Jorge recuerda cuando, de niño, vendía números de lotería cerca del parque Gómez Carrillo; originario de la aldea Marajuma, Morazán, El Progreso empezó a laborar en construcción y hoy tiene su empresa Betancourth Constructions Corp., en Nueva York.
La restauración de una antigua residencia de más de un siglo de antigüedad, ubicada en los terrenos donde el científico Nikola Tesla (1856-1943) tuvo su laboratorio en Long Island, Nueva York, quedó en manos de Betancur Constructions, la compñaía constructora del guatemalteco Jorge Alberto Bethancourt. El histórico inmueble será el centro de visitantes de este espacio tecnológico y educativo.
La compañía de Jorge Alberto fue invitada a presentar una propuesta y compitió con otras empresas estadounidenses. El proyecto de restauración está en su fase final: era clave conservar la forma original del edificio, pero renovar sus componentes. “Yo sí lo quería hacer, una porque es Nikola Tesla, dos porque es nuestro negocio y tres, porque los guatemaltecos podemos lograr cuanto nos proponemos”, explica.
De niño, Bethancourt vendía números de lotería en el parque Enrique Gómez Carrillo, en la zona 1 de la capital guatemalteca, para costear sus estudios. Nació en la aldea Marajuma, Morazán, El Progreso y su familia migró a la capital. Años después, él migró a Estados Unidos: trabajó en fincas de flores, una industria de hierro y una empresa de jardinería, que se volvieron escalones del éxito. “Yo, como otros cuatro millones de guatemaltecos, llegué aquí casi que expulsado de Guatemala, porque realmente no había oportunidades para mí y para mi familia”, recuerda.

De Marajuma a la capital: estudiar fue primer reto
Bethancourt nació en la aldea Marajuma, municipio de Morazán, El Progreso. Fue un buen estudiante de primaria y quería continuar sus estudios, pero sus padres no tenían dinero para pagarle el transporte hasta el instituto de secundaria en la cabecera municipal.
Una tía le ofreció alojamiento en la capital. Ella tenía un negocio de venta de números de lotería. “Me dijo: ‘Veníte para la capital, nosotros tenemos una venta de números de lotería, podés trabajar en el día y estudiás en la noche’. Y yo le hice caso”, cuenta.
Tenía 13 años cuando comenzó a vender números en el parque Enrique Gómez Carrillo. Pero era demasiado pequeño para ingresar al programa nocturno, así que estudiaba por las tardes en el Instituto Atlántida, en la zona 18. Después continuó sus estudios en el Instituto Indolatino, zona 1 y seguía vendiendo números. Logró graduarse de tercero básico, pero no pudo continuar el diversificado y regresó a Marajuma para ayudar a su padre en la agricultura. En su casa cultivaban maíz, tomate, frijol y manía.
“Lo que yo realmente quería era estudiar. Tenía toda la gana de estudiar y quería ser arquitecto también”, recuerda con nostalgia.

Del desarrollo comunitario a la decisión de emigrar
Viviendo en Marajuma, un amigo de la iglesia, Gonzalo Arriaza, le ayudó a conseguir trabajo como conserje en una organización internacional de desarrollo. Tuvo la oportunidad de conocer de cerca los proyectos comunitarios para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes: agua, drenajes, mejora de viviendas.
Siete meses después optó a una plaza como desarrollista y la ganó. Durante cuatro o cinco años trabajó en el municipio de Morazán, donde coordinó actividades vinculadas con obras comunitarias, agua potable, electricidad, becas y apoyo escolar. No tenía ningun nexo político. “En esos proyectos, explica, la comunidad también debía involucrarse. La organización podía aportar materiales, mientras los vecinos contribuían con mano de obra y gestionaban apoyos para ejecutar las obras”.
Era un trabajo que disfrutaba porque le permitía ver resultados concretos. Sin embargo, las oportunidades económicas no fueron suficientes para construir el futuro que deseaba para su familia. Decidió migrar. “Dejé a mi hijo allá de un año de edad, a mi esposa embarazada de mi hija y me vine a este país a trabajar en lo que fuera”.






“El día que llegué, ya casi me quería regresar”
Su llegada a Nueva York estuvo lejos de ser una bienvenida fácil. El vuelo que lo trasladaba desde Los Ángeles no pudo aterrizar en la ciudad debido a una tormenta de nieve. El avión fue desviado a Connecticut y, desde allí, continuó en autobús. El hielo y las temperaturas lo hicieron pensar en regresar a Guatemala aquel mismo día. “Pensando en mi familia en primer lugar, mi pueblo, mis hijos… Tenía ganas de regresarme, te soy sincero”, admite.
Su primer empleo fue en una finca de flores de Long Island, una actividad que nunca había realizado. “Trabajé seis meses y, al terminar la temporada, pasé a otra finca, en donde me tocó enfrentar el frío, porque ya no había invernaderos pues era al aire libre. Después conseguí empleo en una fábrica que elaboraba bases de hierro para maquinaria”.
En ese lugar encontró otra oportunidad. Su jefe era colombiano, también bachiller en ciencias y letras, quien le animó a mejorar su inglés. “Yo creo que yo me autoenseñé bastante inglés, aunque después fui a estudiarlo, a leer y escribir”, relata.
Más adelante trabajó en una empresa de jardinería donde surgió la oportunidad de participar en pequeñas construcciones de oficinas dentro de edificios. “Me gustó la construcción. Es hacer algo no existe, poner paredes, puertas, ventanas en donde no había nada y recordé mi sueño de adolescente de ser arquitecto”, explica.
Aprender un oficio que se convertiría en empresa
Bethancourt comenzó prácticamente desde cero. No tenía experiencia en construcción y tuvo que aprender a utilizar herramientas, medir, interpretar planos y manejar equipos. El trabajo con un supervisor estadounidense lo obligó a comunicarse en inglés de forma técnica y exacta, a seguir aprendiendo.
“Empecé de cero, no sabía ni leer una cinta métrica”, recuerda. “Descubrí que tenía facilidad para interpretar planos y comprender los procesos constructivos. También descubrí que hay mucha mano de obra buena en mi país y hay mucha inteligencia”, afirma. Señala que “construir exige conocimientos de geometría, mediciones, ángulos y precisión que no siempre se reconocen”.
Uno de sus mentores fue Joe Makowski, un profesional polaco que había sido vicepresidente de la corporación de jardinería para la que Bethancourt trabajó. Cuando Makowski dejó la empresa, lo invitó a trabajar con él y le ofreció algo más que un salario: la posibilidad de aprender construcción de manera integral. “En aquel momento tenía un empleo en el que ganaba más. Makowski me ofreció dos dólares menos por hora a cambio de enseñarme a manejar una empresa”.
La experiencia técnica fue fundamental, pero para aprender a manejar un negocio necesitó otros apoyos. “Un empresario de ascendencia griega me dio oportunidades laborales y me animó a reconocer que el trabajo ya no se limitaba a reparar viviendas: era algo en permanente construcción y aprendizaje”. Así nació la evolución de su negocio, que se llamaba Bethancourt Home Improvements (Mejoras de hogar Bethancourt) hasta Betancourt Constructions Corporation, nombre que consolidó su marca.
De las viviendas a las clínicas y al proyecto Tesla
A lo largo de casi 25 años Betancur Constructions ha realizado ampliaciones residenciales, remodelaciones de cocinas y muchos otros trabajos. “Durante unos 10 a 12 años nos especializamos en la construcción de clínicas médicas en Nueva York y el área de Washington. Ese tipo de obra tiene especificaciones muy estrictas. Aprendimos más”.
Las clínicas requerían adaptaciones específicas según la especialidad médica, desde instalaciones particulares hasta paredes con materiales adecuados para espacios donde se utilizan equipos de rayos X.
Esa experiencia acumulada contribuyó a preparar a la compañía para asumir proyectos más grandes y especializados, como la restauración del edificio que será el centro de visitantes del Tesla Science Center.
“Tenía sus retos. No eralevantar una construcción nueva, sino de conservar la forma del inmueble mientras se renuevan sus componentes. Además, antes de comenzar las obras, la organización tardó casi cinco años en conseguir los permisos necesarios de la ciudad, período durante el cual el edificio continuó deteriorándose”.
Otro desafío es la coordinación con los tres arquitectos vinculados con el proyecto: “Hay que coordinarse con el director de la organización, el profesional que supervisa la obra y el arquitecto que elaboró los planos y donó su trabajo”. Jorge se siente muy orgulloso de representar a Guatemala en la ejecución de un proyecto de un sitio tan icónico para la ciencia y el aprendizaje.
El futuro se construye en familia y comunidad
Jorge logró reunir a su familia, su razón de ser y esforzarse. Actualmente, de hecho comparte actividades empresariales con su hija Celeste, con quien fundó hace seis años otra compañía dedicada a fabricar piezas y estructuras para cocinas de mármol, granito y cuarzo. “Mientras yo me ocupo del trabajo de campo, ella atiende los clientes, coordina al personal y efectúa la labor administrativa”.
Su aspiración, pese a haber construido una vida en Estados Unidos junto a su familia, sigue vinculada con Guatemala. “¿Qué es lo que uno espera? Volver a tu patria con tu familia, pero también aportar de alguna forma al desarrollo de mi pueblo, quizá a través de educación”, dice.
A pesar de tantos años, aún le preocupa la problemática guatemalteca: “Yo creo que como migrante se siente más lo bueno y malo que pasa en Guatemala que a veces cuando uno está allá”.

















