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Leyendas de Guatemala fascinantes: así nació la Monja Blanca o Saqi’ixq en la tradición q’eqchi’

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El nombre q'eqchi' para la orquídea Monja Blanca, flor nacional de Guatemala es Saqi'ix, que alude a una mujer hermosa. Esta es la historia sobre su legendario origen.

Cuentan los antiguos que hubo un tiempo en que los cerros todavía hablaban con los hombres, los ríos conocían los secretos de quienes habitaban sus orillas y los bosques guardaban en silencio las historias de quienes habían vivido antes.

Era una época en que las montañas de la gran Tezulutlán, hoy región de la Verapaz parecían no tener fin y los valles se extendían bajo un cielo inmenso, vivía un poderoso señor llamado Tzuul’Taká, dueño de altos cerros, amplios valles y grandes riquezas. Era un magnífico cacique. Sus tierras eran abundantes en maíz y cacao, y poseía tesoros que parecían multiplicarse con cada amanecer.

Sin embargo, ninguna de aquellas riquezas podía llenar el espacio que existía en su corazón. Hasta que un día, durante una de las visitas que cada año realizaba por sus dominios, Tzuul’Taka vio a una joven llamada Dominga.

Era una hermosa joven llamada Dominga, que vivía en la montaña de Tezulutlán; más que su belleza física, su luz provenía de su buen corazón.
Era una hermosa joven llamada Dominga, que vivía en la montaña de Tezulutlán; más que su belleza física, su luz provenía de su buen corazón.

Dominga era una mujer de extraordinaria belleza, pero había en ella algo más poderoso que su hermosura: una dulzura y una serenidad que parecían venir de la propia naturaleza. El señor Tzuul’Taká la contempló y quedó profundamente enamorado.

Desde aquel día, los pensamientos del señor de los cerros regresaban una y otra vez hacia aquella joven. Pasó el tiempo y comprendió que no se trataba de un deseo pasajero. Quería que Dominga fuera su compañera y esposa.

Entonces Tzuul’Taka llegó hasta la casa de los padres de la joven para pedir su mano. Llevó consigo riquezas, joyas, dinero y cuanto consideró digno de demostrar la sinceridad de su intención. Los padres de Dominga aceptaron la propuesta y dieron su consentimiento para aquella unión. Así, Dominga se convirtió en esposa de Tzuul’Taka.

El grande y poderoso señor Tzuul'Taká quedó prendado de la belleza de Dominga y pidió su mano a sus padres. Se casaron y eran muy felices.
El grande y poderoso señor Tzuul'Taká quedó prendado de la belleza de Dominga y pidió su mano a sus padres. Se casaron y eran muy felices.

El poderoso señor amó a Dominga con profunda dedicación. Para él, ella valía más que todas las riquezas de sus cerros y sus valles. Procuraba complacerla, cuidarla y darle cuanto pudiera hacerla feliz.

Pero los padres de Dominga comenzaron a mirar las riquezas de Tzuul’Taka con otros ojos. Donde él veía amor, ellos veían tesoros que ambicionaban.  Y donde Dominga veía al hombre que la amaba, sus padres veían una oportunidad para obtener más riquezas.

Comenzaron entonces a presionarla para que pidiera a su esposo más bienes: joyas, dinero, maíz, cacao, tierras y otras riquezas.

Pero Dominga no deseaba nada de aquello. No le interesaban las joyas ni el dinero. Tampoco quería que Tzuul’Taka se viera perjudicado por la ambición de sus propios padres. Pero él la complacía y les concedía lo que pedían. 

Sin embargo no se llenaban y cada petición que recibía le provocaba una nueva preocupación a Domingo porque sabía que su esposo le daba todo por amor y no por obligación. 

Pero el corazón de los padres de Dominga se llenó de ambición y siempre pedían más regalos, riquezas. Le decían a su hija para que se lo concediera su esposo. Le decían que si ella no los ayudaba, no era una buena hija.
Pero el corazón de los padres de Dominga se llenó de ambición y siempre pedían más regalos, riquezas. Le decían a su hija para que se lo concediera su esposo. Le decían que si ella no los ayudaba, no era una buena hija.

La joven comenzó a vivir con una creciente tristeza, por la conducta de sus padres. Si les decía que no, ellos la acusaban de no ser  buena hija. Si les decía que sí, no estaba siendo una buena esposa. 

Su corazón se llenó de preocupación al ver cómo sus padres intentaban aprovecharse de la generosidad del hombre que la amaba. Y dicen los antiguos que cuando la tristeza se instala demasiado tiempo en el corazón, también puede enfermar el cuerpo.

Dominga enfermó.Su pena fue creciendo hasta que finalmente murió. Tzuul’Taka quedó sumido en una tristeza que ninguna riqueza podía aliviar.

Los cerros seguían siendo suyos. Los valles continuaban llenos de abundancia. El maíz seguía creciendo y el cacao seguía dando sus frutos. Pero nada de aquello tenía ya significado para él.

Había perdido a la mujer que amaba.

Entre la presión de sus padres y la pena de que le estaban haciendo injusticia a su esposo, Dominga vivió con creciente tristeza, hasta que se enfermó y murió.
Entre la presión de sus padres y la pena de que le estaban haciendo injusticia a su esposo, Dominga vivió con creciente tristeza, hasta que se enfermó y murió.

Entonces sucedió algo que nadie había visto antes. En el lugar donde la sepultó, en un hermoso claro del bosque nuboso, apareció una luz sobre la vegetación.

Era una luz suave, hermosa y brillante, que parecía surgir de la propia tierra y resplandecer entre los árboles. Tzuul’Taka se acercó y comprendió que aquella claridad no era una luz cualquiera.

Era el alma de Dominga. Su espíritu había permanecido entre los árboles, los cerros y los valles de aquella antigua tierra de Tezulutlán. Como si la naturaleza se negara a dejarla desaparecer, Dominga continuaba allí, convertida en una presencia luminosa.

Pero los padres de la joven no habían abandonado su ambición. Tiempo después llegaron hasta la vivienda de Tzuul’Taka buscando a su hija para pedirle más riquezas. Querían encontrarla, pero en lugar de Dominga encontraron aquella extraña luz que resplandecía entre la vegetación. Le pidieron directamente a Tzuul’Taka.

Pero él recordó el sufrimiento de Dominga, las exigencias que sus padres le habían impuesto y la tristeza que había llevado hasta el final de sus días. Comprendió entonces que la ambición de aquellos padres había causado un sufrimiento tan grande que terminó consumiendo a la mujer que él amaba.

Su dolor se convirtió en ira. Cuenta la leyenda que Tzuul’Taka levantó entonces su poder y convirtió a los padres de Dominga en troncos de árboles. Pero aquel castigo no le devolvió  la felicidad.

El señor Tzuul'Taká enterró a su esposa y en aquel sitio, de pronto, un día se vió una luz: era su alma bondadosa.
El señor Tzuul'Taká enterró a su esposa y en aquel sitio, de pronto, un día se vió una luz: era su alma bondadosa.

Tzuul’Taká continuó llorando por su esposa. Lloró durante muchos días y muchas noches. Lloró bajo la sombra de los árboles, junto a los cerros y frente a los valles. Sus lágrimas se mezclaron con la tierra mientras el viento llevaba su lamento entre las montañas.

Pero un día, por un impulso del alma, se acercó a aquella luz hermosa y brillante que había quedado entre la vegetación y la convirtió en una flor.  Una flor blanca. Blanca como la pureza del alma de Dominga. Delicada como su recuerdo. Hermosa como el amor que se habían tenido.

De pronto, en aquel lugar donde estaba la luz, un día se encontró una flor tan blanca y pura, tan llena de luz que solo podía ser el alma de Dominga. El señor Tzuul'Taká usó su poder para convertir a los ambiciosos padres en troncos de árbol que ya no podían hablar y que ahora debían proteger a Dominga.
De pronto, en aquel lugar donde estaba la luz, un día se encontró una flor tan blanca y pura, tan llena de luz que solo podía ser el alma de Dominga. El señor Tzuul'Taká usó su poder para convertir a los ambiciosos padres en troncos de árbol que ya no podían hablar y que ahora debían proteger a Dominga.

Así nació Saqui’Ix, más conocida hoy como la orquídea Monja Blanca. Desde entonces, su flor comenzó a aparecer entre los valles y montañas de la Verapaz, como si el espíritu de Dominga hubiera encontrado allí su morada eterna.

Dicen que cuando la Monja Blanca abre sus pétalos, Dominga vuelve a caminar entre los cerros. Pero cuando la ambición de los hombres derriba los bosques y quema las montañas, ella desaparece.

Desde entonces, Saqi'Ixq, la Monja Blanca, vive en los bosques profundos de la Verapaz y su blancura recuerda el alma noble de Dominga. Y al igual que en la leyenda, solo la ambición puede hacer que desaparezca su presencia cuando se talan bosques sin control, por codicia.
Desde entonces, Saqi'Ixq, la Monja Blanca, vive en los bosques profundos de la Verapaz y su blancura recuerda el alma noble de Dominga. Y al igual que en la leyenda, solo la ambición puede hacer que desaparezca su presencia cuando se talan bosques sin control, por codicia.
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