Con amor profundo, el migrante guatemalteco Wilmar Mejía evoca la memoria, ternura y recuerdo de su mamá, Maritza Dávila, a quien agradece haberle enseñado con su ejemplo, el don del servicio.
¿Cómo recordamos a nuestros muertos?
Con la ayuda de Facebook y sus memories es imposible olvidar infinidad de detalles de la vida y viajes de mi madre, Maritza, siempre pendiente de visitar a sus nietos. Tan presente que la han llorado tanto como yo, aunque la veían apenas unas semanas cada año.
A mi me basta con que se acerque el “Año Nuevo” para empezar a naufragar en los recuerdos de lo que vivimos, que lo que pudimos, y sobre todo de lo que nunca hicimos.
Nunca fuimos juntos a Disney por ejemplo, ni a España… ambos sueños de su vida. Tampoco nos abrazamos fuertemente cada año entregados al sollozo del reencuentro, sino que lo más usual era un tibio “hola” a veces de sorpresa, y a veces con el cálculo que apenas habían pasado semanas, y apenas pasarían meses para volvernos a ver.
Mi madre murió un 1 de enero, a las 4.30 de la tarde según registros médicos.
Pero más que eso, mi madre vivió. Vivió siempre pendiente de mis huesos, y atenta a mis duelos.
Me inspiró más de lo que yo mismo sabía, hasta que me sorprendía en público hablando de ella ante cientos de personas cuando se suponía que contaba mi historia de pasión por servir, y empezaba contando que empezó con ella, quién servía con pasión.
Podría recordar a mi madre, y escribirle palabras floreadas para adornar su tumba. Podría recordar con fotos y videos para adornar mi muro público. Pero para mi, lo importante es llevar como marca en mi frente, esa nube oscura de un duelo que nunca termina, porque el amor verdadero tampoco termina. Y que la vea el mundo: porque verme a mi, significa saber que vivo en duelo.
Y por eso, cuando recuerdo, no es una imagen, ni un nombre, Maritza, ni un título, MADRE, ni un momento particular.
Hubo demasiadas discusiones, peleas, argumentos, pero gracias a las fuerzas conspiradoras de un universo ateo, hubo muchas palabras de reconciliación y apego, clausura y sosiego. Y por eso, lo más fácil no es decir “la extraño”, sino decir, con una sonrisa inmensa, LA RECUERDO.
Porque la mejor manera de recordar a mis muertos, mi madre, mi padre, mis sueños, y mis miedos, es recordar que un día vivieron, y por haber habitado en mi corazón, han dejado ahí un lugar desocupado y eterno.
¿Cómo recordamos a nuestros muertos? En mi casa, una palabra basta. Porque cada muerto lleva su propio nombre. Y cuando decimos de cada quién su nombre, esa palabra basta. Y sanamos.
¿Cómo recordamos a nuestros muertos? Vivos… Vivos ellos, vivos nosotros, vivos juntos, y ahora, separados para siempre. Pero vivos: los recordamos VIVOS.
Adiós mamá…. hasta siempre.
Nota final: Al compartir esta expresión tan personal, Wilmar Mejía busca crear conciencia y sensibilidad acerca del duelo migrante ante el deceso y la ausencia de un ser querido a la distancia













