Desde su graduación en 2024 no ha parado de trabajar en proyectos de ingeniería, pero tampoco en construir más solidaridad entre migrantes: para avanzar, propone "una olla de cangrejos": ¿cómo así? Aquí te lo contamos.
“Somos sobrevivientes”, dice el ingeniero Oswaldo Martín Pérez al hablar con orgullo acerca de su identidad maya mam en Oakland, California y cómo gracias a ella encontró hermandad en estudiantes indígenas de Norte y Centro América. De hecho, cuando era estudiante de la Universidad estatal de San José, fundaron una asociación llamada Indigenous Peoples Club, para valorar la presencia milenaria de estos pueblos en el continente.
En mayo de 2024, su nombre se hizo viral al convertirse en el primer migrante maya mam en graduarse como ingeniero civil, en la Universidad estatal de San José, California: un suceso histórico y altamente simbólico. “Venir de una comunidad como Todos Santos Cuchumatán, maya mam, con bajos recursos y siendo migrante, llegar a lograr eso, es algo que agradezco a mis padres y a mi cultura”.
Oswaldo ya ha trabajado en varios proyectos grandes, incluyendo el actual: un edificio en el centro de la ciudad San Francisco, como parte del staff de la firma constructora Swinerton. Pero desde 2016 también construye un camino como intérprete legal, sirviendo migrantes mam que llevan casos en cortes.
“Debemos estar unidos y apoyarnos. Se debe crear una olla de cangrejos”. Le comenté que esa metáfora suele aludir a los que desde abajo impiden que otros suban y salgan. “Es cierto”, dijo, pero lo que agregó a continuación es tan inspirador como toda su historia.
Traspasando fronteras y superando barreras
Oswaldo nació en Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango. Llegó a los 4 años a Oakland, California. “Mi papá tenía un asilo. Tuvo que salir de Todos Santos debido a la guerra en Guatemala. Para reunirse con él, mi mamá tuvo que cruzar el desierto y la frontera cargándome con ella. Eso es parte de mi legado, de quién soy. Cómo llegué aquí es mi inspiración para seguir avanzando y sirviendo”.
“Lo que recuerdo de mi pueblo se siente como un sueño… una tierra llena de bosque, de montañas y de nubes”, dice Oswaldo al evocar su infancia en Todos Santos, a 2500 metros sobre el nivel del mar, en la Sierra de los Cuchumatanes. “El siguiente recuerdo es que voy cargado por mi mamá y cruzando el río Grande. Cruzamos la frontera de noche. Llegamos a una casita abandonada. Ahí esperamos”.
No sabía inglés, tampoco español: solo conocía su idioma materno, el Mam. “Apenas llegué a la escuela, entré a programas bilingües y a la vez capté el español y el inglés”, cuenta. Ese tránsito lingüístico temprano marcaría su vida: no solo como estudiante, sino dándole conciencia de la necesidad de tender puentes culturales.
Sus padres, Ignacio y Teresa, trabajaban. Él en construcción y ella en limpieza de casas. “Mis papás no eran profesionales, pero sí muy trabajadores. Querían salir adelante. Ese ejemplo es poderoso para mí”, dice.
¿Cómo surgió el interés por la ingeniería?
“Yo quería ser científico. Bueno en ese entonces decía que quería ser scientista (pronunciación castellanizada del inglés scientist) Armaba cohetes con vasitos de papel y alas improvisadas. Pero cuando decía la palabra ‘scientista’, mi familia pensaba que yo quería decir ‘dentista´”.
Por su buen rendimiento escolar pudo entrar a Oakland Tech, una escuela pública donde accedió a programas avanzados de matemáticas y ciencias. Luego vino el ingreso a la universidad en 2013. “Me gustó la ingeniería porque tenía mucha matemática y también porque mi papá siempre trabajó en construcción: por muchos años con una compañía y después él fundó una propia. Yo trabajé con él también“
Pero no le fue bien en el primer intento. “Al año me salí. No tenía la disciplina, estaba lejos de mi familia, se me complicó seguir. Mejor me dediqué a trabajar, en supermercados, bodegas de café, en lo que hubiera oportunidad”. Quería ayudar a aportar a la familia y a la vez sabía que quería seguir la carrera.
En 2015 regresó al community college, tomó clases poco a poco, trabajando y estudiando. “Tenía esa meta de ser ingeniero algún día”. Su principal inspiración era su papá, que trabajó en construcción por muchos años y después fundó su propia compañía. Walo se trasladó a la Universidad Estatal de San José, donde culminó su carrera. Y se graduó en 2024.
Construyendo puentes interculturales
Desde 2016, Walo (como le llaman sus amigos) empezó a ayudar a migrantes mayas como intérprete, llenando formularios en inglés para trámites migratorios. Empezó a trabajar en una oficina legal. “Ahí aprendí sobre el asilo, sobre el sistema migratorio, y también sobre mi propia historia”, dice.
“Fue entonces cuando entendí porque mi abuelo salió primero como refugiado huyendo del genocidio contra los indígenas en Guatemala. “Hay que decirlo claro… aunque muchos quieran estar ciegos a esa realidad: fue algo que ocurrió. Y después mi papá también tuvo que salir también para salvar la vida”.
Escuchar testimonios de otros migrantes indígenas, guatemaltecos y de otros países, incluyendo de Estados Unidos, lo transformó. “Me fortaleció el orgullo de ser indígena”, afirma. “Me abrió la mente y me motivó a hacer un cambio, no solo para mí, sino para los demás, para ser una voz para los que no tienen voz”.
Un edificio de solidaria identidad
Oswaldo participó en fundar un club de estudiantes indígenas, impulsó la creación de un centro comunitario indígena en la universidad y se presentó ante autoridades vestido con su indumentaria tradicional mam. “Yo no soy solo latino, soy indígena, soy maya, soy mam”, les dijo. El centro comunitario se volvió importante y con sede propia.
“Los pueblos indígenas del continente somos sobrevivientes de muchas épocas. Aún después del genocidio, del colonialismo, aquí estamos… con una conexión profunda a nuestras tierras. Nosotros llegamos primero aquí y tenemos mucho qué aportar”, expresa
Esta fuerte conciencia histórica no le hace perder la vista en el futuro. Ha trabajado ya en varios proyectos de gran escala en California: torres residenciales, infraestructura aeroportuaria, complejos habitacionales. “Estoy a cargo de la gestión de construcción, procesos y cumplimiento de normas de seguridad. Es un trabajo complejo y de gran responsabilidad porque mucha gente vivirá y trabajará allí”, explica.
Todosantero de corazón (Y la olla de cangrejos mayas)
Ha regresado a visitar Todos Santos varias veces; la última, en 2019. Y aunque su carrera crece, su sueño sigue siendo colectivo y sin fronteras. “Mi gran sueño sería tener más jóvenes mayas como yo a mi lado, mayas de Todos Santos y de otros municipios logrando grandes metas juntos”, dice. “Uno no puede triunfar. Siempre necesitas a tu comunidad”. A la vez, está formando su propia compañía de intérpretes, para prestar servicios de calidad y a bajo costo en favor de los migrantes indígenas.
Todos esos ideales se resumen en la metáfora poderosa y provocadora que se mencionó al principio: “Se debe crear una olla de cangrejos”. Le pregunto sobre el significado de esa frase. Y aclara: “Sí, la vieja olla de cangrejos ilustra a los que desde abajo jalan a los de arriba. Pero en la nueva olla de cangrejos mayas, los que están saliendo arriba están ayudando a los de abajo a salir”.
Es así como Oswaldo Martín Pérez no solo construye edificios físicos sino puentes interculturales de memoria, identidad y futuro, con los pies en Oakland y el corazón con una ventana a las montañas nubladas de Todos Santos Cuchumatán.
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