Nació en Choluteca, Honduras y a los 23 años llegó a Estados Unidos. Fue estilista y hoy tiene junto a su esposo una empresa de construcción en Connecticut. Apoya a niños de La Gomera, Escuintla, Guatemala. "Un día los iré a conocer", dice.
“Me gusta ayudar, porque gracias a Dios hemos recibido mucho en este gran país”, expresa Marlen S. Quintero, migrante hondureña, a quien contactamos gracias a la iniciativa de un guatemalteco, Leonel Arenas, también migrante, quien vivía en Connecticut y actualmente radica en España. Ella aporta a las iniciativas benéficas de Arenas en La Gomera, Escuintla, Guatemala: dona pasteles para el Día del Niño, festejo de Navidad y regalos para los bomberos locales.
En febrero último donó la pintura para aulas de la escuela de una aldea y también materiales para restaurar pupitres. “Es que para motivar a los niños deben tener un plantel digno, al cual les motive entrar”. Pero no es su única acción benéfica en el área. (No le gusta contarlo porque lo hace por convicción, por principio, por experiencias de su niñez. Pero le dije que es bueno inspirar a más personas con el ejemplo).
Desde Choluteca, Honduras, donde nació la historia de Marlen se teje entre migración, esfuerzo y servicio. Radicada en Connecticut desde 1996, su vida conecta territorios distintos bajo una misma convicción humana.
“Recuerdo que llegué un 25 de noviembre de 1996… y lo único que traía eran muchos sueños”, cuenta. Y esta es su historia.
El inicio: vocación, oficio y conexión humana
Ser estilista fue la primera puerta que se le abrió casi de inmediato tras su llegada. Recién formada en una academia de belleza en Honduras, Marlen encontró su primera oportunidad en el salón dirigido por una peruana que le permitió apoyar mientras avanzaba en el proceso de certificación.
Más adelante trabajó en el salón de una estilista cubana que la ayudó a formalizar su licencia en Estados Unidos y a perfeccionar su técnica. “Ella me enseñó muchísimo: sobre todo a asesorar a que la persona tenga su mejor versión de imagen en el trabajo o en la vida social”. Esa etapa marcó el inicio de su vida laboral en Connecticut.
“Uno se convierte casi en un psicólogo, porque las personas llegan con sus cosas y sin conocerlo a uno empiezan a contar situaciones muy personales. Emociones. Sentimientos. Esa confianza es importante para que también le puedas asesorar y escuchar qué quiere en su cabello”.
“Uno gana un sueldo con ese trabajo, pero cuando esa persona sale con autoestima, con amor propio y me dice ¡Gracias!… esa es la recompensa adicional”, expresa. Por supuesto, eso implica que lo que se decía en el salón mientras se hacía un peinado o un corte, allí se quedaba.
Para Marlen su mayor tesoro es su familia. Junto a su esposo y sus dos hijos ha construido una comunidad de amor: “Así como a mí me lo enseñó mi mamá, yo les inculco con el ejemplo el amor al trabajo, la disciplina y la solidaridad”.
Construyendo superación, literalmente
En 2008, junto a su esposo, Marlen decidió emprender en el sector de la construcción en Connecticut. En plena crisis económica de esa época. “Yo le dije, si Dios nos ayuda, no importa cuánta recesión haya, Él va a proveer, y hasta el momento hemos seguido adelante”.
El camino no ha estado exento de desafíos. Sobre todo porque es un entorno donde predominan los varones. Marlen ha roto esquemas desde el primer momento. “Es usual que cuando llega un camión con materiales, sea un hombre quien conduce y descarga. Cuando la que se baja del truck es una mujer, se sorprenden”, cuenta.
“Si me toca ponerme botas, ir a cargar material, no es problema, es parte del trabajo”. Incluso recuerda que cuando estaba esperando a sus hijos, siguió laborando normalmente. “Estoy embarazada, no estoy inválida ni nada, puedo hacer las cosas”, solía decir a quienes se le quedaban mirando.
La participación de Marlen ha sido clave tanto en la administración como en la operación del negocio familiar, consolidando un proyecto que inició en tiempos difíciles y que continúa vigente gracias a la fuerte visión de servicio al cliente y la comunidad.
Maestra agradece apoyo de Marlen Quintero a escuela de una aldea de La Gomera, Escuintla
Un puente hacia Guatemala: ayudar sin fronteras
Su conexión con Guatemala surgió a través del trabajo comunitario impulsado por el migrante guatemalteco Leonel Arenas, originario de La Gomera, Escuintla, cuyas iniciativas han vinculado a migrantes guatemaltecos con causas sociales en comunidades vulnerables: obsequios de Navidad para los niños, convivios del Día del Cariño o de los Niños, donaciones a socorrristas locales.
Aunque hoy Arenas hace sus convocatorias desde España, Marlen siempre se apunta: “Soy más de acciones que de andar publicando las cosas que hago, me gusta ayudar sin hacer mucho ruido”. Coordina la ayuda con el apoyo del maestro Mibsar Obed Arenas, en La Gomera.
¿Qué le motiva? “Para mí es muy importante la educación de los niños, porque ellos son el futuro. Por ejemplo en febrero, yo quería aportar que les pinten bonita su escuela, que cuando esos niños entren, ese color les dé esperanza”. También donó varios escritorios debido a que los niños recibían clases sobre blocks y tablas. “El manejo que hacen de las donaciones es transparente y siempre mandan el informe de lo que se logró hacer con la ayuda”, comenta.
Marlen solo estuvo en Guatemala durante su niñez, cuando su mamá y abuelita le llevaban de romería a visitar al Santo Cristo de Esquipulas. Nunca ha estado en La Gomera, pero espera pronto ir a conocer la escuela y la comunidad a la que ha contribuido a apoyar.
El caso de Luisito: la ayuda que se vuelve personal
Uno de los casos que más la ha marcado es el de Luis, un niño con discapacidad a quien apoya directamente. “Lo agarré como una madrina, porque vi que aunque quisieran ayudarlo, los recursos no les alcanzaban para su tratamiento. “Me gusta ver cómo él ha ido evolucionando y cómo ha ido mejorando, aunque todavía necesita más ayuda”.
“Él necesita unas botas especiales para poder dar el próximo paso, que es caminar bien con la ayuda de esos aparatos”. Su decisión de involucrarse nació de una intuición profunda. “Había algo en mí, como un presentimiento, como que Dios le dice a uno: tienes que contactar a ese niño que píde ayuda”.
Para Marlen, la solidaridad no reconoce fronteras. “No hay fronteras cuando uno quiere ayudar al ser humano, más allá de la nacionalidad o el color”. Esa forma de ver el mundo tiene raíces profundas.
“Lo que mi mamá sembró en mí, trato de ponerlo en práctica todos los días”. Por eso también ayudó a una joven estudiante salvadoreña que no tiene brazos, pero escribe y pinta con sus pies. “Le ayudé en sus estudios y ya se graduó”, cuenta Marlen con una sonrisa de alegría.
“Todo lo que he logrado es gracias a Dios, a los valores que me inculcaron, pero también a la gente que me apoyó cuando lo necesité. Así que hay que devolver algo de todo lo recibido”.
Desde Connecticut, su vida continúa conectando realidades distintas con grandes ideales y sencillos pero sinceros gestos de solidaridad, demostrando que la migración también puede ser un puente sin fronteras para transformar vidas.







