Ese Cristo existe: es el Sepultado de Santa Catalina. Y en efecto, también fue un crucificado. Según la tradición, una noche le habló al Santo Hermano Pedro mientras rezaba y le pidió algo. Esta es la historia.
En la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala (hoy, Antigua Guatemala) cuando la noche caía con una densidad casi sagrada sobre los tejados y las calles empedradas, cuentan que el Santo Hermano Pedro (1626-1667) permanecía de rodillas ante el Crucificado de la Ermita del Calvario, aquella capilla que él mismo ayudó a construir.
Era ya más de la medianoche. El silencio era tan profundo que parecía escuchar el latido de las piedras. Y fue entonces, en el instante más hondo de su oración, cuando la voz se hizo presente:
“Pedro, Pedro… hijo mío, quiero ser sepultado en el coro bajo de las Catarinas”.
No hubo duda ni temor. El Hermano Pedro, acostumbrado a obedecer incluso lo inexplicable, a servir al necesitado, se levantó con recogimiento. Si había cargado a enfermos que estaban tirados en la calle para llevarlos hasta su pequeño hospital de convalescientes, sabiendo que eran el reflejo mismo de Cristo ¿cómo no lo iba a llevar?
Con respeto se acercó al crucificado y se puso de espaldas ante él. En instante recibió el peso de aquel que había dado su vida para salvar a los hombros. Sobre sus hombros llevaba la imagen del Verbo encarnado.
Las calles de la tercera capital de Goathemala se abrían ante él como un camino de penitencia. No había testigos, salvo la luna y las sombras alargadas de los muros. Cada paso parecía arrancado al cansancio, cada cuadra una prueba de fe.
Por fin, cruzada la plaza, el Hermano Pedro enfiló a la calle del convento de Santa Catalina. Las monjas, como si hubieran sido advertidas por la misma voz, lo esperaban en vigilia. Encendieron cirios a lo largo del templo, iluminando con luz temblorosa el espacio sagrado.
En medio de rezos, prepararon el coro bajo. Allí, con un gesto de profunda reverencia, el Hermano depositó la imagen, que dejaba de ser crucificado para reposar como sepultado.
No hubo duda ni temor. El Hermano, acostumbrado a obedecer incluso lo inexplicable, se levantó con recogimiento. Si había cargado a enfermos que estaban tirados en la calle para llevarlos hasta su pequeño hospital de convalescientes, sabiendo que eran el reflejo mismo de Cristo ¿cómo no lo iba a llevar?
Con respeto se acercó al crucificado y se puso de espaldas ante él. En instante recibió el peso de aquel que había dado su vida para salvar a los hombros. Sobre sus hombros llevaba al Verbo encarnado.
El peso era desmedido, no solo por la madera y la talla, sino por el misterio mismo que cargaba. Avanzó lentamente, paso a paso, mientras la ciudad dormía. Sólo se oían sus pasos sobre las piedras de la calle que reflejaban la luna. Ellas iluminaban la ruta, además de unas antorchas.
Pero el Señor, obviamente más grande que él, también tenía una talla alta, que por momentos hacía que sus pies rozaran el empedrado, produciendo un sonido seco. Se arreglaba la carga, llevando al que cargó la cruz. Una procesión secreta, sin gente, sin incienso, sin pretensiones… solo amor.
Tras un recorrido largo y silencioso, el Hermano Pedro llegó al convento de Santa Catalina, vinculado a la Orden de Predicadores. Las monjas, como si hubieran sido advertidas por la misma voz, lo esperaban en vigilia. Encendieron cirios a lo largo del templo, iluminando con luz temblorosa el espacio sagrado. En medio de rezos, prepararon el lugar de honor. Allí, con un gesto de profunda reverencia, el Hermano depositó la imagen, que dejaba de ser crucificado para reposar como sepultado.
Sin embargo, al amanecer, el prodigio se repetía. La imagen desaparecía del lugar donde había sido colocada y regresaba, inexplicablemente, a su sitio original en el Calvario, otra vez clavada en la cruz. No había huellas, ni puertas abiertas, ni explicación posible. Solo el asombro. Y la certeza de que aquella voluntad —la del Cristo— no respondía a las leyes de los hombres.
Se dice que el Hermano Pedro repitió esta acción en más de una ocasión, siempre obediente a la voz que le pedía descanso, siempre testigo del mismo desenlace. El tránsito entre la cruz y el sepulcro se convertía así en un acto vivo, en una representación íntima del misterio de la muerte y la resurrección, sostenido en la fe de un solo hombre y en el silencio de una ciudad entera.
Con el paso del tiempo, la tradición se encarnó en la devoción al Señor Sepultado de Santa Catalina, venerado actualmente en su templo en la Ciudad de Guatemala. La imagen, de origen colonial, elaborada con técnicas como la pasta de caña de maíz, destaca por su realismo conmovedor: un cuerpo yacente que parece suspendido entre la muerte y el descanso eterno.
Cada Viernes Santo, su procesión recorre las calles en medio de un recogimiento profundo, evocando aquella historia que se resiste a quedar solo en el pasado.
Y aún hoy, la pregunta permanece abierta, como un susurro que atraviesa los siglos: ¿quién sostenía realmente a quién en aquellas noches? Porque en esa caminata silenciosa, entre el Calvario y las Catalinas, tal vez no era el Hermano Pedro quien cargaba al Cristo, sino el Cristo quien, en lo invisible, sostenía al hombre en su misión de amor.
Y por eso, aunque lo acostaran como sepultado, siempre volvía. Porque hay imágenes que no aceptan quedarse en la muerte, y hay ciudades —como la Antigua Guatemala— donde los pasos del Santo Hermano Pedro, nacido en Tenerife hace 400 años, y cuyo amor floreció en sus calles, aún siguen sonando.
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