Dana García Esquivel no logró entrar al programa Global Youth de la Universidad de Yale en 2025, pero lejos de desanimarse lo volvió a intentar y lo logró: tiene el ejemplo de perseverancia en su familia migrante guatemalteca en Connecticut.
El 10 de marzo de 2026, Dana García Esquivel, de familia migrante guatemalteca en Connecticut, revisaba su correo electrónico. De pronto abrió un mensajeque marcaría un antes y un después en su vida. No hubo un grito inmediato, sino un instante de silencio, seguido por una emoción contenida que pronto se transformó en acción.
“Lo primero que hice fue contarle a mi mamá”, recuerda. En la pantalla, el mensaje confirmaba lo que era solo esperanza: había sido aceptada en el programa Yale Young Global Scholars de la Universidad de Yale, uno de los programas académicos de verano más competitivos del mundo.
No fue un logro inmediato, sino fruto de perseverancia. Ella misma lo explica con claridad: “No es algo fácil, lleva mucho tiempo y dedicación. A veces tienes que sacrificar tu tiempo libre para hacer tareas, investigaciones y proyectos para lograr las metas”. Un año antes ya había intentado ingresar al programa, sin éxito.
Sin embargo, lejos de rendirse, volvió a aplicar el 7 de enero, con la convicción de que el esfuerzo acumulado eventualmente daría frutos. Durante semanas esperó la respuesta, consciente de que competía con más de 14 mil estudiantes de más de 150 países. El 10 de marzo llegó la noticia. Esta vez, sí era su turno.
Una oportunidad académica y humana
El programa al que fue admitida no solo representa un alto nivel académico, sino también una inversión significativa, con un valor aproximado de 7 mil dólares. Familiares y amigos le apoyaron a través de un GoFundMe para reunir parte del monto de la matrícula. Pero para Dana, el verdadero valor va mucho más allá de lo económico.
“Es una muy buena oportunidad para los estudiantes. Se necesitan buenas notas, trabajo comunitario y muy buenas recomendaciones”, explica. Su aceptación en el área de política, leyes y economía no es casual: responde a una vocación que ha ido construyendo desde su entorno familiar y comunitario.
Durante dos semanas, del 21 de junio al 3 de julio, compartirá con jóvenes de distintas partes del mundo en un espacio que promueve el pensamiento crítico, la diversidad y el diálogo global.
El aprendizaje que nace del ejemplo
Más allá de las aulas, Dana ha encontrado en su propia comunidad un aprendizaje profundo, de acción y servicio. Su mamá, Carla Esquivel, es una defensora activa de los derechos de trabajadoras y mujeres migrantes en Connecticut, especialmente en contextos vinculados a procesos migratorios.
Al lado de Carla, Dana ha acompañado a familias afectadas por detenciones, participando en tareas que van desde organizar documentos hasta asistir en reuniones con abogados. “Siempre acompaño a mi mamá a las casas de estas personas, reviso documentos y ayudo a organizarlos para que sea más fácil para los abogados”, cuenta.
Estas experiencias, aunque difíciles, han fortalecido su sentido de empatía y compromiso. “Me siento triste por lo que pasan, pero también feliz porque los estoy ayudando. Para mí, eso es lo mejor”.
Orgullo, identidad y raíces guatemaltecas
En medio de este recorrido, la identidad multicultural ocupa un lugar central. Dana no solo reconoce sus raíces, sino que las asume con orgullo. “Me siento muy feliz, muy orgullosa de ser guatemalteca”, afirma, recordando cómo sus padres le inculcaron desde pequeña el valor de la cultura, la historia y la pertenencia.
En su aplicación, no dudó en destacar que, aunque nació en Estados Unidos, también es ciudadana de Guatemala, un gesto que resume su conexión con el país de origen de su familia. Esa identidad, lejos de ser un obstáculo, se convierte en una fortaleza que orienta sus decisiones y sus sueños. El año pasado estuvo en Guatemala y confirmó el orgullo por el pasado milenario y el presente de trabajo, valores y creatividad de tantos compatriotas.
Es así como el paso por Yale será apenas una etapa en un proyecto de vida más amplio. Dana tiene claro su camino: desea estudiar política, relaciones internacionales o derechos humanos, con la meta de convertirse en abogada. “Mi gran sueño es ser abogada y ayudar a todos”, dice con una convicción que no parece improvisada, sino construida desde la experiencia.
“Pienso en todas las oportunidades que tengo en este país y me siento orgullosa de haber crecido en un hogar guatemalteco y de alcanzar altas metas, para servir a la comunidad”.
El triunfo siempre es compartido
El logro de Dana no es solo individual. Es también el reflejo de una historia migrante compartida por miles de familias que, con esfuerzo y sacrificio, abren caminos para las nuevas generaciones.
“Esto no lo hice sola”, reconoce. “Mi mamá es un ejemplo muy grande para mí”. En tiempos donde la migración suele narrarse desde la dificultad, historias como la suya iluminan otra dimensión: la de la resiliencia, el trabajo comunitario y la esperanza que se transmite de generación en generación, como una escala ascendente.
“Me siento muy orgullosa de este avance que ha tenido Dana. Hemos inculcado a nuestra hijas la pasión por la excelencia y la actitud de servicio”, expresó Carla Esquivel, madre de Dana.
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