Heredó de su abuelita la sazón: la chef nicaragüense Adriana Robleto sorprende en Los Angeles con aquella comida tradicional que alegró sus días de infancia. Salió al exilio debido a la dictadura de su país.
Hay aromas que tienen el poder de llevar a una persona de regreso a casa, aunque se encuentre a miles de kilómetros de distancia. Para la chef nicaragüense Adriana Robleto, esos aromas tienen nombre: naranja agria, ajo y hierbabuena, entre otros. Son algunos de los ingredientes de la cocina de su abuela Haydée, los recuerdos de su infancia en Managua y las primeras señales de una vocación que descubrió cuando apenas tenía siete años.
Años después, aquella niña que soñaba con cocinar terminó convertida en chef ejecutiva en Estados Unidos, donde tuvo que comenzar prácticamente desde cero. Su historia une migración, familia, formación profesional y una determinación que encontró en la gastronomía una manera de mantener vivo el vínculo con Nicaragua. Su cocina llegó incluso a la televisión estadounidense, cuando participó en el programa The View, de ABC, para presentar platos nicaragüenses y una receta de relleno heredada de su abuelita, a quien agradece la sazón.
Una vocación que nació en la mesa familiar
Robleto creció rodeada de comida, pero también de trabajo. Su abuela Haydée fue una influencia decisiva. En su casa se preparaban grandes cantidades de alimentos que luego se vendían, entre ellos los famosos nacatamales y el relleno navideño.
Más adelante, su madre Alicia Espinosa y su tía Irene Espinosa fundaron Cocina de Doña Haydée, restaurante en el que Adriana aprendió, desde muy joven, que la gastronomía era mucho más que preparar alimentos: también significaba servir, crear experiencias y construir recuerdos.
“Yo siempre supe que lo que quería hacer eran artes culinarias, no estaba muy clara si era artes culinarias o pastelería, pero estaba segura de que quería cocinar”, recordó.
Sus padres alimentaron aquella vocación. Después de terminar sus estudios secundarios, la enviaron a campamentos de verano relacionados con artes culinarias, pastelería, administración de empresas y hotelería. Aquello marcó su rumbo profesional.
En Kendall College, en Chicago, donde se graduó en Administración de Alimentos y Bebidas y Artes Culinarias. Allí adquirió conocimientos de cocina, administración y recursos humanos.
La dictadura la lleva al exilio
Después de graduarse, regresó a Nicaragua y participó en distintos proyectos. En 2017 abrió El Mercadito, un espacio gastronómico que funcionó durante casi dos años, hasta que la situación sociopolítica del país la obligó a cerrarlo.
En el programa The View, en EE.UU. al cual fue invitada, Adriana relató que en 2018 se unió a las protestas estudiantiles contra los abusos de la dictadura Ortega-Murillo, y de pronto un día, le advierten: “Tienes que irte del país. Porque me podían detener o incluso dispararme. En tres días tuve que salir del país”, cuenta. Robleto migró a Estados Unidos y se estableció en California. La transición no fue sencilla.
En Los Ángeles comenzó trabajando como anfitriona en The Brixton, un restaurante de Santa Mónica. Su experiencia y preparación le permitieron avanzar rápidamente: pasó a trabajar como cocinera de línea y posteriormente llegó a convertirse en chef ejecutiva y gerente general.
“Yo estaba preparada para el mundo. Tenía 21 años, me acababa de graduar y decía: puedo conquistar el mundo. Cosas de chatel, vos sabés, te sentís en la cima del mundo”, contó con humor al recordar aquella etapa.
Pero la experiencia también le enseñó que dirigir una cocina implica mucho más que dominar recetas. Para ella, el servicio al cliente es una parte esencial del oficio y una responsabilidad que puede resultar emocionalmente exigente. “Un aspecto que las personas no toman en cuenta es lo que significa tratar adecuadamente a los clientes. La experiencia de servicio integral es muy importante”, explicó.
Pinto, una forma de regresar a sus raíces
Durante la pandemia, Robleto volvió a mirar hacia Nicaragua. Recuperó una idea que había desarrollado incluso antes de entrar a la universidad y creó Pinto, una propuesta gastronómica inspirada en la cocina de su país. El nombre evoca uno de los platos más representativos de Nicaragua y simboliza también la mezcla de ingredientes, técnicas y recuerdos que forman parte de su cocina.
A través de su emprendimiento comenzó a ofrecer platos como relleno, gallo pinto, indio viejo, chancho con yuca, pastelitos de pollo, empanadas de carne y otros sabores tradicionales.
También utilizó plataformas de entrega para llevar la comida nicaragüense a clientes en diferentes lugares de Estados Unidos. Según Robleto, la mayoría de sus clientes son latinos.
Su participación en el programa de TV The View representó uno de los momentos más significativos de ese recorrido. Frente a las cámaras, preparó comida nicaragüense y presentó una receta de relleno aprendida de su abuela. Para ella, aquel momento tuvo un significado que trascendía la televisión. “Es un honor poder presentar la comida de mi país y lo que significa para muchos latinos que viven en EE.UU., ver un pedacito de Nicaragua en televisión y sentirme cerca de casa me emociona”, dijo. A la vez, relató las duras circunstancias que viven su país y que han llevado al exilio a muchos compatriotas.
Una cocina que lleva memoria y corazón
La experiencia confirmó algo que había descubierto desde niña: cocinar también puede ser una forma de contar quiénes somos. Adriana Robleto todavía sueña con tener un lugar donde pueda reunir su formación profesional con las recetas y recuerdos que heredó de su familia.
Su mayor satisfacción parece estar en esa conexión que ocurre alrededor de un plato. No se trata solamente de alimentar, sino de despertar recuerdos en quienes tuvieron que dejar Nicaragua y buscan, aunque sea por un instante, reencontrarse con su tierra.
“Las personas aseguran que con mis sabores se transportan a Nicaragua, amo leer las reseñas que dan de mis recetas, me motivan a seguir luchando por mis sueños”, afirmó Robleto.
Y quizá ahí está la esencia de su historia: Adriana no solamente llevó recetas nicaragüenses a Estados Unidos. Lleva recuerdos. Lleva la cocina de su abuela, el esfuerzo de su familia y la memoria de un país que aprendió a reconocer también a través de sus sabores. Cada plato es, en cierta forma, una pequeña ventana a su origen centroamericano.










