Katu' Sukchij es la reina del maguey y de la luna. Ella es quien provee el material con el que se elaboran lazos y sombreros, artesanías clave del pueblo maya chortí. Así relatan su origen.
La etnia maya chortí es considerada una de las descendientes directas de la antigua civilización maya. Sus comunidades habitan principalmente en el oriente de Guatemala, especialmente en los municipios de Jocotán, Camotán, Olopa, Esquipulas y San Juan Ermita, en el departamento de Chiquimula, así como en zonas fronterizas de Honduras. Entre las tradiciones que aún conservan se encuentran relatos que explican el origen de sus ceremonias, los ciclos agrícolas y los elementos sagrados de la naturaleza.
La siguiente narración, conocida como la Leyenda de Katu’ Sukchij, fue escrita por el profesor Manuel Enrique Campos Paiz a partir de la tradición oral chortí. En ella aparecen dos lugares profundamente vinculados con la memoria de este pueblo: Guareruche, una comunidad del municipio de Jocotán, y Tuticopote, una aldea del municipio de Olopa, donde la tradición sitúa el origen de uno de sus relatos más importantes.
Los ancianos chortíes entrevistados por diversos investigadores aún llaman Hor Chan a la gran serpiente mítica que guía a los peregrinos. Es una metáfora viva del paisaje, de las fuentes de agua, de la fertilidad de la tierra y de las fuerzas que provocan sus movimientos.
La peregrinación hacia Tuticopote
Salieron de Guareruche rumbo a Tuticopote, “en la boca de la montaña”, los sabios chortíes, guiados por la Hor Chan. Hacía tres uinales que el Señor Sol había iniciado su carrera hacia la medianía del cielo y el Warin Tzi Kin les anunciaba que su gran fiesta estaba próxima a comenzar.
Nueve sacerdotes indígenas y numerosos habitantes de la comunidad integraban la comitiva. Llevaban como ofrendas jícaras de chilate, tamales, tortillas de maíz, cántaros de chicha y frutos de la región.
La Hor Chan se había manifestado en sueños para anunciar que en Tuticopote recibirían un mensaje de los Chin Chan. Durante varios días caminaron entre montañas y barrancos, y en el trayecto se les unieron habitantes de otras aldeas hasta formar una gran peregrinación.
Cuando llegaron a Tuticopote, la noche era profunda. La laguna descansaba silenciosa, acompañada únicamente por el canto de las aves nocturnas y el croar de las ranas.
La ceremonia de la llegada del invierno
Era la noche del 24 de abril, víspera de la ceremonia que anunciaba la llegada del invierno.
A un costado de la laguna encendieron una gran hoguera y los sacerdotes chortíes iniciaron el ritual. Invocaron a los Nueve Señores de la Noche y a los Trece Señores de los Cielos. Un pavo macho y una pava fueron sacrificados, y su sangre ofrecida a las aguas de la laguna. Si estas permanecían tranquilas, era señal de que habían aceptado la ofrenda y de que el invierno sería abundante y las cosechas generosas.
Las plegarias rompían el silencio cuando ocurrió aquello que los abuelos habían contado durante generaciones.
Las aguas comenzaron a agitarse y, sobre su superficie, apareció flotando una enorme mata de maguey. Los presentes quedaron inmóviles. Impulsada por las corrientes, la planta se acercó lentamente hasta la orilla, como si una fuerza invisible la condujera.
El hallazgo de Unichir Sukchij
Los sacerdotes se aproximaron y descubrieron, entre las grandes pencas del maguey, a una pequeña niña. No era como las demás niñas de la aldea. Tenía la piel clara y el cabello rubio. Los sacerdotes afirmaron que era una hija de los dioses y, por haber sido encontrada en el corazón del maguey, la llamaron Unichir Sukchij.
A la mañana siguiente emprendieron el regreso. Unichir era el regalo que los dioses habían entregado al pueblo en Tuticopote. En cada aldea por donde pasaban se organizaban celebraciones en su honor. La noticia recorrió las montañas con la velocidad del viento y, cuando llegaron a Guareruche, delegaciones de toda la región chortí los esperaban para festejar.
La enseñanza de la Reina del Maguey
Pasaron veinte años. Unichir se convirtió en una hermosa joven de larga cabellera rubia. Los abuelos cuentan que, cuando cortaba su cabello, enseñaba a fabricar lazos; después mostró cómo hacerlo utilizando las fibras del maguey. Gracias a ella aprendieron a elaborar lazos, bolsas y otros tejidos con esa planta.
Desde la noche de su aparición en la laguna de Tuticopote, Unichir acompañó cada año a los sabios chortíes en la peregrinación sagrada. Durante mucho tiempo los inviernos fueron generosos, las cosechas abundantes y el pueblo alcanzó una época de prosperidad.
La gran sequía
Pero un año las lluvias dejaron de llegar. La sequía secó las siembras, el hambre se extendió por la región y mujeres, niños y ancianos comenzaron a sufrir desnutrición y enfermedades.
Ante la crisis, los sacerdotes decidieron peregrinar nuevamente a Tuticopote para implorar la ayuda de los dioses. Partieron a finales de noviembre y llegaron a la laguna el 3 de diciembre. Como siempre, Unichir Sukchij los acompañaba como símbolo de su devoción.
El sacrificio de Unichir
Al llegar a la orilla, los vientos comenzaron a soplar con violencia y las aguas se agitaron. Los peregrinos cayeron de rodillas mientras elevaban sus plegarias a los dioses del cielo y de la noche.
Entonces Unichir se apartó del grupo y comenzó a caminar sobre las aguas. Avanzó lentamente hacia el centro de la laguna. El viento arreció, las olas crecieron y, de pronto, la joven desapareció entre las aguas.
En ese mismo instante el viento cesó. La laguna volvió a la calma y una gran luna llena iluminó la oscuridad.
Los peregrinos esperaron hasta el amanecer, pero Unichir no regresó.
Los sacerdotes explicaron que había vuelto junto a sus padres y que los dioses la habían convertido en la luna.
“Unichir es la Luna. Unichir es Katu”
Aquella noche nació para el pueblo chortí Katu’ Sukchij, la Luna, la Reina del Maguey. Por ello, durante la Fiesta del Invierno, celebrada entre el 25 de abril y el 3 de mayo, el pueblo elige a su Reina Katu’ Sukchij para recordar aquel acontecimiento.
El regreso de la abundancia
Los abuelos cuentan que, cuando los peregrinos regresaron a sus aldeas, encontraron la tierra transformada. Las milpas habían reverdecido, enormes mazorcas esperaban la cosecha, las quebradas corrían llenas de agua y las flores cubrían las montañas.
La bendición de los dioses había alcanzado todos los rincones del territorio chortí.
Aunque la tristeza por la ausencia de Unichir permanecía en sus corazones, también sabían que su sacrificio había puesto fin a la sequía y al hambre.
Desde entonces, en las comunidades chortíes continúa sembrándose maguey. Cuando sus fibras blancas son extraídas, recuerdan el cabello luminoso de Katu’ Sukchij y las nuevas generaciones mantienen viva la memoria de la Reina del Maguey.













