"Por muchos años estuve trabajando en soledad donde absolutamente nadie veía mi obra", expresa Angélica Serech (1982) tejedora kaqchiq'el, cuyo trabajo se expone en la 25 Bienal de Sydney, Australia y en el Museo de la Cruz Roja en Suiza
Mientras se efectúa esta entrevista, la artista maya kaqchiq’el Angélica Serech está tejiendo una nueva obra, elaborada con lana de chivo proveniente de Huehuetenango. “He experimentado con toda clase de materiales: con plástic, con gusano de seda, con maguey, con mimbre, con semillas, con hilos de algodón natural”.
Pero su innovación tiene una raíz. Ángelica Serech, de San Juan Comalapa, Chimaltenango, subrayaque su historia no empieza en una galería ni en una bienal, sino en su casa, de una tradición familiar. “No vengo solo de una cultura de tejedoras, sino de tejedores también. Principalmente tejedores”, dice, situando el origen de su obra en una genealogía profunda: su padre, Toribio Serech; su abuelo Julián Serech era tejedor; y también el abuelo de su abuelo.
“Es gracias a ellos que estoy donde estoy. No destaco por mérito propio, sino por un cúmulo de conocimientos adquiridos”.
Ese cúmulo hoy se despliega en escenarios internacionales: expone obras de arte textil en la 25 Bienal de Sídney, en Australia, y también el Museo Internacional de la Cruz Roja en Suiza: es la primera mujer indígena guatemalteca en presentar una muestra individual. Pero su relato, tradición y expresión es colectiva, ancestral.
Aprender sin imposición, crear sin molde
En su infancia, el tejido no fue una imposición, sino una presencia constante. “Si mi papá es carpintero, pues por ende alguien se va a dedicar a la carpintería… es de forma natural que somos introducidos”, explica. Pero hay un matiz clave: su madre no era tejedora. “Mi mamá no sabía tejer… pero siempre nos inculcó que el tejido era importante y que teníamos que hacerlo independientemente de lo que fuéramos cuando creciéramos”.
Quien finalmente le enseñó fue su tía. A partir de ahí, la diferencia con otros aprendizajes fue inmediata. “De los tejidos de mi hermana se esperaba mucho porque ella seguía las reglas; de los míos no se esperaba nada porque yo siempre rompía esas reglas”. Esa ruptura temprana no fue accidental, sino el inicio de una búsqueda personal que se mantiene hasta hoy.
Romper reglas desde niña
Esa necesidad de crear bajo sus propios códigos apareció desde sus primeros tejidos. “Fue casi que en el tercer tejidito desde niña… mis huipiles fueron totalmente distintos. Tenían una estructura que no era la habitual ni la tradicional”. La consecuencia fue ir contra corriente, incluso dentro de su propio entorno. “Para mi mamá nunca estuvo bien lo que yo hice, pero luego me daba la razón… porque cuando terminaba mis huipiles también eran una belleza”.
Serech reconoce que ese impulso no venía de una formación académica. “Yo no tengo ningún canon artístico, no soy de academia… pero aprendí de la vida”. Desde ahí cuestionó una clasificación que la incomodaba: “¿Por qué artesanía? ¿Por qué encasillar?… cada obra tiene su originalidad, su arte. Incluso yo trabajé pequeñas piezas de arte micro, que han servido como base para las obras mayores”.
Materiales que cuentan historias
Su práctica, lejos de limitarse al hilo tradicional, se ha expandido hacia una exploración constante de materiales. “He experimentado con plástico… con gusano de seda, con maguey, con mimbre, con pasté, con semillas”, enumera, como si cada elemento fuera un capítulo distinto de su investigación.
Al momento de la entrevista, trabaja en una pieza que marca un nuevo punto en ese camino: “Actualmente voy a presentar una obra… mi primera obra en lana de oveja”. El proceso no fue inmediato. “Lo inicié hace como dos años junto a mi esposo y mi hijo… la investigación con las ovejas, cómo se obtiene la lana, los procesos”. El origen del material, como suele ocurrir en su práctica, surgió del encuentro: “Veníamos regresando de Huehuetenango y en el camino vimos a los pastores con las ovejas… de ahí nace y surge la investigación”.
Del tejido local al escenario global
Ese mismo enfoque —tradición en diálogo con descubrimiento— es el que llevó su trabajo a escenarios internacionales. Sobre la Bienal de Sídney, explica que las obras fueron comisionadas y responden a narrativas específicas. Aunque evita conclusiones apresuradas, comparte una sensación: “De manera personal me siento muy satisfecha con lo que he presentado”.
En paralelo, su presencia en el Museo Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja en Ginebra representa un hito más prolongado. “Estoy desde el año pasado… con más de ocho obras inéditas”, cuenta. Y subraya lo que significa: “Para mí fue una gran oportunidad… soy la primera mujer indígena que presenta una exposición individual en el museo”. Esta exposición en Suiza, estará abierta hasta agosto 2026.
Crear desde adentro
A pesar de esa visibilidad, su relato no se construye desde el reconocimiento externo, sino desde un proceso interno. “Muchos años estuve trabajando en soledad donde absolutamente nadie veía mi obra… fue desde adentro donde empezó a germinar lo que yo hacía”, dice. Ahí, en ese espacio íntimo, sus raíces se fortalecieron.
Hoy, mientras teje una nueva pieza con lana de oveja, esa lógica sigue intacta: mirar hacia atrás para avanzar. “Creo que cuando uno encuentra lo que le apasiona, uno fluye más”, afirma. Y en ese flujo, que une abuelos, padres, materiales y decisiones propias, Ángelica Serech continúa haciendo lo mismo que empezó de niña: crear bajo sus propias reglas.
Nos despedimos. Angélica Serech sigue tejiendo en la serenidad de su casa en San Juan Comalapa. La obra que está preparando se presentará próximamente en la apertura de un espacio artístico en la ciudad de Guatemala. Y la vida se sigue tejiendo.
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