Cantó para vivir en su ruta migratoria y sigue creando canciones. Wendy DGi hace oír su voz en Nueva York, convirtiendo las dificultades en sentimiento, emoción y fortaleza. Esta es su historia.
En un momento de inspiración y reflexión, Wendy Polanco está escribiendo letras de canciones con lápiz en unas hojas de papel. Escribe rápido para no perder la idea. Tararea. Vuelve a empezar. Se llenan las hojas. Pide más. “¿En qué usas tantas hojas?”, le pregunta. Es que no está en un estudio de grabación ni en la mesa de un café: es 2015 y ella etá en un centro de detención migratoria de Texas.
Wendy, originaria de Jutiapa, Guatemala, les canta aquellas canciones recién escritas a las compañeras de encierro. Rompe la monotonía. Alivia la incertidumbre: en aquel momento su voz es recuerdo y libertad. ¿Cómo nació su vocación artística, cuánto tiempo pasó encarcelada, cómo llegó y cómo salió de allí? De eso se trata esta historia.
“Yo siempre digo que todo tiene un motivo, un por qué y un para qué”, dice Wendy DGi en entrevista con SoyMigrante.com desde Nueva York. “En ese entonces traté que ese tiempo no fuera perdido y sigo agradeciendo cada día”. Hoy su voz ameniza noches en restaurantes y otros días canta en el metro, sin dejar de crear canciones, a la vida, al amor, a su patria, a su familia amada.
Cantando con los ojos cerrados
Wendy Polanco —cuyo nombre artístico es hoy Wendy DGi— aprendió muy temprano a pararse frente al público. “Tenía unos diez años cuando mi abuelo, que era pastor, me llevó a cantar a una campaña evangelística en un campo”. Lo recuerda con precisión: llevaba blusita blanca, falda, calcetas.
“Cuando él me dijo que iba a cantar, yo empecé a temblar”, cuenta. “Yo pensé que iban a ser poquitas personas. Pero era un campo de fútbol lleno de gente”. Pero el abuelo sabía qué decirle. “Me dijo: ‘esto es como cuando estás en la escuela, mi amor, no pasa nada. Tú cantás, cerrás los ojos y no pasa nada’. Y eso hice. Cerré los ojos y canté”.
En ese momento no pensaba en la música como un destino. “Lo tenía como un pasatiempo. Me gustaba cuando otros niños me decían ‘qué bonito cantás’, yo me emocionaba. Pero no lo veía como algo a futuro”. Había límites. “Quería cantar canciones románticas, pero mi familia era cristiana, entonces había cosas que yo no podía hacer. Era menor, tenía que obedecer”.
Pero la música insistió con más fuerza gracias a su hermano, Alexander. “Cuando él estaba triste me decía: ‘Vos, vení, sentate aquí y cantame algo, porque cuando tú cantas, a mí me da tranquilidad’”.
Y en una ocasión dijo algo que Wendy nunca olvidó: “Me dijo que me había soñado en un escenario grande, luminoso, frente a mucha gente, cantando. Yo le prometí que lo iba a lograr”, cuenta la artista.
Una tragedia la obliga a migrar
La violencia golpeó a su familia. Alexánder murió víctima de la violencia, por una extorsión. “A él lo mataron, mi mamá quedó herida. Fue muy duro. Mi papá me dijo que mejor me fuera del pueblo. Yo quería venir a Estados Unidos a pasear, a conocer”. Y salió de Guatemala, por tierra.
En México se le acabó el dinero y faltaba mucho camino. Estaba en Cancún, un paraíso del turismo para otros. Para ella, una escala desconocida. “No tenía ni un peso en la bolsa. Dormí en la calle, tenía hambre, quería seguir mi camino”.
Entonces, como una luz de la memoria, recordó algo que su abuelo le decía desde niña: “Para el talento no hay barreras. Existen personas que cantan en la calle y la gente reconoce su talento con propinas. Yo venía de luto. Pero en nombre de Dios….”.
Era enero de 2015. Había frío. Había pensamientos encontrados y mucha necesidad. De pronto la fe. “Imagínate: no tenía micrófono, no tenía pista, no tenía nada. Pero dije: yo tengo mi voz y tengo dos ángeles que me acompañan, que son mi abuelo y mi hermano”. Wendy cantó en un parque. Y la gente le donó dinero. Con eso pudo comer y seguir el camino.
Su voz se convirtió en sustento para el viaje
Siguió el camino: cantó en playas, en mercados, en buses, en el metro, en el Zócalo de Ciudad de México. “Aprendí también el acento mexicano para que no me pararan los federales”, cuenta. “Así fui juntando dinero,y avanzando poco a poco”. Fueron ocho meses de camino.
Al llegar a la frontera, se entregó y pidió asilo. “El primer día lo pasé en la perrera. Así le decían al encierro en celdas de malla. Después me trasladaron por varios centros de detención mientras investigaban mi caso”. Estuvo ocho meses detenida.
“Fue duro, pero yo le di gracias a Dios de estar en la cárcel”, dice sin ironía. “Porque en el camino casi llegando a Puebla me iban a secuestrar, y Dios fue tan grande. Me escapé. Hubo muchos peligros pero ya estaba en Estados Unidos. Encerrada, con grilletes, yo estaba contenta. Porque estaba viva”.
Inspiración libre dentro de una prisión
En ese encierro floreció la inspiración por ramilletes. “Escribía mis canciones: a mi hermano, a Guatemala, a mi familia, a Dios, a la vida, a los migrantes. Le cantaba a las compañeras que estaban ahí. Yo decía: este tiempo no puede ser perdido”. Una guardia le llevaba hojas y lápiz. “Me preguntaba: ‘¿en qué ocupas tantas hojas?’ Y yo le decía: ‘estoy escribiendo’. ‘¿Una película?’, me preguntaba. Y yo le decía: ‘No: escribo lo que me sale del corazón’”.
“Finalmente me liberaron, con un grillete electrónico en el tobillo. Me dieron 60 dólares, que me gané barriendo, limpiando baños, haciendo lavandería en la cárcel. No sabía a donde ir. No tenía a nadie”.
Un guardia le dijo ¿no sabes a donde ir? Al salir de su turno la llevó a un hospedaje y le dió algo más de dinero. Desde ahí Wendy buscó en redes sociales. Un amigo de Jutiapa en Maryland le pagó un boleto de avión. “Le estoy eternamente agradecida”. Vivió ahí un tiempo, pero luego se mudó a Nueva York.
Llegó a Nueva York a fines de 2016. Trabajó en tiendas, sufrió maltrato laboral, incluso laboró en construcción. Limpiar casas ya no parecía tan rudo. “Aquí hay que hacer de todo para sobrevivir”, dice. “Y no me avergüenzo. Yo le doy gracias a Dios y a la gente bonita que me dio un pan o un plato de comida cuando no tenía nada”.
"Mis letras vienen de una historia real"
Y cuando Wendy despertó, la música seguía (y sigue) allí. “Nunca se fue. Estaba guardada, doblada en papeles, como en una mochilita chiquita”. En 2018 se inscribió en La Voz de New York. Mandó un video cantando a capela. La llamaron. “Ahí sentí otra vez: yo pertenezco aquí”. También salió a buscarse un escenario amplio: la calle. “Empecé a cantar estaciones de trenes, en plazas, en el metro. Llegaba a los restaurantes y decía: ‘no importa si no me pagan, escúchenme’”.
Un día cantando en la calle la entrevista un reportero. Y de pronto empezaron a llegar invitaciones a cantar en restaurantes, en eventos, en fiestas. Empezó a grabar algunas de aquellas canciones.
“Quiero que mis letras sean conocidas, porque sé que a alguien le van a servir, porque conectan corazones, porque vienen de una historia real para otras historias en proceso”, dice. Su sueño es compartir sus experiencias, sobre todo con la juventud para darles un testimonio: “No importa el momento de tu vida que estés pasando. No pierdas el enfoque en tu sueño”.
Al atender esta entrevista, Wendy eligió un día en el que no le tocaba ir a cantar a un restaurante. Para poder compartir su testimonio con la cálida luz de un apartamento en Nueva York, a años luz de su natal Jutiapa, que lleva en el corazón. “Sigo escribiendo canciones y cuando reuno suficientes recursos, las grabo y subo a Youtube”. Porque para Wendy DGi escribir y cantar no es un lujo: es una forma de seguir viva.
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