“En vez de quedarte llorando, gritando o haciéndote víctima ante la adversidad, tienes que usar eso y convertirlo en algo más”: es el consejo de la cantautora y escritora salvadoreña migrante Estela Anaya Castanon. Salaya es su nombre artístico
Su nombre artístico “Salaya” evoca su país de origen: El Salvador y también alude a su primer apellido. Ella es Estela Anaya Castanon, cantante, compositora, escritora migrante radicada en California.
Una vida dedicada a la creación, al apoyo de los demás y también a la música. Una existencia que se puede reflejar en interesantes facetas.
I. El arte de transformar la herida en luz
“En vez de quedarte llorando, gritando o haciéndote víctima ante la adversidad, tienes que usar eso y convertirlo en algo más”. No es solo una frase: es una declaración de vida. Así piensa y así crea Salaya, quien aprendió a escuchar lo que el dolor susurra cuando deja de doler.
Su arte no nace del estruendo del sufrimiento, sino del silencio que queda después, cuando la experiencia se asienta y se vuelve enseñanza. Sus canciones contienen alegría, sí, pero una alegría consciente, trabajada, nacida de la introspección.
Son melodías que no niegan la tristeza, pero se niegan a quedarse en ella. Acompañan. Abrazan. Iluminan. Porque para Salaya, el arte no es una herida abierta: es una forma de sanación compartida.
II. Raíces, migración y el largo aprendizaje del alma
Detrás de Salaya está Estela: migrante salvadoreña, mujer de múltiples oficios, aprendiz incansable. La violencia política de los años noventa obligó a su familia a dejar El Salvador. Primero partió una hermana, luego el resto. El desarraigo llegó temprano, pero no se llevó su esencia.
En California, la vida le enseñó con dureza y generosidad al mismo tiempo. Limpió casas, soldó cables en fábricas, empacó productos, trabajó en envíos. Cada empleo fue una lección silenciosa. Hasta que alguien le dijo una frase que cambió su rumbo: estudia inglés.
Y Estela escuchó.
Entró al college, se formó como técnica en farmacia, luego estudió servicios sociales y ejerció esa profesión durante 25 años. Aprender se volvió una forma de resistencia. De dignidad. De florecimiento. “Aprender, cantar y florecer se convirtió en mi método para vivir”.
III. La niña que no temía al escenario
Cuando Estela mira hacia atrás, entiende que el arte siempre estuvo ahí, esperando su momento. De niña cantaba, bailaba, inventaba coreografías, escribía historias. No la empujaban al escenario: ella entraba sola. Sin miedo. Con hambre de expresión.
En casa aprendió dos valores que nunca la abandonaron: disciplina y estudio. Y con ellos, una certeza: el aprendizaje no es pasivo, es un acto de atención amorosa. “El oído se va adaptando cuando pones atención”, dice, como quien ha comprobado que escuchar bien es una forma de amar la vida.
IV. Salaya: el nacimiento de una voz propia
Durante años, el arte fue un sueño guardado, hasta que un día el productor y DJ salvadoreño Omnionn la invitó a ser parte de una colaboración musical. Fue entonces cuando Estela pensó en crear su nombre artístico el cual surgió en su mente con intención y raíz: “Sal” por ser ella salvadoreña, y “aya” que son las tres últimas letras de su apellido, Anaya. Salaya no fue una simple ocurrencia, fue una identidad asumida.
Desde entonces, su voz se ha tejido en distintas canciones y proyectos musicales, consolidando una propuesta honesta y luminosa. Sus canciones y proyectos se encuentran disponibles para el mundo a través de su canal de YouTube @salayasinger.
V. Amor creativo: un camino compartido
El arte también la llevó al amor. En un evento cultural en Hollywood, Estela fue invitada como jurado; el organizador era el promotor cultural guatemalteco Víctor Castanon. Un cruce de miradas, una conversación posterior, una fotografía compartida. Y la historia comenzó.
Desde hace 15 años caminan juntos, no solo como pareja, sino como aliados creativos. Han producido videoclips, impulsado proyectos culturales y construido un lenguaje común entre arte y comunicación. Entre ellos destacan Amor Cavernícola y La Suerte a Mi Favor.
Hace poco, Víctor organizó un evento en Guatemala y llevó consigo varios ejemplares del libro Nitsuga, primera publicación de Salaya, que ahora está disponible en la librería de Editorial Catafixia, en la zona 1 capitalina. El arte, cuando es verdadero, siempre busca nuevos territorios.
VI. Nitsuga: una invitación a mirar hacia adentro
Su primer libro, Nitsuga, no es una evasión: es una puerta. Un espacio imaginario, fuera del tiempo y la distancia, donde el lector es invitado a viajar. La historia sigue a un príncipe que abandona todo para descubrir qué existe más allá de lo conocido.
La metáfora es clara y profunda: salir, buscar, aprender. Nitsuga nació como un homenaje a su padre, pero creció hasta convertirse en un relato universal sobre la curiosidad humana y el deseo de comprender el mundo a través de la experiencia. Leerlo es mirarse. Caminarlo es reconocerse.
VI. Nitsuga: una invitación a mirar hacia adentro
Su primer libro, Nitsuga, no es una evasión: es una puerta. Un espacio imaginario, fuera del tiempo y la distancia, donde el lector es invitado a viajar. La historia sigue a un príncipe que abandona todo para descubrir qué existe más allá de lo conocido.
La metáfora es clara y profunda: salir, buscar, aprender. Nitsuga nació como un homenaje a su padre, pero creció hasta convertirse en un relato universal sobre la curiosidad humana y el deseo de comprender el mundo a través de la experiencia. Leerlo es mirarse. Caminarlo es reconocerse.
VII. Resiliencia con responsabilidad emocional
Salaya no cree en glorificar el sufrimiento. “No es necesario llenarse de negatividad para crear algo bueno”, afirma con serenidad. Para ella, el arte implica una responsabilidad emocional: no hundir a quien escucha, sino ofrecerle una mano.
Procesar el duelo, la pérdida, la caída… sí. Pero quedarse ahí, no. “Para atrás ya no vale la pena”. Su obra es un acto de amor hacia los demás, una forma de decir: no estás solo, y esto también pasará.
VIII. Dos principios para vivir y soñar
Dos consejos han marcado su vida como faros constantes: La regla de oro:
- Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti.
- Creer en uno mismo: si tú crees en ti, todo es posible.
Cuando habla de sueños, Salaya no los concibe como ambiciones aisladas ni como metas individuales.
“Quiero que mis canciones lleguen hasta el último rincón del mundo”, dice, imaginando encuentros con lectores, escenarios compartidos, libros viajando de mano en mano, voces que se reconocen.
Sueña con llevar Nitsuga a otros países, con cantar, conversar, y abrazar a través del arte. Pero, por encima de
todo, anhela algo más esencial y profundo: vivir una vida feliz, no solo para ella y los suyos, sino para todos aquellos que se crucen en su camino. Porque su historia no es solo la de una artista, sino la de una mujer que transforma sus experiencias en luz.
Talento centroamericano sin fronteras













