En 1985, los esposos migrantes guatemaltecos Olga y Eduardo Donis cofundaron la Hermandad del Cristo de Esquipulas en Takoma Park, Maryland. Volvieron a vivir en Guatemala tras más de 4 décadas, pero su corazón quedó en Our Lady of Sorrows, donde se venera la imagen.
Texto y fotografías: Edwin O. Castro Juárez
Los esposos guatemaltecos Eduardo Roberto Donis Fuentes (1939) y Olga Teresa Pérez de Donis (1936), regresaron a vivir en Guatemala tras más de cuatro décadas de vivir y trabajar en Estados Unidos. Se conocieron en Maryland en la década 1960. Es como si él los hubiera reunido allá.
Desde el 2010 viven en Sacatepéquez, y consideran una bendición haber podido volver a su tierra. Pero una parte de su corazón se quedó con aquel Cristo. “Mario Muñoz y Chusita de Muñoz lograron en 1985 con la autorización del párroco colocar una imagen del Cristo de Esquipulas, en una capilla del templo Our Lady of Sorrows”, de Takoma Park, recuerda Olga. “La imagen se mandó a tallar en Antigua Guatemala y a la fecha reúne a guatemaltecos, mexicanos, centroamericanos y sudamericanos”.
Devoción le hacía ir en bicicleta
“Mi devoción al Señor de Esquipulas, empezó en mi juventud”, recuerda Eduardo. El practicó el ciclismo, antes de migrar a los Estados Unidos. Junto a 7 amigos emprendían peregrinación en bicicleta, desde la capital a Esquipulas, Chiquimula. Llegaban en dos días, el primero hacían estación en Zacapa, pedían dormir en el corredor de alguna casa.
“Al anochecer nos iluminábamos con pequeñas linternas; al llegar a Quetzaltepeque empezaba el esfuerzo de pedalear para escalar la cumbre. Era muy emocionante en las últimas curvas del camino, ver en cada una de ellas el templo blanco al horizonte. Se sentía un júbilo”.
Olga Teresa visitó por vez primera el santuario en Chiquimula, ya casada con Eduardo y desde entonces su devoción sigue encendida. Eduardo vivió en USA 46 años (llegó en 1962) y Olga Teresa vivió, 48 años, llegó en noviembre de 1960.
Eduardo y Olga se conocieron en USA
Eduardo: “Mi propósito al viajar a Estados Unidos era trabajar. Mi profesión es la mecánica automotriz que había estudiado y practica en Guatemala. Eso me dio la oportunidad de vivir todos esos años en Estados Unidos. Pero naturalmente que sin hablar el idioma no iba a ser fácil trabajar allá.
Al preguntarle cómo logró llegar, cuenta. “Arreglé todos mis documentos, iba con residencia desde que llegué. Por supuesto aquí pasé por una serie de evaluaciones y exámenes de salud, demostrar que tenía solvencia económica, no tener antecedentes penales y por supuesto no mentir en nada. Todo el papeleo se prolongó cuatro meses.
Olga Teresa: “Tenía 18 años de edad. Una amiga de mi madre que vivía en Estados Unidos, vino de vacaciones a Guatemala y comentó que necesitaba a alguien que cuidara a una niña. Mi madre sin preguntarme nada le dijo: -Mi hija lo puede hacer- y así fue, era noviembre de 1960. Entonces me compró el boleto aéreo solo de ida.
¡Veniste..!! exclamó la señora al vela en la puerta de la casa en Washington. “Sí… aquí estoy” le dijo Olga Teresa. “Tendrás casa y comida pero no hay salario”, recuerda que le aclaró la señora. “De todos modos está bien” pensó Olga. Nevaba. Tres días después la señora le dijo: “ponte esto, me regaló un vestidito negro de lana y me llevó a trabajar a un restaurant, mi trabajo era recibir los sombreros, paraguas y abrigos de los clientes de ese lugar.
Trabajaba de seis de la tarde a tres de la mañana, pero al terminar mis bolsillos estaban llenitos de propinas, ese fue mi primer salario”

Cambios y aprendizajes
Al terminar ese invierno Olga Teresa se quedó desempleada. Pero en las cercanías del restaurante en el que trabajó había una cafetería. Recuerda que los clientes le pedían “coffee” y ella entendía “coke” (Coca-Cola), y eso les llevaba a la mesa, o viceversa. Después empezó a hacer inventarios, para los cuales recibió la ayuda incondicional de un muchacho moreno llamado Sammy. Al entregar los inventarios recibió una nota que decía Buen trabajo, “ese papelito lo guardé por 20 años, lo leía cada vez que necesitaba sentirme motivada”.
Olga Teresa empezó a conversar en inglés con los clientes, con los compañeros de trabajo, con las personas que encontraba en las calles y en el bus.
Después trabajó en una compañía de seguros de carros. Ahí trabajaría diez años. El archivo de clientes era grandísimo, su trabajo era proveer, colocar y ordenar los expedientes físicos procedentes de todos los estados de ese país. “Era desafiante porque no había computadoras, todo se hacía a mano”, comenta.

Se juntan los destinos
“Conocer a Eduardo (su esposo) fue algo que llenó mi vida”, dice Olga Teresa. Se encontraron durante una pequeña conmemoración del 15 de septiembre. Fueron novios por seis años y se casaron.
“Nuestro hijo Eddie, nació en un invierno. Yo seguía trabajando. Muy temprano atendía a mi hijo, lo abrigaba de la mejor forma posible y bajo la nevada me encaminaba a abordar el bus que me llevaba a la vivienda de mi mamá que ya para entonces había emigrado a Washington, ella cuidó a mi hijo”, cuenta Olga.
“Al terminar la jornada laboral iba a recoger a mi hijo”. Despúes de diez años en la empresa de seguros, Olga Teresa, trabajó 20 años en una tienda de vestidos, comenzó en part-time y después a tiempo completo. Se retiró en el 2003.
“Para mí todas las personas son iguales”
En 1962, Olga recuerda su sorpresa ante ciertas situaciones de racismo que se daban en Estados Unidos. Desconocía aquello. En la cafetería en la que trabajaba encontró un lavamanos con un rótulo que decía literalmente “negros” (en alusión a población afroamericana) y otro que decía “blancos”. En el lugar de trabajo había áreas separadas. Era algo que no podía yo asimilar.
“Como guatemalteca no hacía diferencia en el trato entre personas, para mí eran estadounidenses todos. Yo siempre he respetado a todos por igual” comenta Olga Teresa.
“En la empresa de seguros de vehículos, en 1965, ya no existía esa separación. “Todos usábamos el mismo baño, el mismo comedor y nos cruzábamos y trabajábamos juntos, morenos y blancos.

Esfuerzo diario, constancia y disciplina
Cuando Eduardo llegó a los Estados Unidos, trabajó lavando platos en un restaurante. El chef era un cubano. Al llegar me envió al sótano junto a los morenos, pero pronto me indicaron permanecer en el primer piso del negocio. Me dieron uniforme de talla usada por los morenos, que eran de más estatura, entonces, yo tenía que hacerle varios ruedos al pantalón.
La especialidad de Eduardo ha sido la mecánica de motores de automóviles “los hacía rugir”, dice. Trabajó en el taller de unos paraguayos, eran gemelos, le trataron muy bien.
“Yo sabía bien mi oficio pero aún no hablaba inglés. Trabajaba en el tercer piso del taller y debía bajar al primer piso a pedir los repuestos (piezas a cambiar al vehículo). Me decían las palabras en inglés de las piezas y yo iba repitiéndolas hasta llegar a la bodega, pero como debía esperar mi turno se me olvidaba. El bodeguero era un filipino, buenísima persona, me ayudaba mucho, se le ocurrió algo: al llegar yo al mostrador, me decía -¡..picture..!- y yo le enseñaba en el catálogo las piezas que necesitaba.

De regreso al terruño
Eduardo y Olga Teresa, decidieron dejar Estados Unidos en 2008. Habían puesto mucha voluntad, tiempo, energía, vida en lograr una vida digna en Estados Unidos, y para seguir viviendo el fruto de sus esfuerzos decidieron regresar a Guatemala.
En 2005 les entregaron una plaqueta como reconocimiento a haber formado parte de la fundación de la Hermandad del Cristo de Esquipulas de Tacoma Park. Se le venera en la Parroquia de Nuestra Señora de los Lamentos (Our Lady of Sorrows) de Maryland. “Aquella imagen fue traída desde Antigua Guatemala. Y cuando el sacerdote la vio, se sorprendió, pero sabía que el Señor de Esquipulas es así. y lo puso a la veneración de todos. En 1985 se estableció la hermandad”, cuenta Eduardo.
En Maryland los Donis siempre elaboraron el altar del nacimiento del Niño Jesús y lo siguen haciendo en Guatemala. “En Guatemala yo tuve la devoción desde muy joven, lo elaborábamos con mis papás, Después mi madre nos visitó en Estados Unidos, me llevó al Niño Jesús y me dijo: “aquí te traigo lo que es tuyo. Se lo agradecí”.
Están felices de vivir en Sacatepéquez, en Guatemala, en su tierra y se lo agradecen de todo corazón a un favor del Santo Cristo de Esquipulas, a quien veneran en su casa. Aunque en cada 15 de enero recuerdan al que se venera allá en la ciudad donde alguna vez estuvo su casa.













