Fantasy book cover: woman with long dark hair brushing her hair by a river at sunset, with a large bird perched on a branch above and a distant city skyline.
Cultura de Guatemala

Leyendas de Guatemala fascinantes: ¿Son lo mismo la Siguanaba y la Siguamonta?

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A menudo se usan los términos Siguanaba y Siguamonta para aludir a un mismo personaje de la tradición oral guatemalteca. Pero son dos distintas leyendas.

En las leyendas de Guatemala, no todos los espantos se anuncian con gritos o apariciones terroríficas. Algunos atraen a sus víctimas con una imagen seductora; otros, con un canto que despierta la curiosidad.
Así ocurre con la Siguanaba y la Siguamonta, dos personajes del imaginario popular que suelen confundirse por la semejanza de sus nombres, aunque sus historias son muy diferentes.

La primera es una aparición de aspecto femenino que aterroriza principalmente a hombres trasnochadores y mujeriegos. La segunda es un ave sobrenatural cuyo silbido, según la tradición, atrae a personas y niños hacia los barrancos. Una oculta su verdadero rostro; la otra parece llamar desde la espesura. Estas son sus leyendas.

Sebastián no podía creer lo que sus ojos veían: una hermosa mujer a la mitad de la noche cerca de la pileta. Al tratar de hablarle ella empezó a caminar y él la siguió...
Sebastián no podía creer lo que sus ojos veían: una hermosa mujer a la mitad de la noche cerca de la pileta. Al tratar de hablarle ella empezó a caminar y él la siguió...

La Siguanaba y su apariencia seductora

La Siguanaba es una de las figuras más conocidas del folclor guatemalteco. Relataban los abuelos que solía aparecer junto a ríos, pozas, pilas públicas, puentes y caminos solitarios, especialmente durante la noche. A primera vista parece una mujer hermosa, de larga cabellera, que se peina o contempla su reflejo en el agua. Pero su belleza es un engaño. Y este es uno de esos relatos aterradores:

Una noche, Sebastián regresaba a su casa después de pasar varias horas bebiendo con sus amigos en el barrio de la Recolección, cerca del barranco del Incienso. El camino estaba oscuro y apenas se distinguían las siluetas de los árboles. Al pasar cerca de la pileta, vio a una mujer de espaldas, sentada junto a uno de los lavaderos.

El hombre se detuvo. Le pareció extraño encontrar a una mujer lavando a esas horas. Pero con la tenue luz de los candiles pudo distinguir una esbelta figura.  ¿Será una de las enfermas del hospital neuropsiquiátrico? se preguntó, con malas intenciones. 

Se acercó despacio y comenzó a hablarle. Ella no respondió; continuó pasando el peine por su cabello, como si no hubiera escuchado nada. Convencido de que la desconocida era tímida, el hombre se aproximó Entonces ella se puso de pie y comenzó a caminar, en dirección al cementerio. Él la siguió. La delgada tela de su vestido dejaba ver una figura hermosa. Corrió para alcanzarla.

Pero cuando estuvo frente a frente, lo que vio no era un rostro humano. Bajo la cabellera se escondía una cara espantosa, semejante a la de un caballo, con facciones de pesadilla. El hombre quiso retroceder, pero el terror lo paralizó. La aparición lanzó una carcajada y se alejó hacia la oscuridad, mientras él tropezaba y caía por la pendiente.

Al amanecer, quienes pasaron por el lugar lo encontraron herido y fuera de sí. Cuando pudo contar lo sucedido, nadie le creyó. Pensaron que estaba loco. Sebastián nunca volvió a ser el mismo.

Cuando los niños se dieron cuentam, ya estaba cayendo la noche y ellos habían caminado en el barranco siguiendo el misterioso canto de un ave. En eso uno de ellos tropezó y cayó....
Cuando los niños se dieron cuentam, ya estaba cayendo la noche y ellos habían caminado en el barranco siguiendo el misterioso canto de un ave. En eso uno de ellos tropezó y cayó....

Siguamonta, el ave del barranco

La Siguamonta pertenece a otra tradición del imaginario guatemalteco. Su leyenda se asocia con los barrancos que rodeaban la antigua ciudad de Guatemala, cuando había sectores separados por profundas hondonadas cubiertas de árboles, matorrales y vegetación silvestre. Eran tiempos en que los patojos iban a “barranquear”.

Según los relatos populares, en esos parajes habitaba un ave misteriosa cuyo canto resultaba irresistible para los niños y adolescentes. Algunos la describían como un pajarillo de aspecto llamativo y plumaje dorado. Su silbido parecía escucharse cada vez más cerca, aunque encontrarla entre las ramas era una tarea difícil. La advertencia de los mayores era clara: no había que seguir aquel canto ni internarse en los barrancos para descubrir de dónde provenía.

Una tarde, varios niños jugaban cerca de un barranco de la ciudad. Mientras conversaban, escucharon un silbido agudo que parecía venir de los árboles del otro lado de la pendiente. Uno de los niños creyó distinguir un destello entre las ramas y propuso acercarse para ver al ave. Los demás lo siguieron, apartando hierbas y sorteando piedras.

Seguían descendiendo por el barranco mientras el silbido parecía moverse de un árbol a otro, siempre un poco más adelante. Ninguno lograba ver con claridad al misterioso animal. Pero la curiosidad les ganaba.

De pronto, uno de los niños resbaló sobre la tierra suelta. Sus compañeros intentaron ayudarlo. Vieron el ave que era terrorífica y no quería dejar que lo ayudaran. Pero ellos la espantaron tirándole palos y piedras, pero sobre todo pidiéndole a Dios que les defendiera. El ave se alejó dando terribles alaridos. Nunca más volvieron a ese barranco.

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Somos una plataforma que busca reconocer y dignificar a los migrantes guatemaltecos en los Estados Unidos. Producimos contenidos con el fin de contribuir a su desarrollo personal, familiar y comunitario.
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