"También he sido deportado", expresa el obispo auxiliar de la diócesis de Washington D.C., Evelio Menjívar-Ayala, quien llegó a Estados Unidos a los 19 años. Participó en un reciente foro sobre el tema de la migración. Conoce su historia.
Migrante indocumentado en su juventud y originario de Chalatenango, El Salvador, el obispo auxiliar de Washington D.C., Evelio Menjívar-Ayala, participó en el New York Encounter, en el panel “Buscando un hogar: la visión Católica sobre el tema migratorio en Estados Unidos” donde afirmó:. “Para la Iglesia, lo primero y más importante es la dignidad humana. Es la dignidad de cada persona, sea indocumentada o ciudadana. No podemos olvidar que antes de cualquier estatus migratorio hay un ser humano creado a imagen y semejanza de Dios”, expresó.
Si bien reconoció que el Estado tiene la responsabilidad de hacer cumplir las leyes y proteger su soberanía, subrayó que esa aplicación debe estar iluminada por principios éticos. “El gobierno tiene el deber de aplicar la ley, pero debe hacerlo mirando a los ojos de la persona, reconociendo su historia, su sufrimiento, su humanidad. La aplicación de la ley debe hacerse de manera humana”, señaló monseñor Menjívar-Ayala.
Rotundo no a la criminalización de migrantes
También advirtió sobre el riesgo de confundir categorías legales. “Debemos tener cuidado con las narrativas que ponen en el mismo nivel a un inmigrante que cruzó la frontera sin autorización y a alguien que ha cometido crímenes graves como asesinato o violación. Las leyes migratorias son un conjunto distinto de leyes; no son leyes penales.”, sostuvo.
Al referirse a funcionarios que se identifican como católicos pero que sostienen posturas contrarias a la enseñanza episcopal, planteó un cuestionamiento directo: “La pregunta no es para mí. Para mí y para los obispos es muy claro que en cada persona debemos ver el rostro de Cristo. La pregunta es para ellos: ¿cómo están viviendo el Evangelio? ¿Cómo están dejando que el Evangelio ilumine su servicio público?”.
En el panel se destacó además que el sistema migratorio estadounidense no ha sido reformado de manera integral desde finales de los años noventa y que la falta de acción del Congreso ha perpetuado un modelo considerado obsoleto por diversos especialistas.
Una voz marcada por su propia travesía
Las palabras de monseñor Menjívar-Ayala están atravesadas por su propia historia. Nacido en 1970 en el cantón Carasque, en Nueva Trinidad, Chalatenango, creció en una familia campesina humilde en medio del conflicto armado salvadoreño. A los 19 años emprendió la ruta migrante hacia Estados Unidos, huyendo de la violencia y la falta de oportunidades.
Fue deportado en su primer intento y detenido en México en otra ocasión. En el tercer intento logró cruzar la frontera. “Traía una mochila con una sola muda de ropa, pero estaba llena de sueños, de ilusiones que uno no siempre entiende, pero que se convierten en una luz que guía el camino aun en medio del miedo y la incertidumbre”, ha recordado.
Ha hablado también de la experiencia de la deportación y la vulnerabilidad: “Yo también he sufrido la experiencia de ser deportado y de ser indocumentado. Siempre hablo desde mi propia realidad. Sé lo que significa el miedo, la ansiedad de no saber si vas a encontrar trabajo, de no poder regresar a ver a tu familia por años”.
Fue migrante y trabajó en construcción
Evelio Menjívar-Ayala llegó a Estados Unidos en 1990 y trabajó en limpieza, mantenimiento y construcción en el área de Washington D.C. mientras aprendía inglés y completaba sus estudios. Durante siete años no pudo volver a ver a su familia debido a su estatus migratorio.
Encontró en la Iglesia un espacio de acogida y discernimiento vocacional. Ingresó al seminario en 1995, fue ordenado sacerdote en 2004 y, tras años de servicio en parroquias con fuerte presencia hispana, fue nombrado obispo auxiliar de Washington en diciembre de 2022 por el papa Francisco. El próximo 21 de febrero cumple tres años de su ordenación episcopal.
Caridad sin fronteras
Eligió como lema de su misión “Caminaba con ellos”, inspirado en el Evangelio de san Lucas. “Yo me siento llamado a ser parte de esa Iglesia que camina con la gente, que camina con el migrante, que escucha sus alegrías y sus angustias, y que no se queda indiferente ante su sufrimiento”, ha expresado.
Su intervención en Nueva York no fue solo una reflexión académica, sino el testimonio de un pastor que cruzó la frontera sin papeles y que hoy, desde el episcopado, insiste en que cualquier discusión sobre migración debe comenzar reconociendo el rostro humano que hay detrás de cada historia.
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