Ser el levita que pasa de largo en la parábola del Buen Samaritano fue, de niño, su primer papel en escena. Un simple gesto hizo sonreír al público y esa reacción encendió un gran sueño en Emanuel S. Loarca: "Quiero ser actor". Y lo ha logrado.
Actor de teatro, televisión y cine; dramaturgo, director y productor; fundador de Teatro Ak’abal; migrante guatemalteco criado entre Nueva Jersey y Nueva York antes de establecerse en Los Ángeles, la vida de Emanuel S. Loarca es un guión en el que se cruzan sueños, pasión, personajes, voces, escenarios, cámaras y también Guatemala, su país natal.
“Quiero seguir creando arte… dejar legado a Guatemala”, dice en entrevista. Sobre el escenario ha llegado a interpretar ocho personajes en una sola obra: fuera de él ha sido mesero, bartender, estudiante sin papeles, extra en comerciales y en sets de grandes producciones. Todo con una convicción que lo acompaña desde niño: “El teatro es sanador”.
De hecho descubrió su vocación actoral mientras participaba en una obra religiosa, cuando era niño. “Me tocó hacer de levita en la parábola del buen samaritano. Cuando ví tirado al hombre herido, no sé qué cara hice, pero al público le dio risa. Yo oí esa reacción y allí fue donde dije: Amo esto, amo actuar, amo estar en el escenario y esto es lo que quiero hacer’”. Desde entonces, cada paso, ha sido una manera de sostener esa historia de la vida real.
Un buen samaritano inició su actuación
Su migración no fue elección, fue consecuencia. “Yo no quería venir. Yo quería quedarme con mi abuela en Guatemala”, recuerda. “Pero a mí mamá ya le habían apuntado con pistola dos veces. La violencia la forzó a migrar a Estados Unidos”. Dos años después mandó a traer a sus hijos. Emmanuel llegó a los 10 años. “Empezamos esta vida en un país que no conocíamos, en un lenguaje que no conocíamos, en un entorno muy distinto a Guatemala”.
“Yo soñaba con ser actor, pero no sabía que era una carrera. Solo veía cosas en televisión y decía: ‘Yo quiero hacer eso’”. Pero el camino no fue inmediato. “Mi mamá era evangélica y temía el ambiente artístico. No quería que yo entrara en vicios o drogas”. Emmanuel lo comprende ahora, pero en su momento fue difícil. “No pude empezar la carrera hasta que fui mayor y dije: ‘Es mi decisión, no me pueden parar’”.
Pero la universidad no era una opción viable entonces. “No por falta de talento sino de fondos”. Emanuel era un migrante indocumentado y el acceso a cualquier escuela de actuación era carísimo.
Pero encontró una puerta lateral a un mundo mágico. Se encontró con el Teatro Rodante Puertorriqueño, una iniciativa que llevaba teatro a los barrios y a la vez ofrecía formación. Allí aprendió técnica, audición y disciplina. “Era un espacio accesible para latinos que no tenían la oportunidad de ir a la universidad”.

Allí comenzó a sentir que el teatro era más que vocación: era refugio. “Crecí en una familia que tenía sus problemas y llegar al teatro fue como un lugar seguro”. Y añade una frase que resume su visión artística: “El teatro es sanador, no solo para el público, también para el artista”.
En Nueva York vivió un momento que lo marcó en términos de identidad. Por buen tiempo en la compañía asumieron que era puertorriqueño. Cuando le asignaron un personaje neoyorquino de ascendencia boricua, dijo que sí podía hacerlo pero advirtió: “No, soy de Puerto Rico, soy de Guatemala”.
Recuerda que fue “muy hermoso” afirmar su origen, pero también doloroso cuando notó que ya no encajaba igual. “Después ya no me querían incluir porque no era parte de la identidad puertorriqueña”. Pero aquello sembró en él una necesidad: crear un espacio donde lo guatemalteco no fuera excepción.
Mientras tanto, sobrevivía como muchos actores migrantes. Fue mesero, bartender —“en Nueva York dicen que son los mejores trabajos para actores porque son horarios flexibles”— y aceptó cuanto proyecto apareciera.

Una vez hizo casting y obtuvo el papel No sabía para qué producción era y se sorprendió cuando supo que era para la serie Sex and the City. “Yo ni sabía qué era HBO”, admite. “Solo sabía que era trabajo”. Hizo videos industriales, doblajes, teatro en hospitales. “Hice un video sobre tuberculosis donde tenía que toser y toser y toser”, recuerda.
Recientemente apareció en la serie de HBO The Pitt, con un papel menor. Interpretó a un paciente en coma. Aunque su personaje exigía quietud, para él fue aprendizaje puro. “Estaba viendo trabajar a actores que han ganado tantos premios… era como una escuela. Aprendí muchísimo”. Observaba cómo encontraban el tono, cómo recibían notas. “Fue enriquecedor”.
En cuanto a la escena teatral, en 2005, Emanuel fundó Teatro Ak’abal. El nombre proviene de su nahual maya y lo explica con claridad: “Es usar la sabiduría del pasado para iluminar el futuro”. Ese es el espíritu de la compañía: contar historias originales de la diáspora guatemalteca en Estados Unidos. “No existían historias nuestras, solo de otros países. No se contaba de dónde veníamos”. Y lo dice con orgullo lingüístico: “Nosotros decimos chumpa y no chaqueta ni chamarra, por ejemplo”.
Durante veinte años han montado obras basadas en la experiencia migrante. Una de ellas, la más famosa es La Familia de Manuel, en la cual Emmanuel interpreta ocho personajes que narran la historia de una familia atravesada por la violencia doméstica. Madre, padre, padrastro, hermanos… y la abuela. “El personaje que abre y cierra la obra es la abuela. Está totalmente basada en mi abuela. Es el personaje que más ha resonado con el público. La gente la ama como yo la amo”.
La describe como “súper cómica pero también muy sabia”, una mujer que reunía a vecinos para escucharla contar historias. “Descubrí que fue la que nutrió el arte en mí desde niño. Yo la veía hacerlo”.
Durante la pandemia, poco después de su fallecimiento, creó una serie web inspirada en ella. Y ahora escribe una película basada en su figura. “Sería un sueño grabarla en Guatemala… compartirla con los guatemaltecos. Mi abuela, que amo tanto”.
Cada regreso al país es mezcla de amor y dolor. “Es tan lindo el país… pero hay tanta corrupción y tanta inseguridad”, lamenta. Aun así, no deja de extrañar lo cotidiano. “Cuando voy a Guatemala tengo que comer diez o veinte mangos de pashte”, cuenta. Emanuel creció en la zona 5 capitalina y guarda esos recuerdos como parte de su identidad profunda.
Su más reciente regreso fue para cumplir una promesa: llevar las cenizas de su abuela a Santa Rosalía, Zacapa, su pueblo natal. Una promesa que no podía romper, como si fuera el final de una película o el comienzo de una obra de teatro real.
Emanuel está dirigiendo cuatro obras teatrales al momento de la entrevista. Sigue escribiendo otros proyectos y planea llevar producciones a Guatemala. Cuando se le pregunta por su sueño mayor, responde sin titubeos: “Quiero seguir creando arte… tener los medios, salud, inspiración, fuerza, dinero para hacerlo: Me encantaría presentar mis obras en Guatemala porque es importante dejar historia”.
Esa frase resume su trayectoria. Emmanuel Loarca no solo actúa personajes; actúa memoria, actúa identidad y actúa con corazón guatemalteco. Y cada vez que pisa un escenario, aquel niño que no quería migrar pero que descubrió que amaba provocar la risa del público sigue allí, recordándole que su patria, al final, también puede ser en el escenario, ante una cámara o en una pantalla.
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