En la tradición maya poqomchi' existe una historia acerca de una joven que un día vio a un hombre en el fondo del barranco. Tenía riquezas y le dijo que aquello podía entregarlo a sus padres, pero que "no debían pensar en Dios".
Nuestros ancestros decían que el sagrado barranco tiene valor, tiene riquezas. Las personas mayores creían que este valor era muy grande. Le daban valor propio al sagrado barranco. Es por eso pues, que los ancianos dicen que el sagrado barranco tiene valor.
Un día una muchacha llegó a acarrear agua, allí en un pequeño pozo que no estaba lejos de su casa. Era muy feliz acarreando agua porque así ayudaba a sus padres, aunque a veces se sentía sola y soñaba con otra vida. Y un día un pequeño muchacho empezó a detenerla, empezó a agarrarla de la mano.
Un día, ella se fue mejor por la orilla del barranco y allá desde el fondo la llamaban. Ella se asomó y era el muchacho, que le decía: mira aquí están mis riquezas. Y era cierto: brillaban sus riquezas. El le dijo que bajara a traer algo de esa riqueza.
Un día la muchacha contó a sus padres. “Es que un pequeño muchacho cada vez me detiene en el camino”, dijo primeramente a su madre. Pero su madre no creyó sus palabras y no le hizo caso. Otro día le dijo nuevamente a su madre: “El muchacho siempre me detiene en el camino, siempre me agarra, me quiere arrebatar, me quita las tinajas”.
Después se lo dijo a su padre. Entonces los padres le dijeron que ya no la mandarían a acarrear agua, porque es peligroso. “Ahora sólo a tu tejido, solamente a tejer te dedicarás todos los días”, le dijeron. La pequeña muchacha obedeció. Únicamente tejía todos los días.
“Un pequeño animal entró en el carrizo de mi telar”
Y llegó un insecto. Sólo zumbaba. Llegó. Y se metió en un carrizo del telar. La muchacha se asustó otra vez. Y no volvió a salir ese pequeño animal. La pequeña muchacha sólo lo dejó así. Lo pensó. Pasó el día. Les volvió a decir a sus padres qué pasaba en su vida. “Les diré a Ustedes qué me está pasando: un pequeño animal entró en el carrizo de mi telar y no sale”. Pero sus padres no le creyeron otra vez.
Un día otra vez fue a acarrear agua. Agarró una pequeña tinaja que le compraron hace tiempo y fue a acarrear agua. Cuando llegó al río, había un hoyo muy grante. Y apenas entró en la orilla, cuando fue jalada hacia adentro.
“Ahora pues, estarás conmigo”
Era el pequeño muchacho quien estaba allí. “No ponías atención a lo que te pasaba en la vida. Una vez estuviste tejiendo cuando me metí en el carrizo de tu telar. No pusiste atención. Me tuviste miedo, pero era yo quien estaba allí. Y un día sólo lo olvidaste. Viniste por acá. Ahora pues, estarás conmigo. Ya no regresarás a tu casa”.
La pequeña muchacha empezó a llorar. Estallaba en llanto dentro del gran hoyo. Todo lo que había dentro del hoyo brillaba mucho: las mesas, las sillas. Y allí sentado el muchacho. Dijo: “Ahora pues, te voy a dejar ir. Pero cuando llegues dirás a tus padres que iré por ti. Dile a tus padres que llegarán trece caballos. Estos trece caballos irán cargando grandes desoros y dinero. Que lo reciban. Pero con una condición: que no piensen en Dios”.
“Si piensan en Dios, los caballos regresarán”
La pequeña muchacha se asustó. Pudo salir y regresó corriendo a su casa. Se puso muy feliz cuando vio el camino. Llegó a casa. Les contó a sus padres de lo que vio en el gran hoyo y les contó lo que le dijo el pequeño muchacho. Estaba muy asustada cuando llegó.
“Un muchacho vendrá a pedirme, él era quien me detenía en el camino. Pero Ustedes, padre y madre, no se asusten ni piensen en Dios. Les contó de los caballos con riquezas que recibirían. Si piensan en Dios, los caballos regresarán y ystedes no se enriquecerán”.
Los padres se asustaron. “¿Hasta dónde llegaste pues?”, le preguntaron a la muchacha. “No importa adonde llegué, porque el pequeño muchacho me detuvo y me llevó dentro de un barranco. Lo vi todo, lo que nunca se había visto”.
Ella se quedó encerrada en la casa, triste. Los padres ya no mandaban a la pequeña muchacha a ningún lado. Se quedaron pensando en la riqueza. Un día oyeron que los caballos ya estaban a punto de llegar a su casa.
Los padres los observaron. Vieron trece caballos. Pero de pronto se asustaron mucho. No querían riquezas. Querían a su hija. Y pensaron en Dios. Y en ese momento el espíritu del sagrado barranco brilló. Los caballos se hicieron humo y el hombre aquel nunca volvió a aparecer.
Allí pues, se termina esta plática. Por eso los abuelos dicen que el sagrado barranco tiene mucha riqueza pero nadie debe tocarla sin pedir permiso a Dios.













