Originario de la colonia El Milagro, Guatemala, Emerson Rodríguez considera eso, un milagro, cada logro que ha tenido en Chicago, Estados Unidos. Por eso le puso La mano de Dios a su compañía de construcción. "No soy yo, es Él quien actúa", dice el migrante guatemalteco. Y esta es su historia.
“Estoy agradecido con Dios por todo lo que me ha dado y ayudado”. Esa es la razón por la que Emerson Rodríguez decidió llamar La Mano de Dios a la empresa de construcción que fundó en Chicago. “No soy yo, es Él. Él me está abriendo las puertas, me permitió llegar aquí, me ha permitido empezar el negocio, estoy agradecido con él”, explica.
Para este guatemalteco, la fe es reconocer las oportunidades y asumir la responsabilidad de aprovecharlas con gratitud y excelencia. “Si me va mal es porque yo estoy cometiendo algún error, algo no estoy haciendo bien”.
Emerson nació en la capital de Guatemala en 1979 y creció en la colonia El Milagro. Desde niño trabajó y aprendió a vender. Fue ayudante y piloto de autobús. Fue cuando migró a Estados Unidos. No sabía nada de construcción, pero hoy es un próspero empresario, padre, esposo, hermano. También es cocinero y es el DJ Chapín. Recientemente fue galardonado en los Premios Guatemaltecos de Chicago de Juan Valdéz.
“Dios me echó la mano”, dice. Y esta es su historia.
Crecer en El Milagro
“Yo nací en la capital, en un sanatorio que estaba en la 1.º de Julio, allá en el año 79, pero me crié en la colonia El Milagro”. Recuerda los juegos en la calle y una forma de vivir que hoy considera difícil de repetir. “Cuando estábamos niños, salíamos al callejón a jugar. Cosas que a veces uno extraña y quisiera que los hijos de uno supieran jugar eso: el trompo, la chamusquita en el callejón. Era algo muy bonito, una infancia muy bonita, en un mundo que ya no existe”.
No olvida la ilusión de ir a la escuela y aquellos pequeños gastos que entonces eran suficientes para hacer feliz a un niño. “En la escuela uno se iba a comprar un agua gaseosa en bolsa, a 20 centavos”.
Emerson estudió en el colegio Betesda de la colonia El Milagro. Después continuó en la escuela nocturna de Milagro 2 y más adelante tuvo la oportunidad de estudiar interno en el plantel militar Adolfo B. Hall, en Quiché (imparten secundaria y obtenía los despachos de subteniente de reserva de infantería).
La experiencia del internado ocurrió alrededor de 1996 y 1997. Guatemala todavía vivía los últimos años del conflicto armado interno y los viajes entre Quiché y su lugar de origen podían representar un riesgo.
“Si nos daban permiso para ir a casa había que ir con mucho cuidado porque había que transportarse en los autobuses que iban para Quiché y aquel peligro de que nos agarrara la guerrilla y nos quisieran hacer parte de ellos. Todavía nos tocó un poco de eso”. No llegó a graduarse. Con los años ha pensado en lo que habría ocurrido si hubiera terminado aquella formación.
Las dos caras de un viaje
En El Milagro, la inseguridad también comenzó a pesar sobre su vida. “Ahí en la colonia donde estaba yo era y sigue siendo un poco peligrosa. Las pandillas y todo eso. Joven visto, joven reclutado”.
Una tía que había emigrado a Estados Unidos fue quien le abrió la posibilidad. “Ella fue la que me abrió la puerta para que yo me pudiera venir”. Su viaje se convirtió después en una forma de ayudar a otros miembros de su familia.
Su primer destino fue California, donde una familiar lo recibió. Allí permaneció unas semanas antes de trasladarse a Chicago, ciudad en la que ha vivido durante unos 25 años. Los primeros días tuvieron dos caras.
“A la vez había tristeza, la nostalgia de que ya estás lejos de tu familia, sabiendo que ya te alejaste de tu madre, de tus hermanos, de todo. Pero a la vez ves y dices: ‘Wow, esto es otro mundo’”. Le impresionaron los edificios, la ciudad y las experiencias que encontraba por primera vez.
“En mis primeros tres días me acuerdo que me llevaron a pasear a Hollywood. El actor de la serie El Auto Fantástico me dio su autógrafo. Entonces son experiencias que a la vez te impactan muy bonito”.
Después llegó Chicago. También tuvo que acostumbrarse al clima. “Llegando acá me acuerdo que había un calorón tremendo. Me recordó un poco al calor de Zacapa, al calor de Mazatenango”. Y después todo lo contrario, fríos intensos.
El trabajo y el aprendizaje
“Empecé a trabajar en una fábrica de hacer los convertidores para las transmisiones”. Pero mientras trabajaba comenzó también a buscar oportunidades. Cerca de donde vivía encontró un curso de electricidad. Un sacerdote de una parroquia ofrecía talleres y cursos. “Él abrió un curso y me puse a estudiar la electricidad. Ahí fue donde yo empecé”.
Fue alrededor de 2001 o 2002. “Fui uno de los alumnos destacados en ese programa y me gustó mucho. Empecé a hacer mis trabajos y vi que había buena oportunidad en eso”. Esa preparación le permitió pasar a otra fábrica, esta vez al área de mantenimiento.
“Ya tenía experiencia en la electricidad. Me dieron un puesto en mantenimiento y empecé a ver que había más oportunidades que me permitían tener un mejor salario”. Emerson entonces se enfocó en aprender inglés.
“Gracias a Dios se me dio la oportunidad aquí de llegar a tener mi casa y pues ahí, con sacrificios y todo, lo obtuvimos”. Pero no dejó de prepararse. “Luego volví a estudiar otra vez electricidad y aire acondicionado y calefacción. Fue cuando decidí meterme a la construcción”.
Una vida de trabajo desde los nueve años
La disposición para trabajar no comenzó en Estados Unidos. Emerson recuerda que su primer trabajo pudo haber sido cuando apenas tenía nueve años. “Yo me acuerdo que creo que mi primer trabajo lo tuve en el mercado de la colonia El Milagro ayudándole a un señor a vender plátanos. Creo que tenía como nueve años”.
Iba al mercado, cargaba las bolsas y ayudaba a vender. Entre sus recuerdos están las monjas que compraban los plátanos. “Siempre miraba las monjitas. Cuando me compraban una bolsa les decía: ‘Muchas gracias, que Dios les bendiga’. Y esas mismas monjitas, al decirles yo esa palabra, como que se sentían felices me compraban otras dos bolsas más”.
Su experiencia laboral en Guatemala fue amplia. Antes de emigrar también fue ayudante y cobrador de autobús, después chofer, trabajó en taxis y fue vendedor de productos de chocolate. Empezó en los autobuses como ayudante, “el gritón, el cobrador” y también fue piloto. “Lamentablemente, por la violencia imperante en Guatemala, mi mamá murió víctima de un ataque de extorsionistas. Yo le envié dinero para que comprar un microbús y se ayudara con las ganancias… pero comenzaron a amenazarla. Fue un gran dolor para mí esta tragedia y más aún no poder ir a su funeral. Pero todos los días le agradezco sus enseñanzas. Ella era muy querida por todos los pilotos”, recuerda.
El salto sin miedo (pero con mucho aprendizaje) a la construcción
Emerson comenzó en la construcción de ayudante. “Al inicio me metíade aprendiz, a ver y ayudar. Pero tenía la idea de abrir mi compañía. Los conocimientos adquiridos se reunían en aquellos proyectos ajenos”.
Pero un día llegó el primer trabajo propio. “Me acuerdo que mi primer trabajo fue en una casa vecina. En ese tiempo fueron inundaciones y se le llenó de agua todo el basement (sótano). Me contrató la dueña para que se lo remodelara todo”.
Después apareció una oportunidad mayor: construir completamente un departamento. “Un español me dio la oportunidad de construirle completamente un departamento y ahí fue mi despegue”. Era el año 2009.
Crear una empresa significaba abandonar la seguridad de un trabajo. Emerson reconoce que tuvo miedo y que también escuchó críticas de su familia. “Vas a dejar tu trabajo, te vas a arriesgar, te vas a quedar sin trabajo. ¿Qué va a pasar si no te contratan?’”.
“Pero yo dije: no importa, tengo que intentarlo. Y si lo logro, pues vamos a tener un triunfo. Y si no lo logro, pues busco otro trabajo y sigo adelante. Y es tanta mi gratitud y la bendición que he recibido que decidí ponerle La Mano de Dios a mi compañía”.
La Mano de Dios está en todo
“Varias personas me decían: ‘¿Le pusiste así por el gol de Maradona?’. Y yo les respondía que no, nada que ver”. Emerson hace una pausa y declara: “Estoy agradecido con Dios por todo lo que me da”.
“Si me va mal, ¿voy a culpar a Dios? No. La culpa va a ser mía por no esforzarme lo suficiente, porque él me está abriendo las puertas, me permitió llegar aquí, me ha permitido empezar el negocio. Estoy agradecido con él”.
Después de más de una década al frente de su propia empresa, ha aprendido que el camino empresarial no es lineal. “Hay subidas, hay bajadas. Pero he aprendido que si bajamos, seguimos teniendo nuestras manos y nuestras piernas, estamos bien. Sigamos adelante. Y si caemos, nos levantamos de nuevo: Dios siempre te tiende la mano”.
A la vez, la calidad es su recomendación. “Un cliente satisfecho volverá a hablarle para otro trabajo. O lo va a recomendar”. Emerson efectúa reparaciones de electricidad o remodelación. También ha tomado casas totalmente abandonadas y las deja como nuevas.
“En la construcción usted es un vendedor. Usted tiene que vender la plomería, tiene que vender la electricidad, tiene que vender todo lo que usted le ofrece al dueño’”.
Y por si fuera poco, Emerson también disfruta de cocinar platillos mexicanos, chinos y guatemaltecos. Y en el mundo musical, es DJ Chapín: su alegría ha amenizado muchas fiestas. Y sigue adelante, construyendo futuro.













