El guatemalteco Juan Pablo Morales ha sido músico y fotógrafo. Cuidó la colección de insectos de un museo. Trabajó en limpieza, paseó perros, fue handyman. Apoya a obreros a través de programas sociales y por eso recibió un reconocimiento en el primer festejo del Día de la Herencia Guatemalteca en Nueva York.
Juan Pablo Morales ha sido músico, antropólogo y biólogo, también constructor, fotógrafo, paseador de perros, cuidador de la colección de insectos del American Museum of Natural History —en donde siempre disfrutó admirar especímenes colectados en Cobán, Petén y Quiché—, pero sobre todo ha sido y es guatemalteco. Vive en el barrio del Bronx.
Por eso fue uno de los tres guatemaltecos, a quienes la alcaldía de Nueva York reconoció en el primer Día de la Herencia Guatemalteca, declarado el 29 de diciembre, junto a las hermanas Ana Prince y Brenda Castellanos. En noviembre de 2025, Morales Estrada organizó el primer Día Internacional del Jaguar Guatemala–Nueva York, para abogar por la conservación de esta especie. Y esta es fue la conversación con un Quetzal migrante que lleva en el corazón los bosques, ríos y montañas de su patria.
Reconocido por su aporte a la ciudad de Nueva York
—¿Cómo te sentiste al recibir el reconocimiento durante el Día de la Herencia Guatemalteca en Nueva York, el 29 de diciembre de 2025?
—En lo personal, sorprendido. Fue una gran sorpresa, pero también muy contento y muy comprometido. Un premio lo compromete a uno. Pero ese reconocimiento no es para mí, es para toda la comunidad guatemalteca que ha estado trabajando en Estados Unidos y, sobre todo, en la ciudad de Nueva York. Que yo estuviera ahí parado era una representación del excelente trabajo que hacen todos los migrantes guatemaltecos.
—¿Cuándo empieza tu historia de migración?…
—Yo tenía seis años cuando viví por primera vez el exilio político. Mi familia fue expulsada de Guatemala por la realidad de dictadura en el Conflicto Armado. A mi papá lo amenazaron. Nos sacaron del país que amábamos. Vivimos en California y luego regresamos al país, porque el migrante siempre sueña con el regreso.
—Sos músico, antropólogo, biólogo. ¿Cómo te definís?
—Soy una persona completamente ordinaria, rodeado de gente extraordinaria. Como músico, siempre lo he pensado así: la gente nos invita a los momentos más importantes de su vida. He formado parte del grupo Ellatu de Guatemala desde hace más de 25 años y también participo con otros músicos.
A veces nos llaman para bautizos, casamientos, velorios, graduaciones, cumpleaños. Ese es un gran honor, porque más allá del oficio, el músico acompaña la vida.
—¿Cuándo volviste a Estados Unidos?
—Empecé a venir en 2009, iba y venía. En 2010 me establecí en Nueva York. Recuerdo que había una conciencia clara de empezar a construir una identidad nueva, sin dejar de ser ciudadano guatemalteco. Y quería ser un ciudadano del Bronx.
—¿Por qué el Bronx?
—Desde que empecé a venir me identifiqué mucho con el Bronx, con sus barrios, con la gente latina y con la gente que ya era ciudadana aquí proveniente de muchos países de Latinoamérica. En ese momento el grupo más fuerte era el garífuna, que abarca Guatemala, Honduras, Belice. Y ahí había comunidad, identidad y fuerza.
—¿Cuál fue tu primer trabajo al establecerte?
—Yo estudié Antropología. Despues Biología. Me encanta la naturaleza y bueno, trabajé en el Museo de Historia Natural, pero en la parte que el público no ve: en los museos hay una parte de exhibiciones y otra de investigación.
Y las colecciones son enormes. Una es de millones de insectos de todas partes del mundo. Tuve la suerte de encontrar insectos de Cobán, de Quiché, de Petén, y me encantaba admirarlos, pensar que provenían de los bosques de Guatemala. Les tomaba fotos y las subía a redes. Todavía subo fotos de especies interesantes. Pero el inicio fue duro.
—¿Por qué fue tan duro el inicio?
—Porque cuando vine, mis ahorros en quetzales se dividieron entre ocho al pasarlos a dólares. Vine a una de las ciudades más interesantes, pero más caras de Estados Unidos. Entonces había que ver cómo se la rifaba uno.
—De todo. Lo del museo era muy interesante, pero no me alcanzaba para vivir. Pero así es esta ciudad y así es la vida del migrante. Me tocó hacer de todo: Cambié pisos, trabajé en limpieza mucho tiempo, me paraba en las esquinas y gasolineras a esperar quien me contratara como handyman. Pinté casas, corté pelo, maté ratas, paseaba perros.
—¿Así salías a la calle con el montón de chuchos? (Le aclaro que si es chapín, no eran perros, sino chuchos. Juan Pablo se ríe y asiente)
—Sí, paseé perros… o chuchos. Fue uno de los trabajos más felices y de los momentos más alegres de mi vida acá. Pero no los paseaba en la calle sino en la montaña. Yo tenía una camioneta, recogía perros por toda la ciudad y me los llevaba a las montañas. Ahí los soltaba y caminábamos. Corría con ellos, completamente libres. No ganaba suficiente dinero, pero me hubiera quedado ahí toda la vida.
—¿Y nunca se te perdió ningún “chucho”?
—Nunca. Bueno, sí una vez, había una perrita ya con muchos años, que se cansaba y al juntar a todos los chuchos, no estaba. Y empezar a buscarla. ¿Dónde se quedó? En un tramo del recorrido se había quedado, echadita. Menos mal apareció.
—También trabajaste muchos años en limpieza.
—Comencé limpiando parqueos y garajes, hasta llegar a ser coordinador de limpieza de un almacén Ikea en Brooklyn. Esa también es la historia del migrante: empezar abajo y aprender de todo el proceso. Hacerlo bien.
—¿A qué te dedicás actualmente?
—Ahorita soy el coordinador del programa de jornaleros y jornaleras de Caridades Católicas en la ciudad de Nueva York. Ya llevo nueve años trabajando con migrantes, con mis hermanos y hermanas migrantes.
—¿En qué consiste ese trabajo?
—Es acompañar a los jornaleros, defender su dignidad, ayudarlos a encontrar trabajo, a no ser explotados, a tener información, a organizarse. Yo trabajo con personas como yo, que han pasado por lo mismo en busca de oportunidades y de sostener a la familia.
—Desde tu experiencia, ¿qué es lo que impulsa al migrante?
—El hambre. El hambre del estómago y el hambre de lograr más. El hambre de conquistar simbólicamente y el hambre de llenar la panza de la familia. Esa es la fuerza motora de los migrantes.
—¿Qué le dirías a quienes cuestionan la presencia migrante?
—La realidad física, financiera y social justifica completamente nuestra existencia. Nosotros somos los motores. Limpiamos, cuidamos, construimos, educamos, sanamos estas sociedades. Venimos para aportar y aportamos mucho: vida, valores, cultura.
—¿Cómo describís tu relación con Guatemala?
—Somos exiliados que seguimos amando nuestro país. Fuimos rechazados por el país, pero lo seguimos amando. Vivimos en una dualidad: amamos el lugar donde estamos como migrantes, pero nunca dejamos de soñar con volver a nuestra tierra, a nuestra patria.
—Tengo entendido que a fines de 2025 impulsaste el primer Día Internacional del Jaguar. ¿Qué simboliza para vos?
—El jaguar es un animal migrante por excelencia. Recorre largos territorios buscando sobrevivir. Representa la fuerza, la estructura y la salud del bosque. Es un espíritu que lucha por sobrevivir con gallardía, elegancia y belleza. Representa muchos de los valores que tenemos los guatemaltecos.
—Se vive una época de políticas antimigrantes, pero realmente ¿se puede detener la migración?
—No. Nada podrá jamás contra la vida. No nos van a detener a las buenas ni a las malas. Nosotros no venimos a las malas, venimos con un proyecto de vida. A aportar y construir: aquí seguimos.
—¿Cuál es tu gran sueño?
—Mi sueño utópico es vivir en un mundo de justicia, amor y paz. Y mi sueño más real es seguir viendo el hermoso trabajo que hacen los guatemaltecos y guatemaltecas, su aporte multicultural aquí y en cualquier parte del mundo.













