Este relato es una fábula didáctica sobre un joven que vivía con su abuela pero eran muy pobres. Un día él decidió migrar en busca de futuro. En el camino encontró situaciones en las cuales decidió si debía ayudar o no....
Había una vez una anciana muy pobre que vivía con su nieto en una cabaña muy humilde de adobe y techo de madera. Él trabajaba en el campo lo que podía pero apenas les alcanzaba para comer. Un día, preocupado por la situación en que se encontraban, el muchacho le dijo:
—Abuelita, voy a rodar el mundo. Voy a ir a buscar futuro en otra parte. Tal vez lejos encuentre algo que nos ayude a mejorar nuestra vida.
La abuela lo bendijo y preparó su mochila. El joven emprendió el camino. Después de andar mucho vio que un aguilucho estaba atrapado entre los bejucos de un árbol.
Intentaba soltarse y no lo lograba.
Armándose de valor y compadecido del animal, el joven subió, lo liberó. El aguilucho, agradecido, le dio una pluma y le dijo:
—Cuando necesites mi ayuda, llama: «Plumita, por la virtud que Dios te ha dado, que venga el aguilucho», y acudiré. Continuó su viaje el muchacho.
Más adelante llegó al mar y encontró una ballena encallada en la arena. Con mucho esfuerzo logró empujarla para devolverla al agua. La ballena le entregó una espinita y le dijo:
—Cuando me necesites, llámame con estas palabras: «Espinita, por la virtud que Dios te ha dado, que venga la ballena».
Después encontró una zorra que iba huyendo. La perseguían varios perros. La arrinconaron, pero el muchacho en su buen corazón decidió arriesgarse: espantó a los perros y le salvó la vida. La zorrita, agradecida, le regaló un mechoncito de pelo:
—Cuando necesites mi ayuda, llámame y vendré.
El muchacho guardó los tres regalos y siguió su camino.
El desafío de la princesa
Llegó finalmente a un pueblo, donde consiguió un trabajo humilde en los establos del palacio. Allí supo que la hija del rey poseía un espejo mágico capaz de encontrar a cualquier persona, sin importar dónde se escondiera.
La princesa hacía apuestas con todo aquel que quisiera desafiar a su poderoso espejo mágico. El rey había prometido que quien lograra esconderse de ella se casaría con la princesa y recibiría la mitad del reino. Tendría tres oportunidades para ocultarse, pero si fallaba en las tres, sería ejecutado. El muchacho decidió arriesgarse.
Para la primera prueba el muchacho llamó al aguilucho. El ave lo llevó hasta muy cerca del sol, en lo alto de un gran risco y lo escondió entre sus alas. La princesa intentó buscarlo durante horas a través del espejo, hasta que logró distinguir al joven escondido.
En el segundo intento, el joven llamó a la ballena. Esta lo llevó hasta el centro del mar y lo escondió dentro de su boca. La princesa buscó con su espejo por la tierra, el aire y el mar, hasta que finalmente descubrió su escondite.
Solo quedaba una oportunidad. El muchacho llamó entonces a la zorrita y le contó lo ocurrido. Los zorros son animales muy astustos, así que ella pensó durante un momento y le dijo:
—La princesa puede registrar la tierra, el mar y el aire, pero estoy segura que hay un lugar que su espejo no alcanza: debajo de la mesa donde está colocado.
La zorrita convocó a los animales del bosque. Topos, armadillos, tepezcuintles y otros animales cavaron durante toda la noche un túnel secreto hasta el palacio. Antes del amanecer, el muchacho logró salir por un agujero debajo de la mesa del espejo y los animales cubrieron nuevamente el túnel.
El último escondite
La princesa comenzó su búsqueda. Registró la tierra, el mar y el aire. Vio al aguilucho cerca del sol, pero no encontró al muchacho. Buscó a la ballena y tampoco. Pasaron las horas y la princesa, desesperada, rompió el espejo contra el suelo.
Con el golpe, la mesa cayó y el muchacho salió de su escondite. Rápidamente tomó el contrato que garantizaba su premio.
—¡Tan cerca lo tenía y no pude encontrarlo! —exclamó la princesa. El joven le contó su historia y cómo había logrado convencer a los animales para que le ayudaron. Ella se dio cuenta de su gran corazón.
Mientras tanto, el pueblo celebró al joven como un gran vencedor. El rey tuvo que cumplir su palabra: el muchacho se casó con la princesa y recibió la mitad del reino.
Entonces el joven mandó a buscar a su abuelita. La llevó a vivir con él y, desde aquel día, ya no les hizo falta nada: pero el joven, como nuevo príncipe y heredero, siempre ayudó a la gente del pueblo.
Y así se cuenta que aquel muchacho, que salió a «rodar tierras» buscando fortuna, encontró mucho más de lo que esperaba: un reino, una esposa y una vida nueva, gracias a las buenas acciones que había hecho en el camino.













