Desde hace décadas, Ana Cho viuda de Rax es la custodia de la Danza de las Guacamayas, que volvió a representarse este 1, 2 y 3 de mayo 2026, en Santa Cruz Verapaz, Alta Verapaz.
En Santa Cruz Verapaz, donde la memoria se baila y la historia se invoca con música de tun, trompetas y chirimías, hay un nombre que resguarda el corazón de una de las tradiciones más antiguas del país: Ana Cho viuda de Rax. Durante décadas, fue ella quien sostuvo —con paciencia, fe y sentido de pertenencia— la danza del Ma’Muun o de las Guacamayas, hoy reconocida como Patrimonio Cultural de Guatemala e impulsada por su nieto Juan Alejandro “Xixo” Rax.
Este 1, 2 y 3 de mayo de 2026, en el marco de los 483 años de fundación del pueblo y su feria patronal en honor a la Santa Cruz y Santa Elena, la danza volvió a recorrer las calles, los cerros y los espacios sagrados. Y allí estuvo también doña Ana, orando y rezando porque todo salga bien, como lo ha hecho siempre.
La guardiana del baile
Su nieto, Juan Alejandro “Xixo” Rax, es hoy uno de los rostros visibles de esa continuidad. Baila, organiza, convoca. Pero reconoce —como lo hace toda la comunidad poqomchi’— que antes de él hubo una mujer que guardó los trajes, defendió los símbolos y mantuvo viva la historia cuando el abandono institucional amenazaba con borrarla.
“Soy Ana María V. de Rax. … Yo soy nativa de aquí y nunca dejo mi Santa Cruz”, decía en una entrevista realizada en 2005 por el antropólogo Carlos René García Escobar, estudioso de las danzas de Guatemala y hoy ya fallecido. “Desde que nací yo miraba que cuando veía la feria se decía que ya viene el baile del Ma’Muun. Miraba que cuando comenzaba el baile era que ya venía la fiesta. Viejísimo ese baile de aquí”, cuenta la abuela Ana.
Su vida, marcada por pérdidas tempranas y reconstrucciones familiares, transcurrió siempre al ritmo del baile. Desde niña, entendió que la llegada de la feria se anunciaba con los primeros pasos del Ma’Muun.
La historia que se baila
La historia que se representa en la danza es, en sí misma, un relato de pérdida, búsqueda y lucha. Narra el rapto de una princesa —hija de Ma’Muun y Xic’Muun— que es robada mientras sus padres buscan alimento en la montaña. Desesperados, emprenden su búsqueda hasta encontrarse con dos guacamayas, seres nahuales que se ofrecen a ayudar.
“—¿Qué están buscando ustedes? —Fíjate que se nos perdió nuestra hija, la princesa—. Entonces comenzaron con el tun, con chirimías, con las trompetas… le pedían a Dios que encontraran a la princesa…”, recordaba doña Ana, reconstruyendo cada escena como si aún ocurriera frente a sus ojos.
La búsqueda conduce finalmente al enfrentamiento con el Quiché Winak, señalado como el raptor. El combate ritual, la muerte simbólica y la repartición de la carne —ofrecida incluso a los cerros— forman parte de una cosmovisión donde lo humano, lo natural y lo espiritual se entrelazan.
Heredar la memoria
Pero más allá del relato, lo que doña Ana preservó fue el tejido completo de la tradición: los trajes antiguos, los plumeros de chunto, las máscaras, el tun rescatado incluso tras un robo, y el conocimiento de cada paso, cada pausa, cada invocación.
“Mientras que estás viva guardá las cosas porque tú las sabes guardar… por eso las tengo yo guardadas aquí”, contó Ana que le dijeron al confiarle los elementos del baile, del cual se volvió guardiana.
Hoy, ese legado vive en manos de su familia. Su hija María Elena Rax participa como chinam de la cofradía, y su nieto Xixo encarna una nueva generación que no solo baila, sino que también gestiona y proyecta la tradición en un contexto contemporáneo.
La fiesta que continúa un año más
Según relató Xixo Rax este 3 de mayo, la celebración se extendió desde el 30 de abril con la “velación de máscaras”, seguida de recorridos a sitios sagrados, actividades comunitarias, encuentros de imágenes y procesiones que integran a las cofradías y a visitantes de lugares como San Cristóbal Verapaz.
La danza de las Guacamayas se mantiene como eje central, acompañada de otras expresiones como la danza del Venado y otras tradiciones locales. “Pero Ana Cho viuda de Rax, la abuela, con su presencia, engrandece esta tradición, la cual sigue cuidado y cuya valoración le alegra mucho porque proviene de generaciones”.
En medio de ese movimiento, la figura de doña Ana permanece como un punto de equilibrio. No necesariamente al centro del escenario, pero sí en el centro de la memoria colectiva.
Porque si hoy las guacamayas siguen volando en Santa Cruz Verapaz, no es solo por quienes las bailan, sino por quien nunca dejó que dejaran de existir.













