Una tradición oral que brinda una versión sobre por qué el zanate, ese pájaro tan común en Guatemala, camina de esa forma tan peculiar. Érase una vez...
En un tiempo cuando los hombres todavía acostumbraban probar sus escopetas en el campo antes de salir de cacería, vivía un zanate que solía andar de un lado para otro buscando semillas, insectos y cualquier cosa que pudiera llevarse al pico.
Una mañana, un tirador salió de su casa con la escopeta al hombro. Quería probarla para asegurarse de que funcionaba bien. Caminó un trecho, buscó un lugar apartado y, sin imaginar lo que iba a suceder, levantó el arma. Y disparó.
Un perdigón le dio al zanate y le partió la patita
Justo en ese momento iba volando un zanate. El disparo salió antes de que el hombre pudiera evitarlo. El pobre pájaro cayó al suelo y, al intentar levantarse, descubrió que una de sus patitas estaba partida.
El tirador se acercó arrepentido. No había querido hacerle daño. Buscó la manera de remediar su error y, con mucho cuidado, tomó un poco de cera para pegarle la patita al zanate.
—Ya está —le dijo—. Con esto podrás volver a caminar. No era muy cómodo pero podía dar pasos.
El zanate intentó confiar en aquellas palabras. Dio unos pasos y, poco después, elevó el vuelo. Se posó sobre una piedra que había estado calentándose bajo el sol.
El calor derritió la cera
Pero la piedra estaba muy caliente por estar tantas horas bajo el sol. La cera comenzó a derretirse y la patita del zanate volvió a quedar lastimada. El pájaro, afligido y lleno de enojo, miró la piedra y le reclamó:
—¡Piedra, piedra! ¿Por qué me quemaste la patita?
La piedra, que llevaba todo el día recibiendo el calor del cielo, respondió:
—No me culpes a mí, zanate. Yo no tengo la culpa. Es el sol quien me calienta. Puedes ir a pararte a otro lado. (Por eso los zanates nunca se están quietos)
Entonces el zanate levantó la mirada y se dirigió al sol.
—¡Sol! ¿Por qué calentaste tanto la piedra y permitiste que me quemara la patita?
El sol respondió desde lo alto:
—Yo soy fuerte, pero hay alguien que puede más que yo. Es la nube, porque cuando aparece puede cubrirme y esconder mi luz.
El zanate buscó entonces a la nube.
—Nube, ¿eres tú más poderosa que el sol?
La nube respondió:
—Puedo tapar al sol, es cierto, pero tampoco soy la más fuerte. Más valiente es el viento, porque él me lleva de un lugar a otro aunque yo no quiera.
El viento señaló a las paredes
Así que el zanate fue en busca del viento.
—Viento, ¿eres tú quien manda sobre la nube?
—Puedo arrastrarla por los cielos —contestó el viento—, pero tampoco puedo con todo. Hay algo que se resiste a mi fuerza: las paredes.
El zanate llegó entonces hasta una pared y le preguntó:
—Pared, ¿eres más fuerte que el viento?
La pared respondió:
—El viento puede soplar con toda su fuerza, pero yo permanezco en mi lugar. Sin embargo, tampoco soy la más poderosa. Pregúntales a los ratones. Ellos pueden hacerme agujeros y meterse dentro de mí.
Los ratones tenían miedo del gato
El zanate, que ya estaba cansado de ir de un lado para otro, siguió el camino que le había indicado la pared y encontró a los ratones.
—Ratones, ¿son ustedes más fuertes que la pared?
—Nosotros podemos agujerearla —respondieron—, pero tenemos un enemigo que puede más que nosotros: el gato.
El zanate fue entonces a buscar al gato.
—Gato, ¿eres tú el más fuerte?
El gato se relamió los bigotes y respondió:
—Yo cazo a los ratones, pero también tengo quien me haga frente. El garrote puede acabar conmigo.
Y así, una vez más, el zanate emprendió el camino.
Encontró al garrote y le preguntó:
—Garrote, ¿eres tú quien tiene el mayor poder?
El garrote respondió:
—Puedo matar al gato, pero tampoco soy dueño de todo. Hay alguien que manda sobre mí: la muerte.
Ya sin saber a quién acudir, el zanate buscó a la muerte.
Cuando por fin la encontró, le contó toda su desgracia: el disparo, la patita rota, la cera derretida y aquella larga cadena de seres que le habían ido señalando a otro más poderoso.
La muerte le dijo que Dios era más poderoso
La muerte escuchó pacientemente al zanate.
—Es cierto que yo tengo poder sobre todos los seres vivos —le dijo—, pero tampoco soy la última autoridad. Hay alguien que está por encima de mí. Es Dios, porque Él es quien dirige la vida y también la muerte.
El zanate levantó entonces los ojos al cielo.
Había recorrido un largo camino y había preguntado a la piedra, al sol, a la nube, al viento, a la pared, a los ratones, al gato, al garrote y a la muerte. Todos le habían señalado a alguien más poderoso.
Finalmente, el zanate llegó con Dios
El pequeño zanate, cansado y todavía con su patita lastimada, le contó todo lo que le había sucedido.
Entonces Dios, que había escuchado su historia desde el principio, extendió su poder sobre el pobre pájaro y le pegó nuevamente la patita.
Desde aquel día, cuentan que el zanate pudo volver a caminar.
Y los viejos que narraban esta historia decían que por eso el zanate nunca debía desesperarse ante una desgracia: siempre hay alguien con más poder, y por encima de todas las cosas está Dios. Y por haber cargado la pata lastimada tanto tiempo, quedó caminando así como se ve en caminos, parques, calles y todo lugar…













