Rodolfo Abularach fue uno de los creadores de arte guatemalteco más reconocidos a nivel internacional durante la segunda mitad del siglo XX. Nació en la Ciudad de Guatemala el 7 de enero de 1933, hijo de una familia migrante de origen palestino que había encontrado en Guatemala una nueva patria.
Desde muy joven mostró una habilidad excepcional para el dibujo; de hecho, siendo apenas un adolescente realizó sus primeras exposiciones y llamó la atención de maestros de la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Él mismo recordaba que comenzó a dibujar con intensidad durante una larga convalecencia en su infancia, cuando pasaba horas realizando bocetos de escenas taurinas.
Durante los primeros años de la década de 1950 estudió Ingeniería y luego Arquitectura en la Universidad de San Carlos, aunque pronto comprendió que su destino estaba en el arte.
Su búsqueda de inspiración le hace migrante
En 1953 realizó un primer viaje a California para estudiar en Pasadena City College, una experiencia que le permitió entrar en contacto con nuevas corrientes artísticas.
Su carrera dio un salto decisivo en 1958, cuando obtuvo una beca para estudiar en la Art Students League de Nueva York. Aquella ciudad se encontraba en uno de los momentos más vibrantes de su historia cultural y Abularach tuvo la oportunidad de conocer de primera mano la obra de artistas como Pablo Picasso, Roberto Matta y Wifredo Lam, además de recorrer los grandes museos y galerías que marcaban el rumbo del arte contemporáneo.
Entre 1959 y 1960 recibió becas de la Fundación Guggenheim y, pocos años después, continuó especializándose en grabado en el Pratt Graphic Center. Nueva York se convertiría en su principal lugar de residencia durante varias décadas.
Los ojos del alma y del infinito
Abularach nunca quiso encasillarse en un movimiento artístico. Solía afirmar que le interesaba más la búsqueda interior que seguir modas o tendencias. “A mí el mundo de fuera no me interesó tanto como el de dentro. Siempre he tratado de encontrar dentro de mí”, expresaba en entrevistas. Esa mirada introspectiva sería una de las claves de toda su producción artística.
Sin embargo, la imagen que terminó identificándolo en el mundo del arte surgió a finales de los años sesenta. Mientras trabajaba entre California y Nueva York comenzó a desarrollar una serie de composiciones centradas en el ojo humano. Lo que para otros podría haber sido un simple elemento anatómico, en sus manos se convirtió en una metáfora de la conciencia, la percepción, el universo y el misterio de la existencia.
El propio artista reconocía que aquella imagen apareció de forma inesperada: “De repente salió el ojo. Es curioso, ¿por qué salió? no tengo idea”.
Con el tiempo, aquellos ojos monumentales se transformaron en su sello distintivo y lo llevaron a convertirse en una de las figuras más reconocibles del arte latinoamericano contemporáneo.
La luz como tema central
Sin embargo, reducir a Abularach únicamente a sus famosos ojos sería injusto. A lo largo de más de seis décadas de trabajo desarrolló un lenguaje visual marcado por la fascinación por la luz.
Sus pinturas muestran eclipses, resplandores, explosiones lumínicas, erupciones de volcanes y atmósferas que parecen situarse entre el origen y el fin del mundo. La crítica ha señalado que muchas de sus obras transmiten una sensación de génesis permanente, como si el espectador estuviera contemplando el instante mismo en que nace una estrella, una idea o una conciencia.
“La fuerza creativa está en el universo, no es propiedad de nadie, está allí para quien quiera meterse dentro de ella”.
Un legado universal
Durante las décadas de 1970, 1980 y 1990 consolidó su prestigio internacional con exposiciones en América, Europa y Asia. Sus obras ingresaron a importantes colecciones públicas y privadas, incluyendo las del Museo de Arte Moderno de Nueva York, un logro extraordinario para un artista centroamericano de su generación.
Rodolfo Abularach dirigió la Escuela Nacional de Artes Plásticas y recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional Carlos Mérida en 2019. Cuando falleció el 30 de agosto de 2020, a los 87 años, dejó una de las trayectorias más sólidas y originales del arte guatemalteco.
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