Una de las más fascinantes leyendas de Guatemala tiene nexos con la realidad: Sixto Pérez era esbirro y matón al servicio de la dictadura de Barrios. No respetaba la fe y en una ocasión arremetió con todo y carreta contra la procesión del Señor Sepultado y...
Cuentan las abuelas de la Ciudad de Guatemala que, cuando la noche se vuelve profunda y las calles empedradas del Centro Histórico quedan desiertas, todavía se escucha el pelenguén, pelenguén de los cascos de dos caballos negros que arrastran una vieja carreta, en la cual viaja un cochero cuyo rostro no se puede ver. Y quien lo mire ¡Ay de él o ella!
Es el carruaje de Sixto Pérez, el hombre que sirvió al presidente Justo Rufino Barrios y que, según la leyenda, recibió como castigo vagar eternamente por las mismas calles donde cometió sus agravios.
Ocurrió en los años posteriores a la Revolución Liberal de 1871, cuando el general Barrios expulsó a las órdenes religiosas y confiscó los templos, que fueron convertidos en bodegas y dependencias estatales. Entre sus esbirros Sixto Pérez era conocido como uno de sus hombres de confianza. Ejecutaba las órdenes más duras del gobernante, que perseguía a las personas de fe y se burlaba de ellos.
Sixto era impío, cruel y soberbio. Se sentía dueño de las calles, de la voluntad ajena y hasta del respeto que los vecinos profesaban a sus imágenes sagradas. Montado en su carruaje, tirado por dos caballos negros, recorría la ciudad sin respetar a nadie.

El atropello del Viernes Santo
Aquel día Viernes Santo, el Santo Entierro de Santo Domingo avanzaba solemnemente por las calles de la capital. El incienso flotaba en el aire, los penitentes caminaban con recogimiento y los cucuruchos cargaban el anda del Señor Sepultado entre rezos y el silencio respetuoso de los fieles.
De pronto, desde una calle cercana, se escuchó el estrépito de un carruaje que se aproximaba a toda velocidad. Era Sixto Pérez, quien, según cuentan, iba borracho y fuera de sí.
En vez de detenerse ante la procesión o rodearla por otra calle, arremetió contra la multitud, obligando a los cargadores a apartarse para evitar una desgracia. Algunas versiones dicen que el anda estuvo a punto de caer; otras, que ante el temor de ser atropellados, algunos cucuruchos corrieron y el anda cayó al suelo, junto con el Sepultado.
Pérez no mostró arrepentimiento. Al contrario, cuentan que se alejó entre carcajadas y palabras ofensivas: ¡Cachurecos ridículos!, gritaba convencido de que su posición de poder lo libraría de cualquier castigo. Pero aquella vez no bastaron sus influencias. La noticia de aquel sacrílego acto se extendió por los barrios y, según la leyenda, ni siquiera el propio Barrios toleró aquello: ordenó su captura y encierro. Fue entonces cuando comenzó su verdadera desgracia.
El pacto que lo condenó
Encerrado, sin el poder y sin la libertad que siempre había dado por seguros, Sixto Pérez comprendió que sus relaciones políticas quizá no podrían sacarlo de aquella situación. Desesperado, recurrió a una fuerza que, según la tradición, no debía invocarse jamás.
Dicen que hizo un pacto con el diablo. A cambio de recuperar su libertad negoció su alma. Otras versiones cuentan que no llegó a disfrutar de esa salida. Después del escándalo del Viernes Santo, Pérez desapareció y, cuando fueron a buscarlo a su habitación, solo encontraron un penetrante olor a azufre en la celda. En ambos casos, ya no se supo más de él.
Los abuelos dicen que desde entonces no descansa, que sigue recorriendo una y otra vez el camino por los lugares donde cometió sus abusos. Desde entonces, ya no sería un funcionario poderoso sino un vulgar espanto.

El pelenguén, pelenguén de la madrugada
Desde aquella noche, según la tradición oral de los abuelos, recopilada por expertos como Celso Lara, el carruaje de Sixto Pérez aparece en los antiguos barrios de la capital, especialmente por los alrededores de La Merced, Santo Domingo, El Sagrario y La Recolección.
Primero se oye un golpeteo lejano, como de herraduras sobre piedra. Después, el ruido se acerca: pelenguén, pelenguén, hacen las ruedas sobre los adoquines. A veces se escucha el resoplido de los caballos; otras, el chasquido de un látigo y el rechinar de la madera. Luego un quejido.
Quien lo oiga, mejor que se aleje y se encomiende a Dios. El espanto del impío Sixto Pérez traviesa la oscuridad y se desvanece sin que nadie vea por dónde se fue. Algunas versiones hablan de chispas que saltan bajo las ruedas y de un olor a azufre que queda flotando en el aire. Pero quienes se han quedado mirando, quedan locos o se los lleva con él.
Si suena un carruaje a la media noche, no hay que asomarse a la ventana. Mucho menos salir a la calle para averiguar quién pasaba. Porque, si el cochero volvía la cabeza y uno alcanzaba a reconocer el rostro de Sixto Pérez, podía descubrir que no había carne ni vida, sino la sombra de un hombre con el alma consumida por el odio. Otros dicen que Sixto va huyendo del terrible castigo y se pasa llevando a quien se atraviese.
La narración recrea la tradición oral guatemalteca, con sus variantes sobre la vida de Sixto Pérez, el incidente del Viernes Santo y su supuesta condena sobrenatural. Una versión de la leyenda fue recopilada por el antropólogo Celso Lara Figueroa como «El carro de piloto», y también aparece en relatos vinculados con la obra de Francisco Barnoya Gálvez.
















