Maestra migrante guatemalteca Emily Francis enseña inglés en escuela de Carolina del Norte e inspira positivamente a alumnos y profesores, a través de sus libros Si tan solo supieras o El Trayecto de Milly, en inglés o español. Esta es su historia.
Astrid Emily Francis es maestra de inglés en una escuela de Concord, Carolina del Norte pero siempre afirma con orgullo que nació en Guatemala; es invitada frecuenta a presentar sus libros en bibliotecas de Estados Unidos o dar conferencias a maestros sobre sus experiencias en escuelas multiculturales. Llegó a ese país a los 15 años, sin saber inglés, sin saber a dónde iba y con muchas preguntas sin respuestas.
Ha publicado cinco libros, el primero de los cuales fue Si tan solo supieras, originalmente lanzado en inglés como If you only knew, en el que combina sus experiencias con las de alumnos migrantes para crear un relato de esperanza y visión.
“Yo sé lo que viví, separada de mi mamá viviendo en Guatemala. Ella trabajaba vendiendo verduras, pero no alcanzaba para mantenernos, así que migró a Estados Unidos para trabajar”, relata Emily Francis a SoyMigrante.com.
“Vivíamos en Villa Nueva”, cuenta Emily, quien a los 13 años quedó a cargo de sus hermanas menores. Dos años después su mamá las mandó a traer. “Sé lo que es llegar a los 15 años a un lugar donde no conoces a nadie y nadie te conoce, sin saber qué hacer o como ser. Por eso trato de ayudar a los estudiantes a encontrar ese camino”, cuenta.
Y esta es la historia de Emily Francis con la cual ella sigue haciendo historia con sus libros y conferencias.
Un payasito en las cartas
Antes de la era de WhatsApp o Messenger, no había más que cartas manuscritas en papel, una forma de resistir la ausencia. “Mi mamá nos escribía cartas desde Estados Unidos. Las llamadas eran muy caras. Yo le respondía con otras cartas. Guardé todas esas cartas”, recuerda. Hasta que un día llegó el momento de partir.
“Cuando mi mamá me dice: empaca tus cosas esenciales, lo esencial eran esas cartas”, cuenta. “Porque cuando tú las lees, tienen lágrimas… porque ella las escribía llorando y yo también”. Entre esas cartas viajaba un pequeño símbolo: una calcomanía de un payasito que iba y venía entre Guatemala y Estados Unidos. La recortaban una y otra vez para reenviarla.
“Ese payasito iba y venía entre los Estados Unidos y Guatemala varias veces por casi dos años”, relata Emily Francis. “Le hacíamos burbujas así como de diálogo. El payasito ‘hablaba’: ‘acabo de ver a tu mamá y está contenta’”, decía, como si fuera un mensajero.
“Recuerdo que una vez mi mamá me mandó a pedir que dibujara mi pie porque ella quería mandarme zapatos… y yo le mandé fue una calcomanía de un piecito. Esa calcomanía todavía la guardo”. Aquellos mensajes cruzaban fronteras para sostener esperanza.
Emily Francis afirma que aprendió a hablar y comprender mejor el inglés al ver talk shows como el de Ellen DeGeneres, en el cual fue entrevistada sobre su historia como guatemalteca migrante.
Aprender un nuevo idioma, reconstruirse
La llegada de Emily Francis a Estados Unidos no fue una historia lineal de ascenso. Tuvo alegrías y caídas. “Quise graduarme y no pude… resulté botando la escuela”, cuenta sin rodeos. “Es una historia triste. Me costó muchísimo esta parte de mi historia”.
Y es que ser estudiante migrante implicaba más que aprender inglés: era enfrentarse a un sistema que no siempre entiende lo que significa empezar desde cero en otro idioma. “Un migrante sufre, porque está lejos, porque no sabe qué ocurrirá, porque tiene grandes sueños que parecen lejanos”. Pero en medio de ese proceso, apareció una figura clave: una maestra.
“Fue una maestra, Angie Power, quien me dijo un día: ‘a ver, cuéntame tu historia’”, recuerda. “Y cuando le comencé a contar… creyó en mí, me abrió las puertas de su salón y me ayudó a creer en que podía cumplir mis sueños”. Ese gesto —escuchar, creer— redefinió su camino. Y es lo que la impulsa a escuchar y creer en más alumnos, maestros, padres, migrantes, lectores, para cambiar historias.
Emily Francis retomó la universidad cuando ya era madre de familia. Estudió maestría en Inglés. Fue auxiliar de aula durante varios años, pero un día logró cumplir el sueño de ser maestra.
De estudiante migrante a maestra de inglés
Hoy, Emily Francis enseña inglés como segundo idioma en una escuela de Concord, Carolina del Norte. Trabaja con estudiantes en todos los niveles, muchos de ellos migrantes como ella lo fue.
“Yo profundamente entiendo los desafíos que mis estudiantes tienen que superar”, afirma. “Un emigrante a veces necesita de una persona… una persona que crea realmente que de verdad puedes lograr tu potencial”, explica. “Eso fue lo que me pasó a mí”. Ahora, ella es esa persona para otros.
Su primer libro, Si tan solo supieras (publicado primero en inglés como If you only knew, nació de una necesidad: contar, pero no solo su historia. “Yo quería que la comunidad supiera que emigrantes pueden llegar a ser como yo o más… muchísimo más”, dice. Sin embargo, cuando el proyecto comenzó a tomar forma, algo no le convencía. “Todo el libro era acerca de Emily Francis y no me gustó… yo no soy quien soy por mí misma”, explica. “Entonces decidimos mezclar mi vida personal con estudiantes míos”.
De casi 50 historias, quedaron ocho. Ocho voces que dialogan con la suya. “Es una voz colectiva”, describe. El formato tampoco fue casual: eligió escribirlo como cartas.
“Las cartas fueron importantes en el tiempo de la distancia entre mi mamá y yo… entonces decidimos hacer el libro de esa manera”. La traducción al español fue, para ella, otro acto de identidad.
La niña que vendía naranjas hoy regala inspiración
Más adelante, decidió adaptar sus vivencias de infancia en una serie de libros ilustrados, pensados para estudiantes: El trayecto de Milly (Sí, la niña que es personaje principal se llama como ella). “Los estudiantes a veces no quieren leer 300 páginas… entonces dije: vamos a convertirlo en libros con imágenes”, explica.
Dividió su historia en cuatro partes. La primera, en Guatemala. “Jugando en el río con mis hermanos… vendiendo naranjas… ahí fue donde los sueños echaron raíces”, dice.
“Esa niña que un día estaba sentada en el mercado vendiendo naranjas… sin saber que años después… iba a estar en un salón ayudando a estudiantes a romper esos ciclos de pobreza, de invisibilidad, de silencio.”.
Ser guatemalteca lejos de Guatemala
Han pasado más de tres décadas desde que emigró. No ha podido regresar. “Extraño mucho Guatemala”, confiesa. “No he logrado ir desde hace treinta y pico años que me fui”.
Pero la identidad no se ha ido. Se cocina. Se celebra. Se enseña. “Para Navidad hago 200 tamales… le llevo una canasta a cada familia”, cuenta. “Eso es mantener esa tradición guatemalteca”.
En su casa hay salpicón, cascarones, historias. En su aula, también. “Yo les digo a mis estudiantes: somos diferentes pero iguales al mismo tiempo”.
El siguiente sueño
Después de años en el aula, su horizonte se expande. “Mi gran sueño es llegar a ser profesora de universidad”, dice. “Me gustaría hacer un impacto mayor… enseñar a maestros que no tienen ni idea de lo que es enseñarle a un emigrante”.
Porque si algo ha aprendido, es que la experiencia migrante no puede enseñarse sin escucharla. “Contar la historia no es solo un entretenimiento… es inspirar y decir: sí se puede, yo estoy aquí”.
Hoy, esa niña que guardaba cartas en una mochila ya no escribe solo para su mamá, sino para más madres y padres, maestros y maestros, migrantes, alumnos. Para aquella persona que está en busca de una luz de ánimo en el camino.
Guatemaltecas de triunfo y aporte sin fronteras













