Salió de San Pedro Carchá, Alta Verapaz, con un gran sueño en memoria de su abuelo y hoy trabaja en el laboratorio de calidad del agua en Oklahoma: no fue fácil, ni corto, pero sí posible. Esta es la historia del ingeniero químico Guillermo Fuentes.
“Siempre quise ser ingeniero, desde los cuatro años lo supe”, dice Guillermo Fuentes Rosales, originario de San Pedro Carchá, Alta Verapaz y actualmente trabajando en Oklahoma City. Su sueño que nació en honor a su abuelo, que también fue ingeniero. Pero al estar por graduarse de diversificado, aún no tenía claro cómo iba a pagar la universidad. Aplicó a varias becas, pero nada salió.
De aquel tiempo hasta ahora hay un enorme vuelo. Hoy es ingeniero químico graduado de la Universidad de Oklahoma y trabaja en el Departamento de Calidad Ambiental de esa ciudad, verificando que el agua que se descarga en ríos y lagos cumpla con estándares rigurosos. ¿Cómo ocurrió esto? Sí, a partir de un gran sueño que llevó a un gran viaje. Y esta es su historia.
¿Volver a empezar para aprender más?
En 2019, Guillermo Fuentes estaba por graduarse de perito en computación en su natal San Pedro Carchá, alta Verapaz. Tenía 18 años y una idea fija: “Quería entrar a estudiar ingeniería en la universidad”. La incertidumbre era dónde y cómo iba a sufragar los gastos.
Por esos días asistió a la conferencia que brindó un joven científico guatemalteco, Flavio Moreno, ingeniero aeroespacial graduado también de la Universidad de Oklahoma. Llegó a animar a los jóvenes a aplicar a un programa internacional de becas. “Pero eran de bachillerato -cuenta Guillermo- y yo ya estaba por salir de perito en computación. Si la obtenía, tendría que pasar dos años de diversificado en algún lugar del mundo. Era como un retroceso”.
Dicho programa es parte de los Colegios del Mundo Unido. Pero aceptar significaba repetir dos años de estudio en el extranjero. O viéndolo de otra manera: “Significaba volver a empezar… pero era una oportunidad”. En Guatemala había cuatro becas disponibles. Había miedo, había dudas, pero finalmente aplicó.
Obtuvo la que se impartía en Singapur.
Lejos de casa
En agosto de 2019 Guillermo salió de Guatemala hacia el colegio en Singapur. El cambio fue brusco. “Mi pueblo es pequeño y de pronto me veo en un país de rascacielos, de intensa economía, todo moderno: el centro de estudios era como una universidad, en un ambiente de mucha exigencia académica”. Lo más duro fue el idioma. “Yo no contaba con un nivel de inglés avanzado… estaba perdidísimo”.
Hubo momentos de duda. De sentirse pequeño. De pensar que no era suficiente. También hubo nostalgia. Extrañaba a su familia. Extrañaba la cercanía de todo. “Uno tiene esos momentos en que quiere tirar la toalla… pero recordar de dónde uno viene lo motiva”. Ni siquiera podía coincidir bien en horarios para llamar a su familia: lo resolvieron enviándose mensajes por Whatsapp.
Guillermo aprendió a defenderse de la tristeza con gestos sencillos: cocinar algo que le recordara a su casa, escuchar música guatemalteca, guardar fotos. “Uno va encontrando cómo defenderse de esos momentos a través de la memoria y de abrazar lo nuevo”. De hecho, también pudo aportar a compañeros de otros países, datos sobre la cultura de Guatemala.
Estudió matemática, ciencias, también arte y literatura. Guillermo graduó en plena pandemia. Su familia no pudo estar presente. Pero el sueño seguía tomando vuelo.
Después de graduarse en Singapur aplicó a universidades en Estados Unidos. Tampoco había respuestas. La respuesta de Oklahoma tardó meses. “Yo sentía que mis notas no reflejaban mi potencial… lo que necesitaba era una oportunidad”.
La Universidad de Oklahoma decidió dársela. Guillermo se trasladó a Estados Unidos y eligió la carrera de Ingeniería Química con enfoque ambiental. Fueron años exigentes. Pero el inglés aprendido en Singapur le ayudó muchísimo. “Encontré a guatemaltecos en Oklahoma y fue como estar en familia. Me ayudaron mucho todo el tiempo y estoy siempre agradecido”. Se graduó el 9 de mayo de 2025.
90 días para encontrar un empleoEl riesgo final
Guillermo tenía un permiso para encontrar un trabajo permanente en Oklahoma, pero solo tenía un plazo de 90 días. Parecía bastante, pero pasaban las semanas sin que surgiera nada en su campo. Volvió a Guatemala mientras aplicaba. Trabajó en investigación sobre humedales artificiales. Bailó marimba. Disfrutó de la comida de casa.
“Lo primero que comí al aterrizar fue Pollo Campero, porque llegué de noche. Pero ya en mi pueblo, no podía dejar de comer kakik y el desayuno con frijolitos, huevito, quesito, platanitos fritos…. me devolvió el ánimo. Todo tenía sentido”.
El tiempo se agotaba. En el día 80 del plazo voló de nuevo a Estados Unidos para una entrevista presencial. “No había nada seguro. Iba a la entrevista sin saber si me iba a dar la plaza. Si no me la daban, era gastar un pasaje por gusto. Mi familia, sobre todo mi mamá, me animó. Una amiga me prestó su sofá para dormir”, recuerda.
“La entrevista final fue en el día 88 de 90”. Le dijeron que lo llamarían. Pero ya casi no había tiempo de esperar. “La oferta llegó tres horas antes de que venciera el plazo. No lo podía creer. Lloré de la alegría, porque fue un proceso sufrido, pero valió la pena arriesgar”. Y no lo dice solo por el trabajo en la oficina de control de la calidad del agua en Oklahoma, sino por el aprendizaje en Singapur, la beca de ingeniería, por la transformación personal.
El sueño sigue volando alto
“Actualmente dedico a supervisar que lo que se descarga a los ríos cumpla ciertos parámetros. Es muy importante evitar la contaminación de las fuentes de agua”. Efectúa este trabajo con dedicación y responsabilidad. Y eso lleva su corazón de vuelta a Guatemala.
Guillermo está consciente de la alta contaminación de ríos y lagos en Guatemala, incluyendo en su natal Alta Verapaz. “No deberíamos esperar a estar en crisis. Me gustaría poder aportar lo que he aprendido aquí para empezar a tratar mejor las aguas residuales en Guatemala y así cuidar los ríos, que lamentablemente hoy son desagües”. Y lo dice con humildad, con afán de servicio. Sueña con preservar los recursos naturales, con reconstruir ecosistemas, con apoyar a comunidades rurales.
Y sigue creyendo lo mismo que le decía su abuelo, ya fallecido, cuando era niño: “Uno puede llegar muy lejos”. Con una sonrisa nostálgica Guillermo recuerda cuando usaba el casco plástico del abuelo, que se convirtió en un gran sueño. La historia de Guillermo no es solo académica. Es humana. Es inspiradora. Es la historia de alguien que cambió, que volvió, que se sintió distinto… pero que nunca dejó de amar a su tierra.
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