Poco antes del último ensayo, antes de la presentación de Año Nuevo, se efectúa esta conversación con Johana Puac, migrante guatemalteca en Los Angeles, fundadora del grupo de baile regional femenino Tierra del Quetzal.
Hace dos años, estando muy lejos de su natal San Cristóbal Totonicapán, pero con Guatemala intacta en el corazón, Johana decidió convertir la nostalgia en movimiento.
“Cuando estaba en mi pueblo no participé en ningún grupo de danza, pero estando en Estados Unidos como migrante me nació ese deseo de conservar nuestra identidad”, expresa Johana, tres días antes de la presentación en el 605 S. Park View, de Los Angeles, junto al Colectivo Juventud y Disfraces de Guatemala, AJUDISGUA, en el día de Año Nuevo, de 10 de la mañana a 10 de la noche.
Así nació el grupo de baile Tierra del Quetzal: una iniciativa comunitaria que hoy representa con orgullo la identidad maya k’iche’ en Los Ángeles, California, y que este Año Nuevo participará en el tradicional convite junto a Ajudisgua y otros colectivos.
“Nos gustaba bailar con el traje maya tradicional para no perder la tradición de Guatemala”, explica Johana. La motivación fue clara desde el inicio: preservar la cultura entre mujeres migrantes y jóvenes nacidas en Estados Unidos, hijas de padres guatemaltecos.
“Muchas de las integrantes ya nacieron acá, pero la sangre es de Guatemala y eso no se pierde”, afirma, subrayando que la identidad no se diluye con las fronteras.
Johana es originaria de la aldea Nueva Candelaria, San Cristóbal Totonicapán, territorio k’iche’ donde el baile y la marimba forman parte de la vida comunitaria. Esa memoria fue el motor para empezar, primero con otra compañera, y luego crecer hasta consolidar un grupo que hoy reúne a 12 integrantes, todas mujeres. “En cada fiesta uno se emociona, hace de cuenta que está en su país”, dice, describiendo cómo la danza se convierte en un puente emocional con la tierra que dejaron.
Tierra del Quetzal trabaja coreografías con fondo musical y marimba, cuidando cada detalle de la puesta en escena. “Decidimos juntas la música, la entrada, la salida”, cuenta Johana.
Algunas piezas de vestuario las mandan a traer desde Guatemala, reforzando el vínculo directo con las raíces. La edad mínima para integrar el grupo es de 18 años, un criterio que busca compromiso y responsabilidad en un proyecto cultural sostenido.
La historia de Johana también es la de muchas mujeres migrantes: trabajó en Guatemala, luego decidió migrar “para salir adelante”, y hoy labora en limpieza mientras dedica su tiempo libre a ensayar y coordinar al grupo. “Agarra un valor mucho más grande”, dice sobre lo que significa bailar en el extranjero: ya no es solo arte, es resistencia cultural.
Con el último ensayo previo al convite, Tierra del Quetzal se prepara para volver a danzar. No solo mostrarán pasos y trajes; llevarán al escenario una afirmación poderosa: la identidad maya k’iche’ vive, se mueve y se celebra, incluso a miles de kilómetros de Totonicapán.
Raíces culturales sin fronteras













