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“El mar es parte de nosotros”: Ninoshka López Xalín, bióloga marina guatemalteca en Smithsonian Institution

El camino hasta el océano no fue corto: Ninoshka López Xalín estudió biología en Guatemala, después continuó estilos en Chile y después llegó a centro de investigación marina del Smithsonian Institution en Washington: un sueño de persistencia y aporte.

El sueño fue primero. Antes que la ciencia, antes que las exploraciones, antes incluso que las oportunidades:  el sueño constante, insistente como las olas, de entender el mar. Ninoshka López Shalín, bióloga guatemalteca migrante, creció lejos de cualquier carrera científica, pero no lejos del agua. Y así nació su convicción.

“Yo fui nadadora y eso me mantuvo todo el tiempo cerca del agua”, recuerda. “No recuerdo en qué momento pero yo hice esa conexión con ‘quiero ser bióloga marina’”, cuenta. Pero el contexto no ayudaba: en Guatemala, esa opción simplemente no existía. 

El sueño parecía difícil, casi impráctico, distante. Pero la ha llevado lejos: actualmente se encuentra realizando investigaciones en el Smithsonian Environmental Research Center, en Edgewater, Maryland, cerca de Washington D.C., desde donde cuenta su camino hasta un océano de conocimientos que le llevó a formar parte de la diáspora científica guatemalteca.  Y esta es su historia.

El trabajo y el aprendizaje como bióloga marina ha llevado a Ninoshka López Xalín, guatemalteca, a diversos lugares del hemisferio norte y sur, siempre en busca de más conocimiento sobre cómo salvar los mares.
El trabajo y el aprendizaje como bióloga marina ha llevado a Ninoshka López Xalín, guatemalteca, a diversos lugares del hemisferio norte y sur, siempre en busca de más conocimiento sobre cómo salvar los mares.

Por el camino que investiga la vida

Alguien le aconsejó a Ninoshka que su mejor opción y la más próxima era estudiar Biología primero. Lo hizo en la Universidad del Valle de Guatemala. “Estudiar biología te abre la perspectiva de todo lo que involucra la biología y un montón de cosas que yo jamás me imaginé estudiar”, dice.

 Tras graduarse y trabajar algunos años en el país, la oportunidad de salir llegó con una maestría en la Universidad Católica del Norte, en Coquimbo, Chile. Ahí, finalmente, el sueño empezó a tomar forma concreta: “Empecé a trabajar con ciencia participativa… empecé a trabajar con basura marina, un mal que afecta a los mares y mucha gente no se da cuenta que surge desde sus casas”. 

Posteriormente llegó la oportunidad de efectuar una pasantía de investigación en el Smithsonian. “Yo no estaba buscando hablar en inglés… existía ese miedo de ‘yo no sé inglés o no sé lo suficiente’”, admite. Pero el proceso y la vocación de ayudar a salvar el mar la empujó a cruzar ese límite.

 “Estoy en el Smithsonian… en un centro de investigación ambiental”, cuenta. Desde ahí coordina proyectos de ciencia participativa en distintos países de América, una forma distinta de hacer ciencia: “Proyectos que involucran gente que no necesariamente tiene que ser científica”. 

Conocer es valorar, descubrir y crecer

La lógica es abrir el conocimiento y multiplicarlo: estudiantes, docentes y comunidades recogen datos en playas y ecosistemas de sus regiones y compartiéndolsa, generando información que de otra forma sería imposible de obtener. “Es una manera de no solo habilitar la ciencia para otras personas… también es una manera de facilitar trabajo de colaboración”. 

Hoy, trabajando en inglés en un entorno internacional, reconoce que ese salto fue tanto académico como personal: “he logrado esa meta que tenía… y que venía de un miedo”. 

Pero el mar que estudia dista mucho del que imaginó de niña. No es el de los documentales ni el de los arrecifes coloridos  intactos, sino uno marcado por la contaminación. Y no solo los mares. Cuando estaba en Guatemala, Ninoshka formó parte de un equipo pionero que detectó la contaminación con microplásticos en el lago de Atitlán.

Razones para seguir adelante

“A veces es triste… uno pierde la fe en que esto en algún momento se va a resolver”, dice. La experiencia en Guatemala le dejó una imagen difícil de olvidar: “Una vez fui a la playa poco después de Semana Santa, estaba asquerosa, asquerosa, asquerosa. Yo nunca la había visto así. Me dio tristeza y a la vez fortaleció mi convicción por seguir en este campo”. 

Su trabajo con basura marina y microplásticos la ha llevado a una conclusión incómoda: el problema no es solo ecológico. “Es un problema socio-biológico, un problema socioambiental. Es decir de todos nosotros. el mar es parte de nosotros, y debemos cuidarlo”.

Por eso, su apuesta está en cambiar la relación de las personas con el entorno. “Yo puedo educarlos o puedo hacerlos parte de esta ciencia… para ir cambiando esa mentalidad”, explica. Ha visto cómo ese cambio empieza desde lo cotidiano, especialmente en los niños: “ellos mismos empiezan a cambiar ese chip en sus casas”.

Desde fuera, también ha identificado otra carencia: la invisibilidad científica de Guatemala. “Muchas veces… hay un vacío en Guatemala”, señala al revisar estudios internacionales. No es que no exista trabajo, aclara, sino que no se publica ni circula de la forma en que el mundo académico lo reconoce. 

“Pareciera que nosotros no tenemos información… y si existe, pero no en la manera en que se hace clásicamente a nivel mundial”. Esa desconexión la ha llevado a asumirse como parte de una diáspora científica que busca tender puentes con científicos e instituciones de Guatemala. 

"No pertenecemos a un sistema aparte: el mar forma parte de nuestras vidas y debemos cuidarlo. Reducir la contaminación es vital para nuestra sobrevivencia".
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Ninoshka López Xalín
Biologa guatemalteca en el Smithsonian Institution de Washington DC

¿Qué extrañas de Guatemala?

En medio de ese recorrido, hay ausencias que pesan. “La gente. La familia. El clima. La comida, ”, responde cuando se le pregunta qué extraña. Los gestos simples —saludar, conversar, compartir— son los que más hacen falta. Y, sin embargo, su mirada sigue puesta en Guatemala, especialmente en sus costas. 

“Las playas… porque están súper deterioradas”, dice. Ahí ve una posibilidad concreta de incidencia: espacios donde cualquiera puede participar, donde la ciencia, la educación y la comunidad se encuentran. El sueño, al final, no era solo llegar a estudiar el mar. Era entenderlo y, en el proceso, transformar la forma en que se relacionan las personas con él. “Nosotros los humanos no somos algo fuera del sistema, somos parte de ese ecosistema”, afirma. Y en esa idea —simple, pero profunda— se resume el sentido de su trayectoria: un sueño que empezó lejos del mar, pero que hoy intenta cambiar su destino.

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Gustavo Montenegro Director Editorial, SoyMigrante.com REVISTA
Periodista, escritor, contador de historias. Nació en Guatemala, 1971. Egresado de la Carrera de Comunicación Universidad Rafael Landívar. Fue docente universitario y ha trabajado en varios medios de comunicación, entre ellos Prensa Libre, entre 1996 y 2022. Actualmente dirige SoyMigrante.com/revista
Periodista, escritor, contador de historias. Nació en Guatemala, 1971. Egresado de la Carrera de Comunicación Universidad Rafael Landívar. Fue docente universitario y ha trabajado en varios medios de comunicación, entre ellos Prensa Libre, entre 1996 y…

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