Esta tradición oral sincretiza la creencia cristiana y los valores q'eqchi' acerca de cómo la bondad vence al orgullo y la envidia. El protagonista es un joven San Pablo ante un desafío de otros muchachos. Y vaya si se parece a ciertas realidades actuales.
Cuentan los antiguos abuelos en la tradición q’eqchi’ que, en tiempos muy remotos, cuando nuestros antepasados todavía habitaban un mundo lleno de misterios, comenzó a crecer entre ellos la envidia. Unos miraban con recelo las habilidades de los otros y, para demostrar quién era mejor, empezaron a imponerse pruebas y competencias en las que cada cual debía mostrar su destreza.
Por aquellos días vivía San Pablo, quien había quedado huérfano desde muy pequeño y había encontrado refugio en la casa de una vecina. Allí creció junto al hijo de aquella mujer, un muchacho de aproximadamente su misma edad. Cuando llegó a la juventud, San Pablo se dedicaba a hacer mandados y ayudar en los quehaceres de la casa. Todo cuanto le encomendaban lo hacía con tanta habilidad que siempre salía bien librado de cualquier tarea.

Aquel éxito despertó la envidia…
Sí, despertó la envidia de los demás muchachos, especialmente la del hijo de la mujer que lo había acogido. No podían comprender por qué a Pablo todo le resultaba tan fácil. Así que, entre todos, decidieron ponerlo a prueba. Querían comprobar si de verdad tenía tanta habilidad o si, por una vez, podían verlo fracasar.
Pero lo que aquellos jóvenes ignoraban era que San Pablo, por su condición de santo, conocía de antemano las intenciones de sus compañeros. Sabía que estaban preparando una prueba y, lejos de temerla, se dispuso a demostrarles que no podrían vencerlo.

Un día, antes de emprender un viaje
Un día, antes de emprender un viaje que tenía previsto hacia el mar, los muchachos se acercaron a él.
—Pablo, mañana haremos una competencia. Vamos a lanzar piedras al mar para ver quién consigue arrojarlas más lejos.
—Con mucho gusto participaré —respondió el santo, sin mostrar preocupación alguna.
Aquella noche, San Pablo se levantó antes del amanecer. Conocía muy bien los lugares donde las golondrinas acostumbraban dormir y sabía dónde encontrar una. Caminó sigilosamente hasta el sitio, encontró una y la guardó en secreto. No le contó a nadie lo que había hecho.
Al llegar la mañana, todos emprendieron juntos el camino hacia la orilla del mar. Los muchachos estaban ansiosos por ver quién resultaría vencedor. Una vez reunidos frente a las aguas, el hijo de la mujer que había criado a San Pablo anunció:
—Ahora vamos a lanzar las piedras para ver quién consigue llevarla más lejos.
—Lanzá vos primero y después lo haré yo —contestó San Pablo.
El muchacho aceptó el desafío. Buscó una piedra, la tomó con fuerza y la lanzó hacia el mar. Sin embargo, la piedra cayó muy cerca de la orilla, sin alcanzar la distancia que esperaba.

El joven San Pablo recogió una piedra
El santo recogió una piedra del suelo, se preparó para lanzarla y, con un movimiento decidido, la arrojó hacia el horizonte. Pero justo en el instante en que soltó la piedra, también dejó escapar la golondrina que llevaba escondida.
El ave emprendió un vuelo veloz sobre las aguas y se alejó tanto que pronto desapareció de la vista. Los muchachos, que no alcanzaron a distinguir lo ocurrido, creyeron que aquella golondrina era la piedra lanzada por San Pablo. Asombrados por la enorme distancia que había alcanzado, tuvieron que reconocerlo como vencedor.
Y así fue como San Pablo superó la prueba que sus compañeros habían preparado para hacerlo quedar mal.
Cuentan que, desde aquel día, las golondrinas vuelan subiendo y bajando por los aires, como si todavía llevaran consigo el impulso de aquella primera piedra lanzada sobre el mar. Su vuelo recuerda la antigua competencia en la que San Pablo, con inteligencia y fe venció la envidia de los muchachos.


















