Floridalma Boj-López llegó a California a los 3 años pero nunca olvidó sus raíces culturales. En febrero presentó su más reciente libro sobre la diáspora maya y su fortalecimiento a pesar de los desafíos. Esta es su historia.
“Los jóvenes mayas migrantes se siguen buscando entre sí ahora más que nunca” declara la doctora Floridalma “Flory” Boj López, académica guatemalteca nacida en Quetzaltenango, profesora e investigadora en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), quien en febrero presentó su más reciente libro Indigenous Archives.
En ese libro reúne entrevistas con jóvenes mayas migrantes y también en Guatemala, acerca de experiencias y acciones de fortalecimiento cultural sin fronteras. Pero no es la primera obra de su tipo. A través de sus investigaciones, ha encontrado que las nuevas generaciones no solo mantienen vínculos con su herencia cultural, sino que continúan transformándola y fortaleciéndola en contextos tan distintos como Los Ángeles.
La historia de Boj López también es la historia de una niña que emigró desde Guatemala a Estados Unidos y que, años después, convertiría sus preguntas sobre identidad, migración y pertenencia en una carrera dedicada a estudiar y preservar la memoria de los pueblos indígenas. Y este es su relato.
Migrante desde muy corta edad
Boj López llegó a Estados Unidos cuando apenas tenía dos años. Creció en Los Ángeles bajo el cuidado de una tía, hermana de su padre, mientras su madre también trabajaba en Estados Unidos y su padre permanecía en Guatemala. “Yo crecí no con mis papás, sino con mi tía. Fue la que me crió a mí y a mi hermano aquí en Los Ángeles”, recuerda.
Aunque emigró a corta edad, Guatemala nunca desapareció de su vida. “Las historias familiares, las costumbres, la comida y los relatos sobre sus comunidades de origen mantuvieron vivo un vínculo muy fuerte, que con el tiempo se convertiría en objeto de estudio y valoración”, cuenta.
Durante las décadas de 1980 y 1990 creció en South Central Los Ángeles. En aquel vecindario apenas vivían dos familias hispanas, por lo que desde niña se encontró en busca quién era y de dónde venía. “Hasta tenía que decirles a mis maestros que Guatemala no era parte de México, que Guatemala era otro país que compartía la frontera con México”, recuerda.
A diferencia de otras familias migrantes que evitaban hablar sobre experiencias difíciles relacionadas con la guerra, el racismo o el desplazamiento, en su hogar esas conversaciones eran frecuentes.
“Mi tía compartía momentos muy difíciles que vivió en el conflicto armado, pero también los recuerdos hermosos del pueblo y la familia, las tradiciones, la memoria ancestral”.Aquellas narraciones despertaron preguntas que años más tarde encontrarían respuestas en la academia.
Más preguntas y más respuestas
Durante la secundaria, Flory comenzó a involucrarse en organizaciones estudiantiles que promovían el conocimiento de la historia de Guatemala y de las comunidades centroamericanas en Estados Unidos. “Ese momento me cambió mucho la vida porque me dio muchas explicaciones para cosas que yo no entendía. El por qué emigramos, el por qué éramos los únicos que éramos hablantes mayas, el por qué no nos conectábamos con otras familias mayas”.
Posteriormente ingresó a la Universidad de California en Santa Cruz, donde encontró en los estudios étnicos una herramienta para comprender las estructuras históricas que moldean las experiencias migratorias.
Más adelante obtuvo una maestría en California State University, Northridge, y en 2017 concluyó un doctorado en Estudios Americanos y Estudios Étnicos en la Universidad del Sur de California (USC). Actualmente trabaja en el Departamento de Estudios Chicanos y Centroamericanos de la Universidad de California.
Escuchar historias como método de investigación
Durante sus estudios de posgrado Floridalma descubrió que una de sus mayores pasiones era escuchar las experiencias de otras personas y construir conocimiento a partir de ellas. “Para mí es un honor y un privilegio poder sentarme con una persona y escuchar su historia y hacer preguntas”.
Esa vocación la llevó a investigar la experiencia de la diáspora maya en Estados Unidos. Uno de sus trabajos más importantes se basó en entrevistas con 33 jóvenes mayas y dos migrantes adultos. “Quería seguir comprendiendo y valorando cómo construyen o construimos identidad en contextos marcados por la migración, el racismo y la distancia respecto a sus comunidades de origen”.
Para Flory Boj López, cualquier análisis sobre la migración indígena debe reconocer primero la profundidad histórica de los pueblos mayas y las desigualdades que han enfrentado durante siglos. “Los pueblos mayas han existido por miles y miles de años. Y que en este momento hayan teniddo que dejar su propio territorio, por exclusiones y limitaciones económicas eso es un quiebre muy fuerte”.
Sin embargo, sus investigaciones también remarcan la capacidad de resistencia y adaptación de las nuevas generaciones. “Uno de los hallazgos más importantes es que los jóvenes todavía no solo quieren aprender sobre su cultura, sino quieren seguir formando parte de una comunidad indígena”.
Lejos de desaparecer, la identidad maya continúa evolucionando en ciudades como Los Ángeles. Para Boj López, las nuevas generaciones no son simples receptoras de una tradición heredada. “No solo heredamos la cultura, sino la seguimos creando para las próximas generaciones”.
La cultura vista y analizada desde dentro
Otro eje fundamental del trabajo de la doctora Boj-López es la necesidad de producir conocimiento desde las propias comunidades indígenas. “Durante décadas, gran parte de los estudios sobre los pueblos mayas fueron escritos por investigadores externos. Reconozco el gran valor de esos aportes, pero es necesario ampliar las voces indígenas dentro de la producción académica”.
“Hay mucho escrito sobre los pueblos mayas. Hay libros, conferencias y exhibiciones en museos, pero a menudo es desde la perspectiva hacia afuera. Podemos aportar más sobre las luchas sobre territorio, agua, educación, conocimiento ancestral como una responsabilidad personal, académica y política”, expresa.
“Al empezar me dejé guiar por mis antepasados”, expresa Flory, quien fortaleció su conexión cuando regresó por primera vez a Quetzaltenango en 2007. Durante aquella visita descubrió que uno de sus tíos era tejedor y le pidió que confeccionara un huipil para utilizarlo durante su graduación universitaria en la Universidad de Santa Cruz.
Aquel huipil se convirtió en un símbolo del encuentro entre sus raíces familiares y el camino académico que había comenzado a construir.
Un sueño para las futuras generaciones
Además de impartir clases en UCLA, continúa compartiendo investigaciones sobre historia, migración y comunidades indígenas. Sin embargo, cuando habla sobre sus aspiraciones, su mirada va mucho más allá de los logros académicos.
“Mi sueño es que mi comunidad encuentre una manera de vivir y sobrevivir con dignidad y con respeto hacia su cultura y sus conocimientos”.
También imagina un futuro en el que las nuevas generaciones puedan desarrollarse plenamente sin verse obligadas a abandonar sus comunidades. “Que nuestra comunidad tenga un futuro donde los niños puedan comer y estudiar sin tener que dejar sus territorios”.
Para Floridalma Boj López, estudiar la migración no consiste únicamente en comprender por qué las personas se marchan. También implica imaginar cómo pueden quedarse a vivir en la tierra de sus ancestros
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