buscar espacios para mostrar su obra. Tiene previsto participar en una exposición en noviembre y explica que está tratando de darse a conocer como artista. Su trabajo no se limita a una sola corriente.
“No me centralizo, es mixto”, explica. Ha trabajado el figurativismo, el impresionismo y el abstractismo, y reconoce que su llegada a Estados Unidos también le permitió descubrir nuevas posibilidades. “Hay que tratar la manera de aprender de cada situación, de cada limitante y de cada tema nuevo”, señala.
También ha incursionado en el muralismo. En Estados Unidos ha trabajado murales dentro de restaurantes, pues en Guatemala había realizado trabajos similares. Sin embargo, tiene una aspiración mayor: “Lo que busco, lo que deseo” es llegar a trabajar murales grandes y continuar aprendiendo en ese ambiente.
El arte como oportunidad en Guatemala
La pintura, sin embargo, no es para Ángel únicamente una profesión. Una de sus mayores preocupaciones es que los niños y adolescentes de Rabinal tengan espacios para desarrollar sus capacidades.
Desde hace dos años organiza un concurso de dibujo y pintura llamado Mi raíz, mi pueblo. Su intención es sencilla: reunir a los jóvenes, entregarles materiales y permitirles sentarse a pintar, observar sus obras y descubrir que también pueden expresarse a través del arte.
“Busco eso para que los chicos tengan ese espacio, por lo menos anualmente”, explica.
Durante años impartió cursos de dibujo y pintura en Rabinal. Su abuela fue su gran impulsora y le proporcionaba el espacio y, posteriormente, fueron principalmente los padres de familia quienes ayudaron a sostener las actividades con materiales, tiempo y apoyo para las exposiciones.
Ángel recuerda que no siempre encontró respaldo institucional. “Las municipalidades no apoyaron”, dice. Aun así, decidió continuar. “Eso no me detuvo”, afirma. Cuando no encontró ayuda, siguió adelante con el respaldo de las familias y con recursos propios. Ahora su familia participa en la organización del concurso en Rabinal. Ángel también continúa adquiriendo y ahorrando para los materiales que se entregan a los participantes.
El gran sueño: una academia para Rabinal
Ese esfuerzo tiene relación directa con el sueño que Ángel conserva para el futuro. Su gran proyecto es crear una academia de arte en Rabinal, un espacio equipado con caballetes, pinceles y pintura donde los niños y adolescentes puedan aprender, producir obras, participar en exposiciones y encontrar incluso una oportunidad para venderlas.
“Mi rollo es eso, fomentar la creatividad y la expresión artística. Hay mucho talento pero si no se cultiva, se pierde”, dice. Su intención es que la futura academia pueda convertirse también en una galería donde se expongan y comercialicen las obras de los jóvenes, no solamente de Rabinal, sino eventualmente de otros departamentos.
Ángel ya ha trabajado con niños desde Guatemala y ahora, desde Estados Unidos, continúa buscando maneras de acercarse al arte y a la cultura de su comunidad.
Los vestidos pintados para las celebraciones patrias son parte de ese camino: una forma de llevar imágenes de Guatemala a una nueva generación de guatemaltecos nacidos o criados lejos del país.
Su historia, en el fondo, sigue teniendo el mismo punto de partida: aquella pintura que hizo cuando era niño y que nunca dejó de hacer. “Si haces algo y lo haces con amor, es tu arte”, dice. Es lo que le da color a su vida.













