"El jefe se llamaba Joe. Era un afroamericano. ¡Hey Petro! How you doing? Fine, Joe, le respondí. Sacó su cinta métrica y se puso a medir las láminas que había cortado. Me hizo una señal con el pulgar y dijo ¡Good!", cuenta más de medio siglo después.
Corría el año 1971. Petronilo estaba en situación difícil en Guatemala. Había trabajado en ferreterías, aprendido cerrajería, sabía mucho de medidas y herramientas, pero cambió de empleo porque no pagaban lo suficiente. Se había casado en noviembre de 1970 con Adelita, quien estaba esperando a su primer hijo. Tenían una pequeña tienda en un barrio que hoy es populoso pero entonces eran solo unas cuantas casas.
Petro intentó vender pasteles de una panadería. Nada. Intentó vender medicinas y pasó todo un día de tienda en tienda, en su motocicleta (entonces no habían tantas). Solo vendió un blíster de aspirinas (5 centavos, en aquel entonces). Era desolador. Y encima tenían la deuda de la mercancía a consignación que les habían dado para la tienda, en un local alquilado.
El dueño de la casa le preguntó ¿por qué no se va a trabajar un tiempo a Estados Unidos? Esa persona ayudó con los trámites y se marchó a inicios de 1971. En avión de la Panamerican Airways. Nunca había volado. Se encomendó a Dios. Llegó a Boston. Algo había leído de inglés en libros que tenían algunas frases. Pero compatriotas le apoyaron. Lo primero fue tramitar su número de Social Security
Era una oficina larga larga, con muchos escritorios. Se anotó y a los pocos minutos le llamaron por su nombre. Una secretaria en máquina de escribir confirmó sus datos. Y en un par de minutos ya tenía el carnet en la mano.
Después llevaron a un taller de metalurgia: en buen inglés, el amigo le explicó al capataz que Petro venía de Guatemala, que era un buen trabajador y que conocía muy bien las medidas de longitud, en pulgadas y centímetros (herencia del tiempo en ferretería). Una pulgada, media pulgada, 3/4, 5/8, 5/32, todo eso.
Petro había pasado comprando una cinta métrica, que el capataz vio con aprobación. Que venga mañana. Y así empezó: hacían cortes de láminas industriales bajo pedido, para otras industrias. Debían ser exactos en las dimensiones. Todavía recuerda Petro el sonido del golpe metálico en el corte, de los barrenos al hacer incisiones en serie.
El capataz, un afroamericano que se llamaba George, siempre cargaba con un enorme puro en la boca, se acercó a supervisar el trabajo del nuevo empleado, ¡Hey Petro, how you doing!
-Fine respondió él.
Joe sacó su cinta médica, mordisqueó el puro hacia el otro lado de la boca, agudizó el ojo al revisar. Y luego le hizo un thumbs up!
-¡Good!, le dijo.
Como todo migrante, Petro debía tener otro trabajo para ganar lo suficiente para mantenerse y a la vez ahorrar. En aquel entonces no había remesas electrónicas, solo money orders. El Quetzal por aquel entonces valía 1×1. Y a veces en Guatemala ni querían los dólares, los pagaban hasta en 90 centavos.
En fin, su otro trabajo era en limpieza de un edificio. En cada piso había dos o tres trabajadores que barrían, aspiraban, vaciaban papeleras. Juntaban la basura junto al ascensor de carga y ¿adivinen quién estaba a cargo de ir piso por piso recogiendo esas bolsas y cajas?
Así pasaron las semanas y los meses, trabajando fuerte. Petro recuerda la hora en que pasaban vendiendo café. También cuando el invierno le sorprendió: su cuarto de alquiler no tenía calefacción. Tenía tres ponchos encima y estaba con suéter y pants. Y el frío le calaba hasta los huesos. La cama donde dormía la consiguió por allí en el edificio: otros vecinos la habían desechado.
Le confortaba la idea de salir adelante, de ahorrar para volver. Los gastos de mercadería de la tienda les tenían en deuda. Pero con lo poco que había enviado, ya habían enganchado un terreno con una casa de techo de lámina, para ya no alquilar.¿
Allá por agosto del 71, recibió la noticia que había nacido su primogénito.
Por carta, opinó sobre el nombre que debían ponerle: primero dijo Elliot Noé (porque le gustaba ver la serie de Los Intocables), pero luego se puso serio y dijo que mejor le pusieran Gustavo Adolfo.
Petro aprovechaba el día de descanso para subirse en el metro y llegar hasta la estación más distante y luego subirse de vuelta. Así no se perdía en aquella ciudad tan grande.
Se compró una cámara y tomó fotos del puente del río Charles. Un amigo le tomó una comiendo helado en una carretera y también en un bosque helado.
-¡Cómo extrañaba a su familia!
Pero siguió trabajando fuerte, hasta que se pudo pagar la deuda. Ahorró un poco más y regresó a Guatemala. La tienda ya estaba abierta en la casa que engancharon y que tardaron unos 15 años en pagar. Trajo una TV en blanco y negro de 12 pulgadas que funcionó por muchos años.
Petro abrió una pequeña ferretería junto a la tienda. Luego a los años, se cerró la tienda (porque ya había muchas por todas partes) quedó la ferretería. Allí sigue atendiéndola con el mismo esmero medio siglo después. No falta cuando un joven cliente llega y le pide clavos “de este tamaño”, haciéndole una señal con los dedos. Él le dice que debería saber las medidas, de una pulgada, tres cuartos o una y media.
A sus tres hijos, a sus nietos y a su bisnieta les cuenta sobre cómo las medidas hablaron más claro que el inglés y de cómo el trabajo bien hecho siempre paga bien. No se arrepiente de haber ido a trabajar y menos de haber regresado en julio de 1972, cuando yo estaba por cumplir un año.
Petronilo Montenegro es mi papá y también fue migrante. Fue a Boston y regresó, por amor a nosotros.
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