Mucho antes que existiera el lago de Atitlán había tres ríos y cada mañana, la hija del cacique de la región, de larga cabellera y dulce canto llegaba a bañarse en sus aguas: así comienza la historia de origen del misterioso viento Xocomil.
Antes de que existiera el Lago de Atitlán, cuenta la leyenda, tres ríos descendían de las montañas y se encontraban en el centro de una región rodeada por tres grandes volcanes. Sus aguas cristalinas recorrían la tierra y se unían en un mismo punto, como si desde entonces aquel lugar estuviera destinado a convertirse en algo extraordinario que nadie había imaginado nunca.
Y cada mañana, una joven acudía a bañarse en sus aguas. Era Ch’uumiil, la hija del cacique de la región. Su nombre significaba «estrellita» y era conocida por su extraordinaria belleza: tenía larga cabellera negra, piel suave y una voz tan dulce que acostumbraba cantar mientras se bañaba.
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Los tres ríos se habían enamorado de ella. Esperaban con ansias su llegada y, aunque sabían que la hermosa pricesa estaba prometida al hijo del cacique del norte, cada uno se consideraba en secreto como su gran amor algún día.
Una mañana, después de bañarse, Ch’uumiil decidió caminar para recoger unas flores para su madre. En el camino encontró a K’ej K’oj, “León Negro”, hijo del carpintero de la región. Era un plebeyo y, según las reglas de aquel tiempo, un hombre con quien una joven de la nobleza jamás debía relacionarse.
Pero al mirarse, ambos quedaron cautivados. Hablaron durante largo rato y acordaron volver al día siguiente. Así comenzaron sus encuentros secretos.
Poco a poco, la atracción se convirtió en amor. Se veían a escondidas, hasta que una mañana K’ej K’oj acarició la mejilla de Ch’uumiil y la besó. Aquel beso dio paso a una relación apasionada que los llevó a desafiar las reglas que los separaban.
Ríos se desbordaron de celos
Mientras tanto, los ríos comenzaron a notar que Ch’uumiil había cambiado. Ya no jugaba con sus aguas, se bañaba rápidamente y había dejado de cantar. Sospechaban que alguien había conquistado su corazón.
Pasaron los meses y los ríos observaron también cómo Ch’uumiil comenzaba a transformarse. Comprendieron que se había enamorado, pero no sabían de quién. Llenos de curiosidad, decidieron preguntarle al viento. El viento conocía el secreto. Les contó de los encuentros de Ch’uumiil con K’ej K’oj.
Los ríos se llenaron de celos y sintieron que Ch’uumiil los había traicionado. Entonces decidieron castigarlos. Pidieron al viento que llevara a los dos amantes hasta sus aguas para que K’ej K’oj recibiera su castigo delante de ella.
La furia del viento y el nacimiento del lago
El viento encontró a los jóvenes y comenzó a empujarlos hacia los ríos. Cuando llegaron a la orilla, una fuerte ráfaga lanzó a K’ej K’oj al agua.
Las corrientes se agitaron y comenzaron a envolverlo. El joven luchó contra las aguas, pero estas lo arrastraban cada vez más hacia las profundidades.
Ch’uumiil comprendió que no podía vivir sin él. Sin dudarlo, entró al agua y buscó su mano. Cuando consiguió encontrarla, ambos se aferraron el uno al otro y se hundieron juntos.
Al ver que la princesa había elegido morir junto al hombre que amaba, los tres ríos se enfurecieron aún más. Sus corrientes chocaron violentamente y comenzaron a desbordarse. El viento sopló con fuerza y las aguas cubrieron la región.
Así nació el Lago de Atitlán
Rodeado por los tres volcanes que habían sido testigos de aquella historia, así nació el Lago de Atitlán, de un gran amor y de una gran tragedia, por los celos de tres ríos que así desaparecieron.
Pero las aguas nunca olvidaron a Ch’uumiil ni lo que consideraron su traición. Desde entonces, cuando el viento agita el lago, levanta las olas y hace cambiar de pronto el rostro de sus aguas, parece que aquella antigua disputa vuelve a despertar.
El Xocomil quedó así unido para siempre a la memoria de Ch’uumiil y K’ej K’oj: el viento y las aguas que, según la leyenda, todavía protestan por aquel amor prohibido y por el pecado que nunca pudieron olvidar.
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