Desde 2024 los barriletes gigantes de Santiago y Sumpango Sacatepéquez son Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Pero ¿cuándo comenzaron a crecer? Expertos han analizado este tema desde hace décadas.
Es innegable que los barriletes gigantes de Santiago Sacatepéquez y Sumpango Sacatepéquez constituyen un ícono que representa a Guatemala a nivel mundial, que su exposición y vuelo atrae a guatemaltecos de todas regiones del país y también a turistas extranjeros que se deslumbran con este ritual.
Estudiosos los han analizado por décadas y señalan que no siempre tuvieron las dimensiones monumentales que hoy los distinguen. Surgieron hace un siglo a partir de la dedicación artesanal, pero comenzaron a evolucionar desde ejemplares medianos hasta estructuras que requieren meses de trabajo: un proceso tan minuicioso, elaborado y con raíces ancestrales que llevo a su declaratoria como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2024.





De los barriletes rituales a estructuras monumentales
En su estudio “Los barriletes gigantes de Santiago Sacatepéquez, una aproximación histórica, social y artística”, publicado en 1981 en la revista Tradiciones de Guatemala, de la Universidad de San Carlos, Mario Roberto Chacón Polanco explica que los barriletes comunes habrían comenzado a utilizarse en la localidad a principios del siglo XX, aunque no se conoce una fecha exacta.
El investigador sitúa el paso gradual hacia los barriletes gigantes alrededor de 1940-1945, a partir de testimonios orales. Una de las versiones recogidas relaciona el cambio con una supuesta visita del presidente Jorge Ubico y la sugerencia de elaborar barriletes más grandes. Chacón menciona una placa relacionada con la reparación de un puente el 30 de junio de 1942, pero advierte que la información disponible no permite confirmar que Ubico haya originado la idea.
Otro relato atribuye la inspiración a un visitante que llevó un barrilete de aproximadamente una vara de tamaño y despertó el interés de los habitantes por construir ejemplares mayores. Estas versiones permiten conocer cómo se recuerda la transformación, pero no establecen un único origen comprobado.
Lo que sí muestra el estudio es que, para finales de la década de 1970, los barriletes habían adquirido una dimensión artística y organizativa más definida. Chacón documentó concursos realizados en 1978 y 1979, señal de que la tradición ya no se limitaba a la elaboración y exhibición de barriletes, sino que también incorporaba criterios de participación, tamaño, vuelo y calidad.

De una tradición comunitaria a un acontecimiento nacional
Durante generaciones, los barriletes formaron parte de las prácticas de los habitantes de Santiago Sacatepéquez alrededor del Día de Todos los Santos. Su elaboración y presencia en el cementerio se vinculan con la memoria de los antepasados y con la relación simbólica entre los vivos y los fallecidos.
Con el crecimiento de las estructuras, la organización de los grupos y la realización de concursos, la celebración comenzó a adquirir otra dimensión pública. La fecha de 1978-1979 es una referencia documentada de esa etapa de organización, aunque no permite afirmar que el auge turístico empezara precisamente entonces.
La transformación ocurrió progresivamente: el trabajo de los artesanos y el impacto visual de los barriletes despertaron el interés de personas de otros municipios y departamentos, y posteriormente de visitantes extranjeros. La jornada del 1 de noviembre pasó a ser también una cita cultural y turística para quienes viajan a Santiago con el propósito de observar las obras, conocer a sus creadores y presenciar la actividad en el cementerio.
El interés turístico ya era evidente en los registros institucionales. A finales de la década 1990 ya atraían titulares de prensa y a medios internacionales. Pero sin duda alguna su popularidad se disparó al comenzar el auge de las redes sociales.
Ya para 2018, datos del Instituto Guatemalteco de Turismo citados por medios de comunicación reportaron una derrama económica de Q12.71 millones para las actividades de barriletes de Santiago Sacatepéquez y Sumpango. También se reportaron más de 99 mil visitantes en ambos municipios. Estas cifras corresponden a los dos destinos en conjunto, no exclusivamente a Santiago.
El interés turístico no sustituye el significado comunitario de la tradición. Más bien, añade una nueva dimensión a una práctica que continúa en manos de los habitantes: la celebración convoca a un público más amplio, mientras la concepción, la construcción y la organización de los barriletes siguen dependiendo del conocimiento y el trabajo de sus comunidades.
El tamaño también exigió desarrollar una técnica
En su investigación de 1981, Chacón Polanco documentó barriletes de entre tres y siete metros de diámetro. Su construcción requería seleccionar materiales ligeros, preparar una estructura resistente y distribuir el peso de manera que el barrilete pudiera sostenerse y responder al viento.
El papel de china, las cañas, las cuerdas, el pegamento y las colas no son elementos aislados: cada componente cumple una función en la estabilidad y el acabado de la obra. El crecimiento en tamaño obligó a desarrollar conocimientos prácticos sobre proporciones, armado, resistencia y aerodinámica.
La técnica ha continuado evolucionando. El Ministerio de Cultura y Deportes describe barriletes que pueden alcanzar hasta 22 metros de diámetro, aunque no todos se elevan al aire: algunos se exhiben por sus dimensiones y peso. La elaboración puede extenderse durante varios meses e involucra a grupos de participantes que distribuyen tareas y coordinan el trabajo.
Así, el tamaño no es solo una característica visual. También representa una mayor exigencia de diseño, materiales, planificación y colaboración.

Diseños que expresan identidad y preocupaciones sociales
Los barriletes también son superficies para comunicar ideas. El estudio de Chacón Polanco identifica diseños relacionados con los textiles indígenas de la región, además de motivos cívicos y nacionales. Con el tiempo, las composiciones han incorporado temas sociales, culturales, políticos y ambientales.
La elección de colores, figuras y mensajes permite que cada obra tenga una identidad propia. Por eso, el festival no consiste únicamente en comparar dimensiones: también es una exhibición de creatividad, composición y capacidad para convertir el papel en una obra colectiva.
El Ministerio de Cultura y Deportes señala que la elaboración y la exhibición de los barriletes transmiten conocimientos entre generaciones y mantienen vínculos con la memoria de los antepasados. En esa continuidad reside una parte esencial de su valor: la técnica cambia, los diseños se renuevan y el público crece, pero la tradición sigue ligada a la comunidad que la sostiene.
Un patrimonio reconocido internacionalmente
El 4 de diciembre de 2024, la UNESCO inscribió la técnica de elaboración de los barriletes gigantes de Santiago Sacatepéquez y Sumpango en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
El reconocimiento internacional destaca no solo el resultado visual, sino también los conocimientos, las prácticas comunitarias y la transmisión de la técnica. La distinción contribuye a visibilizar una expresión cultural que durante décadas se desarrolló y se preservó desde las propias comunidades.
La historia de los barriletes gigantes muestra una evolución notable: de ejemplares más pequeños a obras monumentales; de una tradición local a un acontecimiento que convoca a miles de visitantes; y de conocimientos transmitidos entre vecinos y familias a una manifestación cultural reconocida internacionalmente.
Su grandeza no depende únicamente de cuántos metros alcanza cada barrilete. También está en la capacidad de una comunidad para organizarse, crear, compartir su memoria y convertir una tradición propia en una expresión cultural que representa a Guatemala.

















