¿Cómo hace ese zope para vivir solo volando y dando vueltas sin hacer nada? Se preguntaba el hombre que ya no quería trabajar porque era haragán. Relato de la tradición popular de San Pedro Soloma, Huehuetenango.
Ahora vamos a contarles una historia: la de un hombre haragán y un zopilote.
Hace mucho tiempo había un hombre que iba al campo todos los días, pero el trabajo que hacía era muy poco. Al mediodía, su esposa le llevaba su comida, pero cuando se daba cuenta de que su esposo casi no había trabajado, se enojaba mucho con él.
Porque la cosecha de maíz era muy poca. Ella, muy seria, le daba su comida. Cuando terminaba de comer, el hombre regresaba de nuevo a su trabajo, pero solo un ratito más y luego se tiraba a descansar bajo un árbol. Después se iba a su casa. Todos los días sucedía lo mismo.
Un día, un zopilote volaba sobre el hombre. Al ver cómo el zopilote gozaba de volar libre por el espacio, empezó a gritarle: —Oye, zopilote, ¡qué afortunado eres! Tú puedes ver todo el mundo. Me imagino que tienes buena comida. En cambio, yo sufro mucho, tengo que trabajar, estar bajo el sol y encima la comida no me gusta.
Sucedió que el zopilote aterrizó cerca del hombre. El hombre empezó a decirle que quería que se cambiaran de lugar. El hombre le preguntó cómo hacía para vivir sin hacer nada y de todos modos tenía de comer todos los días, sin trabajar.
—Tú quédate en mi lugar y yo en el tuyo —dijo el hombre.
—Está bien—contestó el zopilote.
Los dos se cambiaron de lugar. El zopilote se quedó donde el hombre estaba trabajando y el hombre se fue volando por el espacio como zopilote. Libre. Feliz. Ya no iba a trabajar.
“No es tan difícil”
Antes de irse volando, el hombre le dijo al zopilote que su esposa iba a llegar dentro de un rato con su comida.
—Come bastante y después regresa a mi casa —le dijo al zopilote.
—Tú vuela por el espacio y así verás todo lo hermoso, verás los pueblos y el mundo. Comerás de lo más delicioso que hay —le dijo el zopilote al hombre.
Pero todo era mentira. Los zopilotes comen animales muertos y basura. En realidad él había visto como al hombre le llevaban comida todos los días, mientras él tenía que andar buscando vacas muertas, perros muertos o escarbar la basura.
En efecto la esposa llegó a dejarle comida y lo encontró trabajando. “No es tan difícil” dijo el zopilote. Cuando comió los frijoles, le parecieron riquísimos. “Es peor andar con hambre y sin poder hacer nada”.
El chuj
Cuando atardeció, el zopilote convertido en hombre regresó a la casa. Al llegar, encontró que la mujer ya le tenía listo el baño de vapor chuj. Los dos entraron al chuj. Ella empezó a echar agua al horno del chuj. Al salir el vapor se empezó a sentir un olor feo, como el de un zorrillo ¡o de un zopilote!
Ella siguió echando agua al horno. El zopilote empezó a sentir mucho calor y se puso a gritar.
—¿Qué te pasa? —le dijo la mujer—. ¿Por qué gritas?
—Es que el calor está muy fuerte —contestó.
—¿Qué es ese olor tan feo? —le preguntó ella.
—A saber, le dijo él. Pero me voy a bañar bien para no ser yo.
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A la hora de servir la comida, la mujer le echó bastante chile a la comida del hombre, porque así era como le gustaba al esposo. El zopilote-hombre, al comer la comida picante, hacía un ruido extraño con el pescuezo. La mujer se asustó mucho porque era el mismo ruido que había hecho cuando estaba en el chuj. Pero él le dijo que ya le iba a pasar.
Al día siguiente, el zopilote convertido en hombre se fue al trabajo. Al mediodía llegó la esposa con la comida. Ella se sorprendió al ver todo el campo bien arado y sembrado. El hombre habría chapeado las malezas y también había limpiado los alrededores del campo. “No es tan difícil hacer todo esto. No sé porqué el hombre no quería trabajar. Es peor estar sin hacer nada y con hambre”.
—¿Por qué ahora sí hiciste todo tu trabajo? —le preguntó ella.
—Es que poco a poco me voy acostumbrando —le contestó.
La mujer le dio su comida. Tenía un aroma exquisito. Frijoles. Tortillas. Queso. Y él estaba a punto de comer cuando bajó hombre convertido en zopilote. Se puso a aletear y crujir sobre ellos. Les gritaba que quería volver a ser hombre y que sí iba a trabajar, pero nadie podía entender su graznido.
Le tiran un poco de frijoles
Y es que el hombre-zopilote, después de haber volado libremente sin hacer nada, de ver todo desde el aire, decidió ir a donde el zopilote le dijo que estaba su comida: solo encontró cadáveres de animales podridos. Apestaba y había moscas. Fue al basurero y era terrible el hedor.
—¿Qué es lo que quiere este zopilote? —preguntó intrigada la mujer al hombre, que tenía la forma de su esposo.
—A saber —dijo él—. A lo mejor lo que tiene es hambre. Dale unos frijoles para que coma.
La mujer le tiró unos frijoles y el hombre-zopilote comenzó a comer rápidamente. Le parecieron deliciosos. Cuando terminó de comer, la mujer y su esposo lo espantaron a pedradas.
El hombre-zopilote ya nunca pudo volver a convertirse en hombre, y todo esto fue debido a su gran pereza. Llegaba cerca de la casa donde vivía, pero los niños lo apedreaban para que se fuera. Por eso, a veces los zopilotes llegan cerca de las casas, pero nadie los quiere, los ahuyenta.













